La guerra y el fantasma de la singularidad española | Letras Libres
artículo no publicado

La guerra y el fantasma de la singularidad española

¿España y la Segunda Guerra Mudial? El tema puede ser abordado, prima facie, desgranando el relato de la neutralidad del régimen franquista en el conflicto, la participación de soslayo en el mismo a través de la penosa División Azul, la mezquina y oportunista “política judía” del régimen, la absolución de Franco impuesta en Yalta por Churchill, el aislamiento internacional del país hasta entrada la década de los cincuenta, etc. De hecho, lo ha sido, y detalladamente además, por todos los historiadores del período. Estos profesionales, sin embargo, rara vez se han aventurado a pisar el suelo poco firme de las influencias ejercidas en las mentalidades españolas por los grandes traumatismos de la historia, o a estudiar y tipificar sus comportamientos en situaciones de extremo peligro o cambio radical. En aquellas latitudes donde estos y similares fenómenos sí han sido objeto de estudio, los resultados de las investigaciones históricas arrojan luz sobre fenómenos de difícil mensuración y arriesgada interpretación: las creencias, la sensibilidad, la imaginación, los símbolos colectivos o la vida cotidiana. Ingleses y franceses, en diversos momentos de la historia, han sido pasados por este tamiz, con resultados casi siempre enriquecedores para la comprensión plena no sólo de determinados períodos sino, lo que es tan importante, de la aparición, destrucción o pervivencia de modos de comprender y situarse ante la realidad mucho después de la desaparición de los sucesos históricos que los propiciaron1.

No conozco ninguna historia de las mentalidades digna de mención en España2, un país que ha sido, por otra parte, muy fecundo en polémicos ensayos disfrazados de estudios pseudoantropológicos, empezando por toda la obra ensayística de los autores de la llamada generación del 98, que difícilmente tienen encaje en esta disciplina. Quizás la obra de Américo Castro, mezcla de estudio histórico, análisis filológico y conceptualizaciones vagamente filosóficas (“la morada del ser”, el “vivirse desviviéndose” de los españoles), hubiese podido constituir un punto de partida para su arraigo en este país, pero la cerrazón académica durante el franquismo (doble cerrazón dogmática: vía el tradicionalismo nacionalcatólico a la Menéndez Pelayo y, desde los sesenta, a través de la historiografía marxista a la Pierre Vilar) la dejó en un limbo, de donde ha sido rescatada no para el ejercicio de la historia, sino por su interés estético o su utilidad política.

Por todo ello, plantear el asunto de los efectos en la mentalidad de los españoles de la Segunda Guerra Mundial debería ser una tarea que abordase algún hipotético historiador de esta disciplina. En este breve espacio sólo se puede anotar alguna reflexión suelta y apuntar hacia alguna probable especificidad española.

     El regreso del fantasma

     Lo que hace singularmente difícil responder a la pregunta ¿qué huella dejaron en las mentalidades de los españoles la Segunda Guerra y sus efectos? no es, con todo, que hasta el presente no les haya parecido a los españoles urgente o siquiera necesario plantearla, sino el hecho de que el vínculo mismo de los españoles con el pasado continúe siendo problemático o, por decirlo impropiamente, no “natural”. Me explico: “natural”, en este sentido, quiere decir la manera como un estadounidense indaga en las repercusiones de la guerra de Vietnam en el conjunto de la sociedad en la que vive, que un inglés pueda seguir descubriendo en la desintegración del imperio británico algunos de los resortes de las actuales conductas de sus contemporáneos, que un francés discierna la huella dejada por Vichy en su sociedad más de medio siglo después de la desaparición de ese régimen. Los españoles de hoy no han desarrollado con su propia historia, menos aún con la más reciente, este tipo de vínculo “natural”. Hay algo que se lo impide, algo así como una piedra de tranca que obstruye su visión y obstaculiza su reflexión acerca de la realidad histórica.

