La expedición | Letras Libres
artículo no publicado

La expedición

No sé muy bien por qué aquella tarde acompañamos a las chicas hasta Híjar, pero con el tiempo me parece que en realidad eran dos expediciones diferentes. Nosotros estábamos aburridos, como siempre, y la excursión era un pretexto para hacer algo distinto, igual que unos años antes entrábamos en los corrales y toreábamos a las ovejas o jugábamos a la mano negra, llamando a los timbres de las casas y corriendo como si la gente no fuera a saber quiénes éramos, o cuando, la primavera anterior, los mayores decidieron pescar en el río y nosotros intentamos que nos dejaran pescar con ellos, sin éxito, lo que fue una suerte, porque al cabo de unos días los pilló la guardia civil. Para algunas de las chicas era menos improvisado. María y Belén llevaban un tiempo hablándonos de Joaquín, el Puntillo, con quien habían coincidido en unas fiestas. Decían que una de esas tardes teníamos que ir juntos a Híjar. Aquel día de principios de septiembre, cuando solo había clase por la mañana, fuimos con casi todo el curso de octavo de EGB hasta las escuelas, donde habían quedado con Joaquín y sus amigos.

Éramos ocho. Vinieron las cuatro chicas, incluso Esther, que era más tímida y salía poco. María y Belén, reconocidas generalmente como las más guapas, eran las que llevaban la iniciativa, aunque pensábamos que Natalia era más inteligente. De los chicos, no había venido Cristian, que era mi mejor amigo. Todos estábamos en el equipo de fútbol sala. A diferencia de la mayoría de los conjuntos, jugábamos con un 2-2 en vez de con un rombo. Manuel era el primer cambio, jugaba detrás por la derecha. Recibía clases de apoyo y tenía problemas para pronunciar algunas palabras. Su letra era infantil. La profesora de ciclo medio (que, ahora que estábamos en ciclo superior, solo nos daba clase de plástica) decía delante de todos: “Cristian, qué cabeza tienes y qué vago que eres; fíjate en Manuel, siempre hace las cosas, con lo que le cuesta.” El otro Daniel jugaba atrás, por la izquierda. Era el que mejor tiraba. Miguel, el más alto, jugaba arriba, también por la izquierda; era zurdo y el máximo goleador. Lo llamábamos el Ruta, un apodo que había heredado de su padre. Un día, alguien le había dicho: “Que despacio andas, vas más lento que las cagarrutas.” Ese mote se consideraba ofensivo. El apodo de Daniel Lafaja era Monreal o Monri. También era heredado pero no se consideraba ofensivo. Yo jugaba por la derecha, arriba. Mi apodo era el Médico, porque mi madre era la médica del pueblo. También me llamaban Rodríguez, porque les parecía un apellido muy exótico.

Llevaba cuatro años viviendo en Urrea, un pueblo del Bajo Aragón de unos setecientos habitantes. Era uno de los forasteros, como Marcos, el Barbero, que vivía con su abuela desde que sus padres se habían separado. Íbamos a Zaragoza muchos fines de semana, por el trabajo de mi padre. Al principio me extrañaban muchas cosas, como que te llamaran a casa sin avisar, que hubiera distintos cursos en la misma aula o que a veces toda la clase saliera, después del colegio, a buscar perros o gatos sueltos a los que maltratar. (Al volver de un fin de semana en la ciudad, nos encontramos a mi perro tuerto: le habían disparado un balín.) Cuando llegué al pueblo, en quinto de EGB, la profesora dedicaba un rato del lunes a hablar del comportamiento de mis compañeros en la misa del domingo anterior. En la clase, que agrupaba a quinto, cuarto y tercero, solo había tres alumnos que no fueran a misa ni a catequesis: mi hermana y yo, y el hijo del alcalde, cuyo apodo era el Alcalde. Las mujeres del pueblo limpiaban la iglesia. En semana santa casi todo el mundo se disfrazaba de nazareno y tocaba el tambor y el bombo: nunca participé en esos rituales. Durante unos meses un alumno que iba dos cursos por delante me había cogido manía, aunque luego, por alguna razón, dejó de pegarme o intentar darme balonazos en los partidos que jugábamos después de clase y de vez en cuando me venía a buscar a casa para que fuéramos por ahí en bicicleta. En algunas cosas yo iba por libre, pero también participaba en actividades colectivas: el equipo de fútbol sala, el grupo de teatro, el club de atletismo.

