La exposición como una investigación | Letras Libres
artículo no publicado

La exposición como una investigación

“La exposición como un conjunto de interrelaciones, como una obra en construcción.” Esa podría ser una de las premisas de la muestra de Rosemarie Trockel que actualmente se presenta en el Museo Reina Sofía, Un cosmos. La exposición no es una antología de su obra dispuesta de forma ordenada en el espacio. Ahí hay algo cada vez menos frecuente: la muestra como un objeto en proceso y como infinitas posibilidades de conexión.

La propuesta de Trockel (Schwerte, Alemania, 1952) recuerda algunos de los planteamientos de Harald Szeemann sobre el papel de las exposiciones como creaciones epistémicas en nuestra cultura. Como, por ejemplo, la idea de que una muestra surge cuando “se lanza una serie de interrogantes, una investigación”. La exposición, para el suizo, era una pregunta basada en una concepción dinámica de la historia del arte.

Quien visite la exposición de Trockel podrá descubrir que en ella se cumplen varias de estas premisas. En primer lugar, la artista sorprende por la multiplicidad de técnicas en su proceso creativo: bocetos, dibujos, cerámicas, trabajos en lana, instalaciones, esculturas, vídeos, pinturas, diapositivas, intervenciones e instalaciones. A esa diversidad de técnicas se suman las obras de otros artistas que Trockel ha seleccionado para que “constelen” con la suya. En Un cosmos reelabora su trabajo junto al de otros artistas, haciendo productivo el proceso que Szeemann concibió como “la exposición de identidades múltiples”.

En ese juego de multiplicidades, las obras de Trockel se relacionan con las de otros artistas como James Castle y su serie de pájaros de cartón, los cuadernos obsesivos de Manuel Montalvo, los conglomerados de lana de Judith Scott, las pinturas hechas por unos orangutanes tituladas humorísticamente “Less Sauvage than Others” o el “Teléfono afrodisíaco blanco” de Salvador Dalí.

En una de las salas se encuentran los cuadros de punto de lana de Trockel, que en los años ochenta marcaron una distancia de “género” con respecto a los artistas alemanes de la misma época. Aquí su obra se vuelve mucho más compleja al hacer coincidir varios de sus trabajos en lana con las esculturas de hilos y estambres “Amasijos” de la artista autodidacta estadounidense Judith Scott.

Los cuadros de Trockel, de una pulcritud formal y de una delicadeza extrema, contrastan con aquellas esculturas “brutas” en las que parece haber un cadáver envuelto por una araña. Dos maneras opuestas de abordar la narrativa “del tejido”. En este grupo encontramos obras como “Belle époque” (2011), “Study for a Kind of Blue” (2012) y “Kind of Blue” (2012). Este contraste plantea cuestiones como las fronteras entre delirio y cordura  o las distintas maneras de expresar lo obsesivo que subyace en todo “tejido”, en toda “trama”.

Una de las piezas centrales –en el más amplio sentido de la palabra– es “Replace Me” (2011). Se trata de la reproducción de un enorme sofá de líneas puras, emblemático del modernismo, duplicado y por lo tanto llevado hasta la desproporción, en el que la artista pone en duda no solo el mundo ordenado y sus reglas, sino toda la idea de progreso del proyecto de la modernidad occidental. Con esa pieza Trockel representó a Alemania en la Bienal de Venecia y en ella subyace una de las posturas críticas centrales de la artista: la activación del “desplazamiento”, la pérdida  de estabilidad y orden y de ese afán de la civilización, que en los objetos “diseñados” se abre a la interpretación, a la puesta en duda.

El espectro de Duchamp está presente en casi toda la obra de Trockel y, aunque este aparezca desgastado, según Anne Wagner, una de las estudiosas de la artista alemana, sin su presencia no se entendería el principio de la inteligencia del sentido por medio del cual esta obra “habla”. Trockel constantemente invoca la “historia del arte” que él representa, pero también se apropia de su principio de implicar al espectador por medio de títulos como “Copie Me”/“Replace Me”; invita al receptor de la obra a suspender el estatus “incuestionado” de los objetos y a participar en el “acto” creativo.

