La lección de escritura de Agota Kristof | Letras Libres
artículo no publicado

La lección de escritura de Agota Kristof

En la primera y más importante de sus novelas, El gran cuaderno, la escritora húngara Agota Kristof incluyó una auténtica lección de escritura. Una explicación que es, al mismo tiempo, una declaración de principios.

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A finales de este año se cumplirán seis décadas de cuando los húngaros intentaron librarse del yugo soviético que los oprimía desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El episodio, conocido como “Revolución húngara de 1956”, acabó con la entrada del Ejército Rojo en Budapest y el aplastamiento de la rebelión. Como consecuencia, unas 200 mil personas huyeron del país en calidad de refugiados. Entre ellos estaba una muchacha de 21 años, junto a su marido y su hijita de cuatro meses de edad. El nombre de esa muchacha era Agota Kristof.

Treinta años después —es decir, justo a la mitad del camino temporal que separa la revuelta húngara de nuestros días— Kristof publicó su primera novela, poco más de cien páginas escritas en francés tituladas El gran cuaderno. Su éxito fue inmediato. Ganó el premio europeo a la literatura francesa y se tradujo a más de treinta idiomas. Dos años más tarde, en 1988, la autora publicó La Prueba y, en 1991, La tercera mentira. Las tres obras conforman una trilogía, editada en castellano en un solo volumen, en 2007, con el título de Claus y Lucas.

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Agota Kristof adoptó la lengua francesa porque, tras el exilio, se instaló en Neuchâtel, una pequeña ciudad de la Suiza francófona, a menos de 20 kilómetros de la frontera con el país galo. Allí vivió el resto de su vida, y murió, a sus 75 años, en julio de 2011. Tuvo dos maridos y tres hijos y una vida apacible y alejada de los grandes centros de la literatura.

En 2007, un periodista del diario El País, de Madrid, llegó hasta su casa para hacerle una entrevista. Kristof (que además de la citada trilogía solo publicó un puñado de libros: una novela, unas breves memorias, una colección de cuentos, obras teatrales, algunos poemas) contó que ya no escribía:

No lo necesito. Para mí la escritura es demasiado importante como para hacer algo que no me guste. Y no creo que me salga ya nada mejor de lo que escribí. ¿Para qué empeñarse? Tuve tres hijos y estuve casada dos veces. Nada de eso me impidió escribir. […] Ahora tengo todo el tiempo del mundo y no lo hago.

Ante la pregunta de si el estilo de sus textos —tan descarnado, directo y crudo— lo tenía ya cuando empezó a escribir sus primeros poemas en húngaro, o si era fruto de haber comenzado a escribir en un idioma que no era su lengua materna, la escritora respondió:

En húngaro era muy poética. Demasiado. Por eso no me gustan aquellos poemas. Creo que si hubiera seguido escribiendo en húngaro habría ido quitando y quitando, diciendo solo lo estrictamente necesario. Seguramente mi forma de escribir viene del teatro. Diálogo puro. Lo justo, sin relleno, sin grasa. ¿Para qué dar vueltas? ¿Para hacer literatura? No me interesa la literatura.

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El gran cuaderno cuenta la historia de dos niños, hermanos gemelos, que durante la Segunda Guerra Mundial son dejados por su madre al cuidado de su abuela en una pequeña aldea de Hungría. La abuela los maltrata y ellos aprenden a endurecerse para soportar las malas condiciones de su vida. Están tan unidos que son como una misma persona. La novela es el diario que ellos escriben en el “gran cuaderno” del título, en el cual, a través de capítulos muy breves (sesenta y dos en total), llevan registro de su vida en primera persona del plural. En el duodécimo capítulo, titulado “Nuestros estudios”, los hermanos describen su método de escritura. Explican:

Para decidir si algo está “bien” o “mal” tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. […]

Está prohibido escribir: “el pueblo es bonito”, porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas.

Del mismo modo, si escribimos: “el ordenanza es bueno”, no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que nosotros ignoramos. Escribimos, sencillamente: “el ordenanza nos ha dado unas mantas”.

Escribiremos: “comemos muchas nueces”, y no: “nos gustan las nueces”, porque la palabra “gustar” no es una palabra segura, carece de precisión y de objetividad. “Nos gustan las nueces” y “nos gusta nuestra madre” no puede querer decir lo mismo. La primera fórmula designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento.

Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.

Esos párrafos condensan, sin duda, el núcleo de la poética de Agota Kristof. Pocos escritores se permiten el lujo de incluir, en una de sus primeras páginas, una explicación —que sea, a su vez, una declaración de principios— acerca de cómo han de escribir. La autora húngara lo hace, y expone allí una verdadera lección de escritura, acorde con aquello de “lo justo, sin relleno, sin grasa” que expresaría en una entrevista dos décadas después.

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En 2013 se estrenó la adaptación cinematográfica de El gran cuaderno. La película es húngara y se atiene todo lo que puede al relato original, más allá de las dificultades que una obra como la de Kristof impone. El director, János Szász, explicó que el mayor desafío fue hallar a dos hermanos gemelos que se adecuaran a los papeles protagónicos. Después de seis meses de poner anuncios en todas las escuelas de Hungría, dieron con los hermanos András y László Gyémánt.

“Vienen de un pueblito en una región muy pobre de Hungría”, contó el director. “Tienen una vida muy dura, por lo que no tuve que explicarles gran cosa de los personajes, pues los podían entender mucho mejor que yo. Fue un milagro encontrarlos”. Como si la propia Kristof, que murió sin poder ver su obra mayor llevada a la pantalla grande, los hubiera elegido.

Si encuentran la película, les sugiero que la vean. Y, sobre todo, que lean El gran cuaderno. Si, además de disfrutar de la lectura, tienen el propósito de escribir cada vez mejor, podrán aprovechar las enseñanzas de Agota Kristof, explicitadas en los párrafos copiados aquí arriba y puestas en práctica en toda la obra, desde la primera palabra hasta el punto final. Literatura de la buena, aunque su autora dijera que la literatura no era de su interés.