     Ese obstáculo, en realidad, es un viejo y gastado fantasma, un traslúcido ectoplasma interpuesto entre la realidad y su percepción, que en el momento de espejismo que fue la Transición algunos pensaron haber conjurado para siempre: el fantasma de la singularidad de España. Hoy, los posicionamientos de los políticos españoles, los temas de debate intelectuales giran una vez más en redondo, atrapados en la gravitación del obsesivo huésped. Da igual que el sujeto del discurso omnipresente sea una nación supuestamente liberada de los lastres de su historia reciente por mor de su integración europea o una hipotética “nación de naciones” que busca imponerse como solución definitiva al encaje entre centro y periferia. De lo que se trata es de seguir cultivando la obsesión española con la propia identidad. Considerada con una mirada superficial, esta tendencia enquistada en las variopintas polémicas del momento puede engañar al observador, como engaña un espejismo en el desierto. Tiene la apariencia de uno de esos grandes momentos de refundación de sus instituciones por los que todo país atraviesa en diversos momentos de su historia; por citar sólo precedentes no muy alejados en el tiempo, la Francia gaulliana de fines de la década de 1950, sacudida por la convulsa agonía de su imperio colonial, rediseñó por quinta vez sus instituciones republicanas; el México de la fraudulenta presidencia de Salinas de Gortari desembocó en el primer paso hacia la apertura de un sistema democrático hasta entonces escasamente representativo, y –en el que constituye el más reciente ejemplo de intento de adaptación de los resortes del poder estatal a la cambiante realidad– la Alemania federal de hoy no tiene empacho en plantearse una revisión a fondo de sus estructuras descentralizadas. Visto en un contexto como este, los actuales debates españoles sobre el estado del Estado pueden parecer la versión peninsular de un fenómeno que no deja de ser una manifestación de buena salud política.

     La prueba de que por desgracia esto no es así, de que se trata menos de un debate sobre la eficacia o utilidad o mejor encaje del Estado en un preciso contexto dado (la ue ampliada a los países del Este, los nuevos horizontes abiertos por la incorporación de China a la economía de mercado o la expansión empresarial de España hacia Hispanoamérica, pongamos por caso), es el exquisito cuidado con el que se evita cualquier reflexión seria sobre los condicionamientos históricos de ese mismo Estado. No es que los españoles de hoy se nieguen a remitirse al pasado; de hecho, la vida política en este país aparece hoy plagada de referencias históricas más o menos vagas, ominosas o ilustres. Pero las referencias a contextos previos en el actual horizonte de debates español no pasan de ser gesticulaciones retóricas de utilidad y fines tácticos, la mueca burlona del fantasma. Así, cuando el gobierno adopta una ley de conmemoración de la II República, no está trasladando al ámbito parlamentario la urgencia de mejorar el funcionamiento de las instituciones a la luz de un precedente que admitiría, para algunos, ser elevado a rango de modelo, sino que elabora grandilocuentemente (la grandilocuencia es el único registro expresivo de la fantasmagoría) un argumentario de batalla contra “la Derecha”, esa trajinada hipóstasis del franquismo. Del mismo modo, la constante idealización, en los discursos nacionalistas en Cataluña y el País Vasco, de un pasado supuestamente intocado por la mano infame del “español” responde menos a una verdadera intención política (pongamos, “independizarse” de España) que a la necesidad de mantener tensionado el músculo local que permite hacerle pulsos a Madrid para obtener, para usufructo de las respectivas elites locales, más recursos y más cuotas de poder.

     El test del antiamericanismo

     Hay que tener constantemente presente esta realidad española –el déficit manifiesto de todo vínculo “natural” con la historia– para comenzar siquiera a situarse ante pautas de comportamiento anómalas no sólo en este terreno, el de la acción política, sino en el más amplio territorio de las representaciones culturales y antropológicas. En éste, los habituales clichés dejan entrever pavorosos déficits de reflexión, las reacciones epidérmicas esconden vastas lagunas de ignorancia histórica. No se establecen los nexos que facilitan la comprensión de fenómenos actuales, y en cambio se recurre automáticamente a la estereotipia ideológica. El antiamericanismo, por ejemplo, es uno de esos potentes bloqueadores de neurotransmisores. Es cierto que los franceses, sin ir más lejos, cultivan su propio antiamericanismo, pero siempre se cuidan de anclarlo en un suelo histórico empíricamente comprobable3. Los franceses no olvidan la larga historia de relaciones entre ambos países, desde la intervención francesa en la guerra de Independencia norteamericana (en París, en el 56 de la rue Jacob, se firmó el Tratado que sellaba la independencia de las 13 colonias británicas de América del Norte) hasta el desembarco en Normandía, y las tensiones por las que atraviesan periódicamente alternan con períodos de mutuo acercamiento.