Las llamadas de Trockel se multiplican en el interior de la exposición. Además de los artistas mencionados, convoca a naturalistas poco conocidos como Maria Sibylla Merian y sus dibujos miniatura de insectos, o a Leopold y Rudolph Blaschka con sus reproducciones de medusas en vidrio; estudiosos que, al igual que Humboldt,  descubrieron a los europeos la otredad fantástica de la naturaleza.

La exposición juega con los desplazamientos de las relaciones entre los objetos artísticos y los “naturales”, así como con la intertextualidad, que nosotros, como receptores, estamos llamados a establecer dentro y fuera del espacio expositivo.

Quizás la más espectacular  de las salas es aquella en la que la artista instala una habitación recubierta de azulejos blancos, que, como una boîte  duchampiana, contiene a su vez una serie de obras enigmáticas que remiten a otras al tiempo que constelan entre sí. Ahí encontramos una palmera de plástico que nace del techo, titulada una vez más, y como guiño al sofá y al receptor, “Replace Me”. Junto a ella, una impresión digital inspirada en el famoso L’Origine du monde de Courbet en la que por el sexo de la mujer se pasea una araña (que curiosamente nos regresa al tema del tejido).

En otro muro, en solitario, la artista instala una versión trockeliana en cerámica blanca vidriada de una de las piezas más emblemáticas de Duchamp: Fontaine, a la que Trockel llama aquí “Made in China”. La artista juega con la idea de la reproductibilidad de una obra que sabemos artesanal –una vez más el tema de la copia–, hecha con las manos, y por lo tanto fuera de la lógica de la reproducción. En la obra se busca establecer un juego entre pieza única (urinario/fuente) y los azulejos de cerámica, también blancos, que recubren los muros de la habitación: esas sí producidas en serie, como vulgar material de construcción.

En esta sala también se encuentra una instalación compuesta por una jaula en la que pájaros disecados y mecanizados reproducen el sonido de una máquina de escribir que termina con un pequeño timbre que escuchamos pero que, por lo que vemos,no deberíamos poder  escuchar, puesto que se encuentra bajo una campana de vidrio, lo cual hace que sea doblemente imposible: nadie lo puede tocar, por lo tanto tampoco nadie puede escucharlo, y sin embargo suena. Y por último, la pieza “Possibilities”, una reproducción digital en forma de disco de vinilo que cuelga de la pared negando otra vez cualquier tipo de posibilidad, o al contrario, multiplicando las opciones de lectura de la pieza y de todo el conjunto.

En ese reducido espacio –que podría ser un cuarto de baño– se concentran todas las posibilidades de autocuestionamiento del arte. Casi podría decirse que lo que hay es  un trabajo productivo en expansión: un cosmos hermoso y siniestro en el que un conjunto de elementos cargados establecen relaciones entre sí, con los otros y con lo que está más allá y no alcanzamos a ver.

La estrategia alegórica aplicada al arte conceptual, para sin abandonarlo regresar a un mundo entregado a la fantasía de la forma surreal de la naturaleza, es quizás lo que hace de esta una obra audaz y original. Es ahí donde otra de las premisas de Szeemann se ve consumada en el trabajo de Trockel: “La exposición como algo oscilante entre el proceso y el objeto, que penetra en lo más profundo de nuestro sistema de certidumbres.” Como la oscilación que se podría producir entre los grabados de Piranesi –expuestos en CaixaForum, no lejos del museo– y la muestra de Trockel, donde resulta sorprendente descubrir que dos artistas  –tan alejados en el tiempo– llegaron por la vía científica a un mismo delirio surrealista. Mientras que Piranesi concibe sus alucinantes fantasías arquitectónicas para reinventar el mundo antiguo, Trockel reconstruye el gabinete del naturalista para mostrar lo poco natural que es la naturaleza.

La de Trockel es una exposición cumplida como pregunta y como investigación sobre un cosmos propio, en donde los objetos artísticos nacen, crecen, se desgastan, se reinterpretan, se copian, se desplazan, se complejizan, se reproducen y mueren, para regresar siempre al entorno  expansivo y dinámico de la historia de nuestra cultura. ~

 

Rosemarie Trockel:  un cosmos,en el  Museo Reina Sofía del  23 de mayo al 24 de septiembre.