La leyenda dorada de Simone Weil (segunda parte) | Letras Libres
artículo no publicado

La leyenda dorada de Simone Weil (segunda parte)

La segunda parte del perfil de una de las figuras intelectuales más significativas del siglo XX. 

De una Roma a otra

Su capacidad de mutación razonada fue una de las virtudes originalísimas de Simone Weil. Eterna adolescente, cambió de opiniones políticas varias veces sin dejar de ser ella misma. Cada ocasión en que lo hace –del radicalismo republicano al marxismo heterodoxo, del pacifismo a la noción de guerra justa, de Descartes a la expectación mística, del ateísmo racional a un catolicismo maniqueo, casi herético, según Jean Améry– deja en sus lectores un convencimiento singular: Weil, al agotar un mundo, ocupa otro, viajando sin equipaje. Justo lo contrario de su maestro Alain, quien nunca dejó de estar en 1914 y creyó que Hitler sólo representaba el agravio belicoso provocado por el Tratado de Versalles.

De su viaje a la Alemania en 1932 no sólo sacó Weil conclusiones devastadoras sobre la división entre la izquierda comunista y la socialdemócrata que había hecho posible la elección de Hitler como canciller, sino que le permitió hacer, más tarde, un elocuente paralelo entre el III Reich y el imperio romano: “Algunas reflexiones sobre los orígenes del hitlerismo” (1939). Como todo paralelo histórico, éste tiene su buena dosis de retórica y no por ello deja de ser sobrecogedor, pieza maestra en el género. Artistas supremos de la perfidia, decía Weil de los romanos, al utilizar sólo para aniquilar a sus víctimas, violando tratados, empeñando falsas palabras y obligándolas a pedir esa clemencia que nunca estaban dispuestos a dar. Tampoco supieron lo que era la generosidad o la justicia. La única idea original de los romanos –dice Weil excluyendo a los judíos de esa lid– fue la de autoproclamarse pueblo elegido. “Tú, romano”, escribió  Virgilio, “ocúpate de regir soberanamente las naciones.”

No le concede Weil mayor mérito a la literatura de los romanos, salvo la de imponer, al hacer perceptible, esa grandeza destructora. La literatura latina, advierte Weil carece de palabras acordes con el eco de lo humano propio de Homero y de los trágicos. Sólo Terencio, un cartaginés, se libra de la inhumanidad. La palabra pureza, dice la joven filósofa, “casi nunca es oportuna cuando se trata de Roma”. El piadoso héroe del dulce Virgilio, se burla, suele matar a sus enemigos desarmados mientras imploran por su vida. Cicerón deja abundante testimonio de la avidez y crueldad de modelos de virtud como Bruto y los romanos, en las provincias, fueron amaestrados, como los alemanes bajo Hitler, para soportarlo todo. Weil había tomado nota en 1933 de la servidumbre generalizada, de los campos de concentración apenas abiertos para militarizar el desempleo, del  antisemitismo reinante inclusive en la izquierda y de la facilidad con la que el nazismo reclutaba a los jóvenes ansiosos de vivir románticamente y a aquellos sólo impacientes por graduarse de matones. Esa euforia combinaba la crueldad con el sexo y también le recordaba a los escritores latinos,  buenos para cantarle al placer y al amor: “la sorprendente bajeza de la concepción del amor en los elegíacos no deja de tener, muy probablemente, una estrecha relación con la adoración de la fuerza.”

Los monumentos, las carreteras y los acueductos, como las obras de Horacio, Cicerón, César, Tito Livo y Tácito, tienen un fin propagandístico desmesurado, imposible de hallar entre los griegos, madre incesante, según Weil porque “la propaganda y la fuerza se sostenían mutuamente” entre los romanos; “la fuerza hacía a la propaganda casi irresistible impidiendo en gran medida que alguien se atreviera a resistirse a ella; la propaganda hacía penetrar en todas partes la reputación de la fuerza.” A esa combinación, dice ella, nada nuevo le han agregado los jóvenes hitlerianos, engañados con el culto a Wotan, el romanticismo a la Wagner, la religión de la sangre y de la tierra. “El racismo” no “es otra cosa que un nombre algo más romántico del nacionalismo”, concluye Weil con una frase desastrosa que acaso sirva para explicar la increíble ceguera de esa profetisa judío ante el antisemitismo.

