La invitada | Letras Libres
artículo no publicado

La invitada

Parco –parvo– todo adjetivo

para su manera de saludar,

de quitarse el abrigo,

de sentarse en el sofá

 

y cruzar las piernas

cubiertas por la falda

besándole los tobillos,

y de aceptar un vaso de agua

 

y luego una copa de vino

y su modo de alzarla

entre el índice y el pulgar

como si de un clavel se tratara;

 

y su forma de entrar en confianza

–sin suprimir la distancia–

regulando en cada palabra

la temperatura del diálogo,

 

y el tono de su voz

al referirse a su infancia

en Londres, y de paso

decirnos su edad

 

sin esconderse los años,

y, a la mesa, el roce de su mano

sobre el mango del cuchillo,

poco antes de empuñarlo

 

y su caricia a la servilleta

antes de desplegarla

y pasarla por los labios

dejando apenas huellas,

 

y, en la sobremesa,

su sonrisa al mencionar

al ex marido, y otra, radiante,

al nombrar a su hijo,

 

y al cabo mirar el reloj

y exclamar: “¡Qué tarde, Dios mío!”,

para levantarse serena,

retomar el abrigo,

 

dar las gracias y despedirse

en la penumbra del pasillo,

dejándonos sumidos

en la nostalgia de su imagen,

 

mirando su sitio vacío,

sin poder imaginarla en su cuarto

ni precisar cuánto

hace que se ha ido. ~


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