La leyenda del Umbral visionario | Letras Libres
artículo no publicado

La leyenda del Umbral visionario

Se murió Umbral. Visto desde acá fue Francisco Umbral una caricatura del escritor español y de sus defectos más atractivos: vanidoso y cerril, necio y cabezota, izquierdista bajo sospecha (empezó como protegido de Cela), amiguete de políticos conservadores y de toreros. Se disfrazaba de negro para asustar a las señoras en la Gran Vía mostrándoles su genio, que en él no podía ser sino virilidad. Cojones, como dicen los peninsulares. Pero en virtud de toda esa parafernalia propiamente esperpéntica fue un buen escritor y a veces supo ser un verdadero casticista de esos que se paladean gustosamente sólo cada dos años.

(En el caso contrario leer a Umbral todos los días sería una buena dieta para matar lentamente a nuestro peor enemigo.)

Su Valle–Inclán (Los botines blancos de piqué, 1998) es un recorrido por la intimidad literaria de don Ramón que sólo Umbral podía hacer y muerto éste, desaparece, también, una manera de ser escritor que sólo se encontrará en los museos de la hispanidad. Umbral entiende en Valle–Inclán al comediante, al pirómano, al clérigo ácrata tal cual sólo se da en España.

(Era super–madrileño Umbral. Madrileño y no matritense, latinajo que suena a pintura rupestre.)

También en Ramón y las vanguardias (1978) abundan las pruebas del ingenio umbralesco: un ingenio local. Nada de lo verdaderamente importante en aquel período de la literatura española se le escapa.

Dice Umbral de RAMÓN:

Hombre tan libre no podía sino estar encerrado en sí mismo. Y por eso hay que decir una cosa obvia: que todo lo que escribe es autobiografía. Pero algunos libros lo son expresamente, como Pombo o la gran Automoribundia. La autobiografía y la monografía ya no son géneros distintos, en Ramón, o lo son de otra manera: en la medida en que él sólo puede verse a sí mismo literariamente. En la medida en que está desdoblado, como Baudelaire y Hamlet, como todo hombre moderno, y se ve vivir. En la medida en que, más que explicarse, se glosa. Mas hemos empezado este capítulo con D'Ors y lo terminaremos con él: 'El énfasis es lo natural en las naturalezas énfaticas'. Lo literario es natural en las naturalezas literarias. Así hemos llegado a una de las conclusiones de este libro: la literatura, en Ramón, es naturaleza. Ramón había elegido ser literatura.

(Otro tema. ¿Por qué a Valle–Inclán, a Gómez de la Serna y a Jiménez, todavía, se les puede llamar con tanto desparpajo don Ramón, RAMÓN y Juan Ramón? ¿No sería mejor reservar ese tuteo sólo para Jean–Jacques?)

Umbral adoraba repetir palabras, frases, frases hechas. Amaba repetir párrafos enteros, capítulos completos y volver a escribir, aquí y allá, el mismo libro. Publicó más de ochenta libros, como alguno de sus personajes, aunque en realidad debe concluirse que escribió poco y escribió muy bien y se copió muchísimo. Copiaba con aplicación y me imagino en la escuela al niño Umbral copiando sus propios textos que un profesor llamado Umbral le habría dejado, escritos en el pizarrón, como castigo a cumplir para Umbral, hombre de letras.

Anoché me desvelé leyendo Leyenda del César visionario (1991). Me encantaron los retratos que componen este reportaje novelado, porque la mejor página de Umbral siempre es, aunque sea ficción, gran periodismo. Son memorables los retratos umbralescos del general Franco y de su hermano Nicolás y de esa corte medieval vivaqueando en plena guerra civil, campamento en el cual los papeles protagónicos los llevan los intelectuales falangistas a punto de ser desplazados del poder por el propio Generalísimo que les ha concedido su privanza: Dionisio Ridruejo, el fantástico conde de Foxá, Gonzalo Torrente Ballester, Pedro Laín Entralgo, D'Ors, Giménez Caballero, Ramón Serrano Súñer, el cuñadísimo que vivió más de cien años y otros malditos y maldecidos que se despertaban sobresaltados creyendo que el Führer les hablaba en sueños. Prefiero a ese Umbral que a Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas, novela eficaz pero que parece calculada para quedar en deber de memoria histórica y en buena película. Y conste que me cae bien Cercas, hombre juicioso que nació en 1962 como yo y cuya reciente autodefinición como exprogre me compete. Pero a Umbral, como retratista novelesco, lo favorece su notoria mala conciencia. Quizá fue de aquellos escritores que toman la decisión de actuar como pésimas personas a cambio de ejercer como prosistas irreprochables. Y es que Umbral veía el decoro, la ponderación o la modestia y se echaba a correr.

Obviamente Umbral (1935–2007) no se llamaba Umbral sino Pérez Martínez. Sólo Amado Nervo se llamaba Amado Nervo. (30 de agosto de 2007)