Pero no nos adelantemos. Discípulos de los romanos, agrega Weil, en una pieza recogida en sus Ensayos históricos y políticos (1988), lo fueron Richelieu, Luis XIV y Napoleón, pero sólo Hitler ha dominado el disimulo supremo: no hay que tratar a nadie como enemigo hasta el momento en que se está en condiciones de aplastarlo. De esa manera fue cómo arrasaron los romanos con todas las culturas mediterráneas, mancillando primero a Grecia y luego al cristianismo. Concluirá Weil: “Los pocos momentos luminosos del Imperio romano no deben deslumbrar hasta el punto de no dejar ver la analogía entre ese sistema y el de Hitler, pues la analogía existe. Hitler no destruyó Bohemia, como Roma no destruyó sus provincias. Los campos de concentración no son un medio más eficaz de extender la virtud de la humanidad de lo que fueron los juegos de gladiadores y los sufrimientos infligidos a los esclavos.”

Weil tenía claro en 1939 que a Inglaterra le tocaría intentar la proeza de evadirse del destino de Cartago e impedir una pax germanica. Iba más lejos Weil en su esperanza: Hitler, decía, “ejerce una dictadura totalitaria antes haberse convertido en el amo del mundo, lo cual quizá le impedirá serlo” pues esa clase de Estado es más propio para aplastar a sus súbditos que para conquistar otros. Su filípica antiromana prepara el nuevo mundo que ella se proponía habitar, el de un cristianismo puro en su raíz helénica, despojado, a la vez, del imperio romano y del judaísmo.

Si la guerra contra Hitler sería la tormenta en la que ella decidiría perderse, ofrendándose en sacrificio de una manera extravagante, dejándose morir de hambre, Weil mostró la radicalidad de su extravío durante su frustrada incursión miliciana en Cataluña. Repitiendo el gesto de Alain en 1914 –lo subraya Simone Pétrement en su biografía–, la todavía pacifista Simone Weil, optó: cuando una guerra no se puede impedir hay que involucrarse en su desdicha. Otro mundo la esperaba.

 

La carta a Bernanos

En agosto de 1936, Simone Weil le propuso a Julián Gorkin, líder del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), en Barcelona, su enloquecido propósito de entrar de incógnita en el territorio franquista y averiguar si el desaparecido Joaquín Maurín, fundador de esa organización y cuñado de Boris Souvarine, estaba vivo o muerto. Gorkín le agradeció su devoción y la despachó, recordándole a la ilusa que ni siquiera sabía español como para jugársela de espía. Simone acabó por enrolarse en las milicias anarcosindicalistas, ansiosa a grados infantiles de entrar en combate y aclarando, ante la desesperación de los combatientes, que estaba allí para hacer la guerra y no paseándose como una turista. Remitida a vivaquear en la cocina, sufrió el accidente que le salvó la vida pues poco después que Weil abandonó España con una pierna quemada por el aceite de una olla, su brigada fue aniquilada. El resto de la historia corrió a cargo de los una vez más providentes y entregados señores Weil, quienes cruzaron la frontera tras su hija, la localizaron tras días de angustia, la sacaron del hospital de campaña donde querían amputarle la pierna y acabaron por instalarla en un hotel en Sitges. En octubre, toda la familia estaba de regreso en París.

La aventura de Weil en el frente republicano, lamentable o chusca, excitó aun más su capacidad para pensar las cosas. La guerra, lo poco que vio de ella, no la convirtió en una ciega defensora de la causa y sí la mantuvo durante algún tiempo entre los pacifistas. Con esa temeridad exasperante de niña malcriada, todavía se permitió discutir con su amiga, la fiel Simone Pétrement, qué hubiera pasado si se hubiera visto obligada a disparar su fusil y matar a alguien. Ese juego académico con la opción moral fue más lejos. Siguió respaldando la política de neutralidad de Léon Blum, temerosa de que la contienda española degenerase en una guerra mundial pues a diferencia de sus odiados romanos, Weil no creía que la guerra civil fuese el peor de los males.