Miguel era el guaperas del curso y había salido con una chica que ese año empezaba primero de bup (y que, por cierto, me gustaba). No sabía cómo eran las cosas con las chicas de octavo, porque algunas tonteaban con los que tenían uno o dos años más que nosotros, pero la mayoría de los chicos del curso no habíamos salido ni nos habíamos besado con ninguna chica. Las chicas que contaban –sobre todo Belén y María– se llevaban bien con el otro Daniel y con Miguel, pero a los demás nos trataban con bastante desdén, como si nuestra existencia fuera una cosa un poco molesta que no se podía evitar.

El curso anterior, mi madre había venido un día al aula de ciclo superior para hablar de educación sexual. Fue explicando las cosas básicas, entre risas nerviosas y chistes malos. El momento más memorable se produjo cuando alguien le preguntó: “Doctora, ¿cómo se lo hacen las lesbianas? ¿Con la nariz?” Mi madre se quedó callada y seria, reflexionó un instante, y empezó: “Hay muchas posibilidades. Por ejemplo...”

A algunos de mis compañeros les producía desconfianza que mis padres fueran más liberales que la mayoría de los padres del pueblo. Les gustaba venir a casa y ver las fotografías de las revistas de mi padre (toda la clase de ciclo superior había venido para ver unas de Cicciolina en El Europeo), pero pensaban que yo les contaba todo, y que por tanto sabían demasiadas cosas de ellos. Yo no les contaba todo y tampoco creía que a mis padres les importaran mucho los secretos de los quinceañeros de Urrea. Pero aun así, ese verano, después de que mi madre aconsejara a la chica de primero de bup que usara preservativo si tenía relaciones sexuales, Miguel me agarró del cuello y me reprochó haberles contado a mis padres que estaban saliendo. Me enteré así de que estaban juntos.

Conocía bien el camino a Híjar, porque durante el curso lo recorría un par de veces a la semana, en los entrenamientos de atletismo. Híjar estaba a cinco kilómetros de Urrea: era el lugar donde llegaban los autobuses, donde mi padre compraba el periódico y donde, desde hacía unos meses, estaba el centro de salud. El centro había provocado cierta polémica en el pueblo, que estaba dividido entre los que se sentían más cerca de Híjar y los que se sentían más cerca de Albalate del Arzobispo, otra de las localidades de la zona. La madre de una chica de un curso inferior era de Híjar. Su apodo era la Hijarana. Se consideraba ofensivo.

Las escuelas estaban nada más cruzar el río Martín, que se atravesaba por una pasarela construida con tablas y electrodomésticos viejos. Yo había escrito un cuento donde un chico que andaba por allí en bicicleta veía a una chica, la seguía, cruzaba el puente y entraba en un mundo que era una África inventada, donde vivía una especie de parodia de las películas de Indiana Jones. De ese cuento mis compañeros no sabían nada, y yo tampoco pensaba en él cuando bajamos hacia el colegio y vimos al tal Joaquín con tres amigos y una motocicleta blanca, aparcada.

Los cuatro tenían unos pocos años más que nosotros. Llevaban camisetas, vaqueros y botas. Nuestra ropa era más deportiva. Joaquín y su amigo llevaban un pendiente. Los otros dos amigos no. Se saludaron con las chicas. “¿Y estos quiénes son?”, preguntó Joaquín a María.

–Nada, unos del pueblo.

Joaquín no nos dirigió la palabra y nosotros tampoco hicimos esfuerzos por hablar con ellos. Nos quedamos un rato. Joaquín sacó un cigarrillo y se lo ofreció a María. Ella aceptó. Nosotros no llevábamos tabaco, porque en esa época no fumábamos habitualmente. Algunos de los que tenían un año o dos más fumaban en la parte trasera del bar de la plaza, el Chulo, en una especie de reservado. Joaquín tampoco nos invitó. El amigo de Joaquín le preguntó si podía llevar la moto. Joaquín le dijo que sí. “Pero con cuidado, como me la estropees te reviento la cabeza”, añadió.

