La fama, esa cosa de encantamiento | Letras Libres
artículo no publicado

La fama, esa cosa de encantamiento

La fama es un fenómeno complejo que Gabriel Zaid ha analizado de manera ejemplar. 

Aristóteles dijo que la fama suele confundirse con la felicidad. Aunque procedió enseguida a refutar esta noción, se entiende que no son meramente estúpidos los que la ambicionan como bien supremo. La fama sería, al menos, el supremo espejismo, si no fuera porque los espejismos son pura ilusión óptica, mientras que la fama trae consigo efectos concretos y sorprendentes: abre puertas, doblega voluntades, derriba obstáculos y, como si fuera cosa de encantamiento, desdice la ley de lo uno y lo mismo cuando su poseedor ve centuplicada su figura y proyectado en el tiempo el alcance de su nombre. Gabriel Zaid, poeta y ensayista, ha interrogado el secreto de la fama durante décadas, no en el sentido de buscar la receta, sino de entender su misterio y desplegar sus dobleces.

Pudiendo comenzar en tantos pasajes de su obra, quizás sea mejor empezar, ahora que cumple 80 años, en un pasaje de su vida. Septiembre de 1975, el consejo de redacción de Plural, con la excepción de Danubio Torres Fierro,está reunido para celebrar la aparición del número 48, cuarto aniversario de la revista. Suena el timbre en el departamento de Octavio Paz, entra Rogelio Cuéllar y pide a los presentes que posen para una foto. Salvador Elizondo se acuclilla, apoya la revista en el suelo y pone cara de seriedad, como niño con su equipo de futbol; la enfermedad de Juan García Ponce, que ha ido apoderándose de su cuerpo durante diez años, apenas le permite sostener un ejemplar en las manos, pero su inconfundible mata de cabello negro es como el centro de la imagen, y por encima de ella hay un cierto alboroto y cruzamiento de miradas; Kazuya Sakai mira de soslayo a José de la Colina, que se ha puesto de perfil y parece buscar su reflejo en la sonrisa franca de Tomás Segovia, mientras Gabriel Zaid se cubre el rostro con la revista; Alejandro Rossi y Paz lucen alegres, tal vez porque la foto misma deja ver un consejo no muy unánime, escritores disímbolos, un grupo plural.

(De izquierda a derecha: Tomás Segovia, Gabriel Zaid, Kazuya Sakai, Alejandro Rossi, José de la Colina y Octavio Paz. Sentados: Salvador Elizondo y Juan García Ponce. Foto de Rogelio Cuéllar.)

De la Colina ha dicho que esa imagen parece ahora una reunión de fantasmas: sólo Segovia, Zaid y él mismo siguen vivos. Seguían, porque Segovia ya murió, no sin antes dejar un fabuloso poema de despedida (3 minutos que por sí solos justifican la existencia toda de la internet)

http://vimeo.com/36104233

“Adviértase que Zaid, de acuerdo a su habitual coquetería de no ser visible autor en persona, se afantasma todavía más eclipsando el rostro detrás de Plural 48”, escribe De la Colina. Cierto: hay algo de coquetería en esa reserva, pues invita a preguntarse quién está detrás, y también algo de humor, pues no se corre gran peligro de volverse famoso siendo poeta y miembro del consejo de redacción de una revista cultural. Paradójicamente, es un gesto revelador.

En el acto de impedir que su rostro se reproduzca en imagen, ¿no hay algo de aquella superstición primitiva que temía que, capturada en la duplicación fotográfica, la persona misma se convirtiera en objeto? ¿Y no habrá una semilla de verdad en aquella superstición? No es simple humorada esa de cubrirse el rostro, ni tampoco estratagema para destacar: es consecuencia práctica de sus ideas sobre la fama. Zaid ha huido de ella no como se huye de un insecto que debe desdeñarse, sino como de un hechizo que debe temerse, y admirarse, y entenderse. Un hechizo: poderoso y embelecador.

En Revista de Revistas, el semanario que dirigía Vicente Leñero,  apareció una de las poquísimas entrevistas que ha concedido Zaid, y lo primero que explica es por qué no da entrevistas: “No me gusta la publicidad: a nada conduce, hace que al fin de cuentas uno venda otra cosa y no lo que originalmente quería. He tenido mucha satisfacción  al enterarme de que mis libros se venden así, sin que nadie me conozca, ni siquiera en fotografía” (17 de octubre de 1973). Ocurre que los escritores acumulan millas aéreas en giras promocionales y terminan publicitando su personalidad, con la esperanza de que sirva de gancho para que alguien compre y lea sus libros. Lo cual no es escandaloso ni indigno porque también ocurre que los escritores comen y pagan renta. Y es que para poder negarse a ese teatrito que muchos escritores y artistas abominan, hace falta independencia económica. O la familia tiene de plano mucho dinero, o el escritor sabe ganarse la vida de otra manera y logra ser felizmente un amateur en la literatura.