Del episodio español, empero, resultó uno de los documentos más significativos del siglo: la carta que Weil le escribiera al novelista católico Georges Bernanos, un hombre de la extrema derecha quien apenas en 1931 había escrito un panfleto en favor de Edmond Drumont, uno de los maestros del antisemitismo. El monárquico Bernanos, simpatizante, como era de esperarse, del levantamiento del general Franco, había asistido, en Palma de Mallorca, a la sangrienta represión antirepublicana. Viendo comprometida a su iglesia en un crimen colosal, el novelista hizo un examen de conciencia titulado Los grandes cementerios bajo la luna (1938), un reportaje ético que Weil leyó sobresaltada pues ella había visto –aunque en otra proporción– lo mismo en el frente republicano que Bernanos vio en el nacionalista. Allí donde éste conoció “la violencia de los violentos” y repudió al terror “como todo régimen donde los ciudadanos, sustraídos de la protección de la ley, sólo esperan la vida o la muerte al arbitrio de la policía del Estado”, ella, según le escribió a Bernanos, se preguntó por esos hombres fraternos y sonrientes que se jactaban de matar “sacerdotes o fascistas.” “En cuanto a mí”, le escribió Weil, “tuve el sentimiento de que, cuando las autoridades temporales y espirituales han puesto una categoría de seres humanos fuera de aquellos cuya vida tiene precio, no hay nada más natural para el hombre que matar.”

No he podido averguiar si Bernanos dijo o escribió algo sobre la carta privada que recibió de una joven que había recorrido el siglo en las antípodas de su pensamiento y con la cual quedaría asociado gracias a la hostilidad compartida, inesperadamente, frente al fanatismo ideológico, unidos en su valentía para romper con las propias ilusiones y prejuicios. Se sabe, eso sí, que hasta su muerte, ocurrida en 1948, Bernanos llevó la carta de Simone en su cartera.

Entre 1937 y 1938 hizo los viajes a Italia en los cuales vivió la experiencia religiosa que le permitiría morir posponiendo su bautismo. Como Pétrement, su biógrafa, o Maurice Blanchot,  no pocos enmudecieron, pasmados, ante su decisión, en apariencia improvista, de creer en Cristo y acercarse al catolicismo. ¿Cómo y por qué le ocurrió aquello a la racionalista implacable, a la disidente comunista, a la mente envidiosa del genio matemático de su hermano André? Hubo, según le contó ella después al padre Perrin, un sobresalto en la basílica de Santa María de los Ángeles, en Asís, que la impelió a rezar. Ante ese deslumbramiento, más vale creer en la honrada conclusión de su incrédula amiga Pétrement: haya sido cual haya sido su causa, inenarrable, cabe aceptarlo como verdadero dada la seriedad con la que Weil se tomó la vida intelectual y moral. Ella empezó a devorar todas las obras de la tradición religiosa y a discutir la Biblia, según comentó, atónito, Souvarine, como si fuera el último artículo de Trotsky.

Y así como en ella fue agudísima la observación sociológica del totalitarismo o impresionante su descripción de la opresión fabril, por si fuera poco, Weil logró ser una de los grandes autores místicos, como lo prueba ese breviario de su experiencia titulado La gravedad y la gracia (1947) y publicado póstumamente. Ella, que hasta esa fecha, nunca había leído a Teresa de Jesús ni el Bhagavad Gita, podía empezar una vez más su camino partiendo de las enseñanzas de su maestro Alain, un agnóstico sutil y un anticlerical militante que dio, en Les hommes et les dieux (1934), una explicación de la inferioridad de Júpiter frente a Cristo: un dios pagano no es lo suficientemente humano para ser inmortal.

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