     En España, en cambio, la visceralidad del rechazo a “lo estadounidense” es el reflejo de obsesiones o preocupaciones espurias, en ningún caso asentadas en la experiencia o el conocimiento mutuos (algunos continúan rutinariamente aduciendo la guerra de Cuba para explicar el malestar con EE.UU., pero los efectos de la debacle del imperio español no son perceptibles desde hace ya décadas ni en las mentalidades ni en el pensamiento político ni en las obras de arte españoles). Y no se piense que este fenómeno afecta solamente a “las masas”, desinformadas y fácilmente manipulables. Este es el único país de Europa que conozco donde un intelectual –un escritor, un traductor– se permite ufanarse de no haber aprendido inglés ni querer hacerlo, ya que se trata de la aborrecible lingua imperii. (Será por la misma razón, justamente, que, siendo uno de los países de Europa más antiamericano, España también es, al mismo tiempo, uno de los más “americanizados” en sus costumbres: los españoles son irreflexivos consumidores de productos culturales enlatados made in USA, y las elites españolas, con independencia de que voten al PSOE o al PP, hacen lo que pueden por enviar a sus hijos a estudiar en universidades estadounidenses. Uno de mis primeros recuerdos de la Barcelona en la que me instalé a comienzos de la década de 1990 son unos grandes carteles que anunciaban un próximo partido, entre equipos de EE.UU. y Cataluña, de fútbol americano. Que, como nadie ignora, es una de las tradiciones locales, junto con los castells y el baile de sardanas.)

     De ello se desprenden toda clase de comportamientos irracionales, tributarios de mitos ideológicos (la dieta única del fantasma). Por ejemplo, al día siguiente de los atentados del 11 de septiembre de 2001, España fue el único país occidental en el que un diario –y no uno cualquiera, sino el que pretende ser el referente de la prensa local– dio la noticia de los brutales ataques de Nueva York y Washington bajo este titular de portada: “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”. Había que leerlo para creerlo. El día de autos, como tantos otros, asistí al horror por partida doble del relato de los acontecimientos y su transmisión en directo. Sucedió en la casa de unas amigas, ambas escritoras y catedráticas universitarias. Una de ellas, al hilo de los comentarios que se sucedían, se sacó éste de la manga: “Es un atentado contra Jew York, es más, las Torres Gemelas albergan sobre todo oficinas bancarias y bufetes de asesores financieros [sobreentendido: empresas judías], y habrá que preguntarse a quién beneficia”. Días después, me enteré de un episodio ocurrido el 11-s en el Parlamento español. Como es lógico, sus señorías interrumpieron lo que sea que estuvieran haciendo para seguir los sucesos en las pantallas. En un momento pudo verse a un diputado de Izquierda Unida deambulando nervioso por los pasillos, mesándose los cabellos y, de modo general, dando muestras de zozobra. Quien se le acercaba podía oírle repetir: “¡Pobres palestinos! ¡La que se les viene encima!”

     Un par más de perplejidades. ¿Por qué las elites literarias locales conocen al dedillo las obras de autores del terruño, la mayoría de ellos provincianos y de segunda fila, y dedican tan poco tiempo a leer obras de mayor calado escritas en otras latitudes y lenguas? Obras, sobre todo, contemporáneas que arrojan luz precisamente sobre la convulsa historia europea del siglo XX. En más de diez años, sólo me he tropezado con un escritor español capaz de comentar sagaz e inteligentemente El vértigo, de Evgenia Ginzburg, al alcance, por fin, de los lectores españoles desde 2004. Es decir, 37 años después de su primera publicación.

     O bien: ¿por qué en las referencias a Mauthausen o Buchenwald en los medios de comunicación españoles se definen estos campos de concentración, que lo eran, como campos de exterminio, que no fueron? ¿No habrá una relación entre el abismal desconocimiento en este país de lo que fue la persecución, internamiento y exterminio de los judíos europeos en los seis campos levantados a este efecto y el antisionismo virulento y judeófobo de sus elites? En un país de más de 45 millones de habitantes en el que la comunidad judía supera a duras penas las 30.000 almas, ¿por qué sus habitantes son los más antisemitas de Europa?.4

     Sin duda, el hecho de que España no participara en la segunda gran conflagración bélica europea del siglo XX, unido a la percepción sesgada e incompleta de unos Estados Unidos que habrían servido únicamente para apuntalar el régimen de Franco (sirvieron también, pero esto prefiere ignorarse, tanto en España como en el resto de Europa occidental, para facilitar el despegue económico de unas sociedades que han acabado siendo más materialmente afluentes que nunca antes en su historia), son factores idiosincrásicos del antiamericanismo español. Pero las respuestas a los interrogantes apuntados y la toma en consideración de los anómalos comportamientos señalados han de integrar ese escaso o nulo interés por situar fenómenos históricos en su contexto que, plasmado en la tendencia a utilizar la historia como los trileros el cubilete, es el síntoma más claro de una nación que se condena a vivir encerrada con un solo juguete: el fantasma de su singularidad. ~