La lectora de John Connolly | Letras Libres
artículo no publicado

La lectora de John Connolly

Breve crónica de un encuentro entre el novelista irlandés John Connolly y un grupo de lectores. Entre ellos, una chica de veintidós años que leyó 35 veces uno de sus libros, jura que le cambió la vida y se tatuó en el cuerpo su frase final.

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Dicen que la señal de que un libro te ha gustado mucho es que, al concluir su lectura, te invaden los deseos de conocer a su autor. A menudo eso es imposible (si el autor está muerto) o muy difícil (si vive muy lejos, o no le gustan los encuentros con los lectores, etc.). Se puede optar por ciertos caminos más o menos sinuosos o complicados: dedicarse al periodismo y acceder a entrevistarlo, convertirse en escritor y compartir mesas redondas u otros acontecimientos con él, etc. Sin embargo, hay ocasiones en las que, sin hacer nada de eso, la magia se produce.

Mejor dicho: no magia, sino justicia poética. O justicia divina. O justicia, a secas. Si una chica de veintidós años ha leído 35 veces (sí: treinta y cinco) un libro, y jura que ha llorado en las 35 y que ese libro le cambió la vida, y se ha tatuado en el cuerpo su frase final, y ha pagado una fortuna para que le traigan un ejemplar del libro desde el extranjero porque en su país no se consigue, y sueña con conocer a su autor y participa en un sorteo para lograrlo, lo justo es que lo gane. Y eso ocurrió. La chica se llama Sofía y vive en Buenos Aires, y junto con otros cinco fans compartió un rato con el novelista irlandés John Connolly, su ídolo, el autor de El libro de las cosas perdidas. El de las 35 lecturas.

El encuentro —con algunos testigos, yo entre ellos— tuvo lugar la semana pasada en un bar del barrio de Palermo, en la capital argentina, donde Connolly estuvo de visita para participar del festival Buenos Aires Negra (BAN!).

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John Connolly (Dublín, 1968) es el creador de Charlie Parker, un expolicía que lleva 15 novelas (la decimosexta ya está terminada y verá la luz el año próximo) resolviendo crímenes mientras persigue su objetivo mayor: descubrir al asesino de su mujer y su hija. Las tramas policiales no son las únicas que enhebra la pluma de Connolly: también ha publicado una colección de relatos breves titulada Nocturnos y un puñado de otras novelas, entre las cuales se cuentan algunas para adolescentes, una trilogía de ciencia ficción (The Chronicles of the Invaders, escrita a cuatro manos con su esposa, Jennifer Ridyard) y la citada novela de aprendizaje, El libro de las cosas perdidas.

La conversación en Palermo se paseó por algunos de los temas centrales de su obra: lo sobranatural, las comparaciones con (y su admiración por) Stephen King, la relación entre sus novelas para jóvenes y sus duros policiales, sus fuentes de inspiración, la música, que ocupa un lugar destacado en sus obras… Connolly hizo gala de una gran amabilidad y sentido del humor, se interesó por conocer el nombre de lo que comía (“chorizo colorado”, repitió en el típico español de los angloparlantes) y obsequió a todos los asistentes con un par de discos, los volúmenes IV y V de la banda sonora de sus novelas, titulados respectivamente Ghosts (“Fantasmas”) y Shadows (“Sombras”).

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Todo el diálogo fue muy interesante, pero destacaré solo uno de los momentos: cuando alguien le preguntó por la literatura gótica y Connolly compartió su canon. Solo hay seis buenas novelas góticas, dijo, y cuatro de ellas fueron escritas por autores angloirlandeses: Drácula, de Bram Stocker; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde; El tío Silas, de Joseph Sheridan Le Fanu; y Melmoth el errabundo, de Charles Maturin. (Las otras dos serían Frankenstein, de Mary Shelley, y El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson).

“Lo gótico tiene mucho de irlandés”, dijo después. Esos libros fueron escritos por escritores protestantes, afirmó, “todos hombres viejos que vivían en casas arruinadas y rodeados por una población que les era hostil. Es lo que les pasaba a los protestantes en Irlanda: vivían en casas grandes y la gente los odiaba. Su descendencia se estaba muriendo, o sea que el gótico irlandés refleja su propia realidad”.

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Al final llegó el turno de que el autor firmara libros y se sacara fotos junto a sus lectores. Si para todos aquel era un momento especial, cuánto más para su lectora más apasionada. Pero ella ni sospechaba las sorpresas que le esperaban.

El escritor le explicó que el año que viene, al cumplirse una década de la aparición de El libro de las cosas perdidas, se publicará una edición especial, de cien ejemplares, que incluirá una serie de ilustraciones en forma de tarjetas o postales. Él ya tenía consigo un juego de esas tarjetas. “Las traje para el caso de encontrarme con alguien como tú”, le dijo, y las autografió una por una y se las regaló. Y no sólo eso: también le dio instrucciones para que en 2016 ella reciba uno de esos ejemplares exclusivos.

La emoción de esa chica, la ilusión con la que se fue de allí esa noche (en un taxi pagado por los organizadores del encuentro, porque el propio Connolly pidió: “Cuídame a esta chica, asegúrate de que llegue bien a su casa”), no se pueden explicar con palabras.

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En un sentido, los escritores son como magos. Dicen que ocurren cosas que en realidad no suceden, para que su público, que sabe perfectamente que eso no está sucediendo, juegue a que se lo cree. Y a veces van más allá: como los personajes de esas tan irlandesas novelas góticas, parecen contar con poderes sobrenaturales. Y son capaces de generar esta clase de alegrías. Hay ciertos momentos en que, sí, la magia se produce.

“El mío no es un trabajo difícil —había dicho Connolly un rato antes, mientras sus fans comentaban cuánto les gustan sus libros—. Salgo de noche, me dan cerveza y me dicen cosas bonitas. ¡Es maravilloso!”. Muchos de sus lectores, y sobre todo Sofía, la chica de veintidós años que mientras yo escribo estas líneas tal vez esté leyendo por trigesimosexta vez El libro de las cosas perdidas, están convencidos de que se lo merece.