La frontera más lejana | Letras Libres
artículo no publicado

La frontera más lejana


He quedado en recoger a Kjartan Fløgstad en su hotel a las ocho de la mañana. Tenemos que coger el AVE a Zaragoza a las nueve, y a pesar de ir con tiempo, estamos a punto de perder el tren debido a un atasco inexplicable incluso para Madrid. En ningún momento Kjartan se muestra nervioso, se interesa por el habla del taxista. “Me ha gustado mucho una expresión que ha utilizado en el semáforo en rojo de las Cortes, cuando le has preguntado si estaba permitido girar a la izquierda”. Le pido que me lo recuerde, aunque sólo han pasado veinte minutos: “Sí, y si no, como si lo estuviera”.

Kjartan Fløgstad ha recibido dos veces el premio de la Crítica de Noruega. Está traducido a ocho idiomas y su obra consta de más de cuarenta títulos, que tocan géneros y técnicas muy diversas. Su lenguaje, un ejercicio de imaginación y habilidad, combina la oralidad, el equívoco, los dobles sentidos, los juegos de palabras o el lirismo. Un reto para sus traductores.

Nació en Sauda, en 1944, una pequeña ciudad industrial en la costa occidental de Noruega, donde vivió hasta los diecinueve años. Después de un invierno en el barrio madrileño de Chamberí, se enroló como marinero. Cualquiera de sus novelas deja adivinar que nunca ha terminado de salir de Sauda: en todos sus libros aparece representada de alguna manera, aunque nunca bajo su verdadero nombre: “No quiero adaptarme a un realismo rígido”, aclara.

Viajamos a Zaragoza porque ha sido invitado a participar en un congreso de lenguas, organizado por la consejería de Educación de Aragón, para dar una conferencia sobre la “Babel Nórdica”. Durante el viaje aprovecho para preguntarle por el tema que ha elegido para su conferencia, y por un detalle que hasta ahora había sido desconocido para nosotros, sus editores. Kjartan Fløgstad no escribe en el noruego mayoritario, sino en neonoruego. “En Noruega existen dos formas oficiales de la lengua noruega: el neonoruego y el danonoruego. Yo he elegido la primera, que es más minoritaria, lo que me aleja del consenso nacional y me permite una mirada más distante sobre la sociedad. Pero, aparte, existen trescientos dialectos, tantos como quesos en Francia, solemos decir en Noruega. Cada ciudad tiene el suyo propio, por ejemplo, el habla de Bergen es muy particular, con unas ‘r’ parecidas al francés”. El mapa lingüístico de Noruega (un país a 3.000 kilómetros) se me antoja de repente tan desconocido y complejo como la fusión nuclear.

Kjartan da un paso más en su explicación lingüística y me cuenta que él puede leer con facilidad a los escritores suecos, daneses, aunque no islandeses o finlandeses, “pero las nuevas generaciones han perdido esa facilidad para comprender otras lenguas escandinavas”. La razón se debe a la pérdida de fuerza de la “alianza nórdica” tras la constitución de la Unión Europea (Noruega, fuera de la UE, es quien más aislado se ha quedado).

Mientras me habla de sus escritores favoritos islandeses, Einar Mar Gudmundson o Sjón, y de la relación entre los finlandeses y sus antiguos colonos, los suecos, llegamos a la estación de Zaragoza.

Tenemos casi seis horas hasta el inicio de la charla. Kjartan me pide un par de horas para repasarla y el resto del tiempo está disponible para entrevistas sobre su última novela, Paraíso en la tierra. En ella se nos cuenta el viaje de José Andersen, hijo de un ingeniero y una nativa de Calama (Chile) a Noruega, patria del padre que nunca conoció, un país donde la gente es feliz y los pobres no existen; un lugar al que en plena madurez y sin que ya nada le ate a su pueblo en el interior de Chile viajará en busca de su particular Paraíso.

A las seis en punto nos recoge nuestro anfitrión, Ramón Acín, y nos lleva al nuevo conservatorio de la Romareda, donde se celebra el congreso. La cifra de los asistentes, cuatrocientos profesores, deja impertérrito a Kjartan y aterrorizada a mí. Es un magnífico orador, pero puedo imaginar las dimensiones del anfiteatro y da vértigo. Como es la última charla de un largo día, hay una desbandada general y sólo se queda una cuarta parte del público, que escucha fascinada cómo el poeta Kjartan, a partir de una bella imagen, una isla del norte de Noruega, Vedøya, habitada sólo por una escultura del artista italiano Luciano Fabro (una de las obras del llamado Paisaje Escultural del Norte) y de una montaña negra de pájaros, dibuja el mapa lingüístico de los países escandinavos.

Escritores y amigos, representantes de la intelectualidad de Zaragoza, nos esperan en la librería Los portadores de sueños para continuar con el lanzamiento de Paraíso en la tierra. Kjartan centra la charla en su encuentro con el surrealismo latinoamericano en los años setenta: “Yo llegué a Argentina a bordo de un mercante noruego y descubrí que existía una prosa que permitía decir lo que yo quería expresar. Hasta ese momento para mí sólo contaba la poesía: la Fórmula 1 de la literatura, la más rápida, la más espectacular. Viajar a Sudamérica me supuso una revolución literaria. En Europa la novela como género estaba declarada muerta y enterrada; quiero decir artísticamente, no como vehículo comercial. Para mí fue una realidad mágica que desembocaba en la literatura, en la escritura”. El distribuidor nos mira compungido cuando al terminar anunciamos que tenemos que acudir a una cena con los congresistas. Se lamenta de no poder ir a cenar juntos y pasar una noche de vinos escuchando las historias de un verdadero marinero noruego.

El regreso a Madrid es un recorrido por sus lecturas: “Como escritor leo buscando una idea que me puede ayudar de alguna manera para evolucionar en mi estilo o que me pueda indicar una salida en un momento dado. Voy leyendo de una manera impresionista y no sólo novelas, sino también obra de crítica social, filosófica, historia”. Le pregunto por sus autores españoles preferidos: “El Jarama me impresionó mucho por el hiperrealismo de su estilo. También disfruté con la lectura de El jinete polaco. Y he tratado de leer a Julián Ríos. En cuanto a clásicos, sigo tratando de entender y traducir a Quevedo. Y me gusta Góngora, aunque no lo entiendo y no lo he traducido, pero me resulta muy interesante su idea de la opacidad de la escritura”. A los latinoamericanos los conoce a todos, y muy bien. Ha traducido la poesía “robusta” de Pablo Neruda, Octavio Paz o León Felipe, cuentos de Julio Cortázar (y, por ejemplo, la compleja La vuelta al día en ochenta mundos), Jorge Luis Borges o Robert Arlt.

La locura de Atocha interrumpe su ameno discurso. Tenemos poco tiempo y no hay forma de encontrar un taxi. Espero que el taxista que nos coja le dé a Kjartan otra muestra del español coloquial. Pero el elegido lleva encendida la radio y no tiene ninguna gana de hablar. Habrá que volver a la frontera más lejana. ~