La mala conciencia | Letras Libres
artículo no publicado

La mala conciencia

La larga mano del siglo XX, de su crueldad y de su vesanía, se ha extendido hasta tocar (y quizá manchar) la reputación de dos de los grandes escritores de nuestra época, Günther Grass (1927) y Milan Kundera (1929), el alemán y el checoslovaco, autores, uno, de El tambor de hojalata (1957), el otro, de La broma (1965). De pocos libros contemporáneos puede decirse, sin ninguna exageración o modismo retórico, lo que de este par de novelas: en la discutible medida en que la literatura puede hacerlo, han cambiado el mundo.

Empiezo con Grass. En 2006, el novelista de Danzig (y Premio Nobel en 1999) publicó un nuevo libro de memorias (Pelando la cebolla), en el cual confesaba haber formado parte, a los 17 años, de un batallón fantasmal de las Waffen SS. Ya se sabía que Grass había participado, adolescente, en el desesperado y lunático y postrero esfuerzo del Tercer Reich por retrasar su derrota mediante la leva de adolescentes y ancianos. Lo que Grass había ocultado era su adscripción al más maligno de los cuerpos hitlerianos de combate. La omisión resultó particularmente chocante por tratarse de un escritor que ha hecho de la culpa alemana y de sus indelebles consecuencias, su ocio y su negocio, la materia misma de su militancia cívica. Quien se había eregido en conciencia moral era, él mismo, ejemplo penitente pero ejemplo al fin, de la fragilidad de esa conciencia.

Hace un par de semanas le tocó su turno a Kundera, puesto en un aprieto distinto pero de consecuencias igualmente amargas. Se publicó y se difundió planetariamente que Kundera, entonces un joven y ferviente comunista (como ciego creyente de Hitler lo era, según propia confesión, el casi niño Grass) había delatado, en 1950, a un supuesto espía llamado Miroslav Dvoracek. Había pasado Dvoracek una noche en la residencia de estudiantes dirigida por Kundera y como consecuencia de esa delación, fue condenado a 22 años de prisión, de los cuales cumplió 14, en condiciones penosísimas, picando piedra en una mina de uranio.

A diferencia de Grass, quien no sólo asumió su culpa sino la publicó, Kundera ha negado por completo los hechos y en su defensa ha salido nada menos que Vaclav Havel, el dramaturgo y ex presidente checo, entre otras personalidades dispuestas a meter las manos en el fuego por el autor de La vida está en otra parte. La intervención de Havel a favor de Kundera tiene un valor añadido, pues quienes hicieron la Transición de terciopelo han sido bastante duros con los protagonistas de la Primavera de Praga de 1968, considerados, por los vencedores de 1989, palabras más, palabras menos, como unos idealistas fracasados.

Ya se sabrá si Kundera delató o no, o si ha sido víctima de las revanchas propias del fin de un régimen totalitario donde es frecuente la aparición de falsos justos calumniando a supuestos pecadores en arrebatos inquisitoriales que suelen prolongar el espíritu policíaco cuya extinción pregonan. Pero lo doloroso y lo aleccionador en el caso Kundera no es si la delación se verificó o no, sino que, de haber ocurrido, el escritor (o más bien aquel joven militante de 21 años) sería, de muchas maneras, inocente, pues la delación fue la principal fuente de legitimación de aquel fascismo con rostro humano, como calificó Susan Sontag a aquellas dictaduras. “Fábrica de monstruos”, ha titulado el disidente cubano Carlos Alberto Montaner, el artículo donde comenta el asunto.

A nadie se le ha escapado, además, que la narrativa que rodea a la delación de Dvoracek, con su elenco de secretos de familia y de “amores ridículos”, parece provenir literalmente de las novelas kunderianas que detallaron esa miseria totalitaria travestida en alegría colectiva. Yo me sumaría a quienes piensan que, argumentalmente, la delación cometida por el joven Kundera, no sólo ocurrió sino, incluso, tuvo que ocurrir como fatalidad necesaria para que toda una obra fuera escrita, a la manera de una larga expiación que no sé si liberó al novelista de su culpa pero nos hizo mucho más libres a sus lectores.

Tanto el secreto de Grass como la delación de Kundera son, según creo, episodios tonificantes. Nos recuerdan que el poder de aquellas sociedades (la nazi y la stalinista) no cesa cuando son derrocadas o desmanteladas, sino que se mantiene latente a través de las vidas de las víctimas a las cuales, ese poder, les impuso la sumisión y la complicidad. Grass y Kundera, si acaso, guardaron sus secretos o para decirlo a la freudiana, los reprimieron. Y esa omisión nos interroga con severidad a quienes, acostumbrados a la buena conciencia democrática, somos muy rápidos a la hora de juzgar, olvidando que, a la hora de firmar la delación de un huésped sospechoso o de ocultar en el corazón de la cebolla el recuerdo de un uniforme pardo, quién sabe cuál hubiera sido nuestra conducta.

En un artículo memorable sobre el caso Grass, Timothy Garton Ash (en The New York Review of Books, agosto de 2007) citaba la posibilidad, no del todo inverosímil, de que Grass hubiese inventado su episodio juvenil con las SS para cerrar con una moraleja su meditación literaria, de toda una vida, sobre la culpa alemana. Al negar la delación, Kundera, procede, quizá, de manera similar encarnando (nunca fue tan precisa la palabra) el destino de sus personajes y al hacerlo acaba por redondear la perfección novelesca de su enseñanza moral. En su flaqueza, en sus miserias de pavor y vanidad, Grass y Kundera han sabido conservarse, víctimas y testigos del totalitarismo, como verdaderos héroes. Acaso sus mentiras hayan sido el hilo que los llevó a escribir esas novelas cuya belleza y cuya temeridad nos consuelan ante el terror, le alcanzan a arrancar el secreto de su sentido. Esas mentiras han resultado ser más valiosas que tantas verdades enunciadas y repetidas al asilo de la buena conciencia. Porque quizá, habría que estudiarlo, Grass y Kundera demuestren la eficacia y hasta la felicidad de esa mala conciencia de la que hablaba el filósofo judío Vladimir Jankélévitch.

(Publicado previamente en el suplemento El ángel de Reforma)