Aquella rara entrevista concita dos líneas recurrentes en la obra de Zaid: la reflexión sobre la fama y las propuestas prácticas que pueden ser aprovechadas por la gente de libros (escritores, lectores, editores, académicos, funcionarios públicos). Ambas vertientes desembocan en los ensayos de El secreto de la fama (2009). Zaid procura entender distintas facetas de un fenómeno antiguo como la humanidad misma: la fama como posteridad y genuino resplandor, la fama como estrategia para darse a conocer y figurar en la vida pública, la fama que se anhela como sumo bien y se lamenta como maldición; la fama de una hazaña que se vuelve leyenda, de una obra de arte que revelándose nos revela, de un artista cuya personalidad se vuelve más conocida y discutida que su obra.

Desde su primer libro de ensayos (La poesía, fundamento de la ciudad, 1963) Zaid reconoció en la fama una naturaleza bifronte. Es la irradiación de un objeto (un cuadro, una canción, un poema, un discurso, una teoría científica) cuya especial organización desea comunicarse, esparcirse, difundir su capacidad de hacer habitable una situación oprimente, encerrada, oscura. Es también un crecimiento canceroso del renombre, que termina por ocultar y sofocar el objeto bajo la sombra engrandecida de su creador. Algo así como la diferencia entre deslumbrar (y, al recuperar la visión, saber que se han abierto nuevos caminos) y apantallar (desplegar una pantalla tan aparatosa que, en lugar de dosificar y traducir la luz de la bombilla, impide el paso de la luz).

En El secreto de la fama continúa por aquella senda e interroga el tránsito que va de las obras que fascinan pero cuyo autor desconocemos, a los autores que fascinan pero cuya obra desconocemos; de la ausencia del yo en la literatura anónima, a la apoteosis del yo en la era de la imagen pública. Muchas veces, para entender un fenómeno, conviene dar un paso atrás y examinar el plano de realidad al que pertenece. Zaid retrocede un poco y vuelve a enfocar la cuestión, ahora dirigida hacia un aspecto de nuestro modo de conocer: la ambivalente capacidad humana de desdoblar el mundo y producir imágenes, modelos y teorías que, milagrosamente, transforman la realidad y, peligrosamente, la sustituyen y empobrecen. La nuez de la obra está en el siguiente párrafo:

Quizás desde sus orígenes prehistóricos, la vida desdoblada desconcierta. El desdoblamiento es real y es irreal. Es un salto milagroso de la vida más allá de su realidad inmediata, que le permite desarrollarse y crear una nueva zona de la realidad. Es el origen de la conciencia y la cultura: la vida en el espejo que se ve a sí misma y sube de nivel, y hace habitable el mundo en ese nivel. Pero es un alejamiento de las realidades inmediatas, que puede confundir. Favorece la objetividad, el espíritu crítico, la libertad, pero puede llevar al fetichismo, el escapismo, la enajenación.

El yo puede objetivarse de muchas maneras —como una narración que da sentido a la trayectoria vital, como un tema de investigación científica y filosófica, como una obra poética o musical— y gracias a ello contemplarse, entenderse, asumirse como proyecto (re-crearse, diría Zaid), pero por la misma virtud de distanciamiento es susceptible de objetivarse en sentido negativo, confundiendo al yo concreto con su imagen pública. Aunque la fama es milenaria (¿quién en la tribu no había escuchado historias sobre aquella mujer despampanante, por cuya causa ardió la ciudad?), los medios masivos de comunicación han multiplicado su influencia de manera tal que, si antes era posible confundirla con la felicidad, ahora cabe confundirla con la realidad: pareciera que lo único que de verdad existe es lo que brilla en las pantallas de televisión, lo que alcanza millones de clics en Youtube o lo que se anuncia en las carteleras de cine alrededor del planeta. Platón menospreciaba el mundo de las impresiones sensibles en que nos movemos diariamente, mundo de “apariencias”, copia débil de la verdadera realidad. El secreto de la fama reexamina el antiquísimo tópico de la duplicación, del vaivén entre imagen y realidad, y se concentra en analizar instancias donde la imagen desdoblada se identifica con la persona misma.

Si por ser escritor se entiende responder entrevistas para los periódicos, asistir a cócteles de artistas y literatos, opinar en los programas de radio y televisión, estar en el candelero, volverse famoso, parece que Zaid nunca deseó ser escritor sino nada más escribir. Si por adquirir fama se entiende participar escribiendo y publicando en dos conversaciones entrecruzadas —una de ellas libre de las determinaciones del tiempo y el lugar, en la que Platón y Quevedo dialogan con Reyes y Montaigne, otra destinada a repensar y reformar los parámetros con que organizamos nuestras comunidades— entonces Zaid deseó y desea la fama.