El amigo de Joaquín dio unas vueltas al polideportivo.

–Luego si quieres te llevo –le dijo Joaquín a María.

Al cabo de unos minutos llegó otro chico, en bicicleta, con una bolsa con cervezas y pipas. Hicieron cuentas y se repartieron el contenido de la bolsa. Joaquín ofreció cerveza a las chicas, pero ellas dijeron que no. María dijo que le daba asco: solo le gustaba el licor de melocotón. Nadie hablaba con nosotros y nuestra presencia era absurda, así que nos separamos unos metros y nos quedamos a la sombra, bajo una de las canastas. Joaquín hablaba con María y un poco con Belén, y uno de los amigos intentaba hablar con las otras dos chicas. Pensamos en irnos a los recreativos, pero al final alguien dijo que no. Lamentamos no haber llevado una pelota. Hablamos un rato de fútbol. Encontramos una piedra y la tiramos contra un palo de la canasta, a ver quién acertaba. Ganó el otro Daniel. Nos aburrimos un poco más. Luego fuimos a una tienda del pueblo, compramos flashes y gominolas. Estuvimos un rato en los recreativos, volvimos a las escuelas y nos los terminamos allí. Las chicas seguían hablando con Joaquín y sus amigos. Quizá porque la comida nos daba algo que hacer, esta vez nos acercamos un poco más. Esther dijo que ya era hora de volver: había casi una hora de camino y no quería llegar a casa de noche. María y Belén le dijeron que esperase un poco más. Joaquín ofreció llevarla en moto. Vi que a María y Belén no les hacía la gracia esa invitación. Tuve la impresión de que a Joaquín le parecía que Esther era guapa, y por primera vez me di cuenta de que era cierto. Esther rechazó la oferta e insistió en que prefería irse. Creo que a los chicos nos alivió su obstinación, porque Miguel también dijo que era mejor que volviéramos a Urrea. María se fumó un último cigarrillo, charló un momento, entre coqueta y desafiante, con Joaquín, y empezamos el camino de vuelta.

A unos pocos cientos de metros de las escuelas, a la izquierda, había una colina: debajo estaba el colegio, y todo el pueblo se extendía a la derecha. Los cuatro chicos la subimos, mientras las chicas seguían por el camino. Desde lo alto empezamos a gritar.

–¡Hijaranos!

–¡Desgraciados! ¡Iros a la mierda!

–¡Hijaranos de mierda!

Manuel era el más entusiasta:

–¡Maricones! ¡Cabrones! ¡Hijos de puta!

Luego seguimos andando. Nos burlábamos de Manuel, que parecía haber tenido un arrebato. Él se reía.

Al cabo de tres o cuatro minutos oímos el ruido de una moto. No podíamos verla, porque el camino daba una curva. Justo cuando estábamos a punto de cruzar el río, vimos que aparecían en la curva Joaquín, en la moto, el chico de la bici y los otros tres amigos, que los seguían corriendo, como si fueran sus escuderos. Por alguna razón pensábamos (o al menos pensaba yo) que no pasarían al otro lado del río Martín.

En cuanto cruzamos, empezamos a andar deprisa, casi corriendo. Las chicas iban con nosotros, aunque caminábamos un poco por delante. Doscientos o trescientos metros después de pasar el río, vimos llegar otra vez a Joaquín y sus compañeros. “Eh, esperad. Esperad. Que no os vamos a hacer nada”, decían.

En ese momento los cuatro nos habríamos echado a correr. Pero ya era demasiado tarde: los teníamos encima. Nos quedamos los cuatro en fila, en un recodo del camino, frente a Joaquín, que se bajó de la moto, y sus amigos. “¿Qué habéis dicho?”, preguntó.

–Nada.

–¿Cómo que nada? Os hemos oído.

–Hemos dicho: Hijaranos. Iros a la mierda.

–¿Nada más?

–Nada más.

–¿Quién ha dicho hijos de puta?

–No lo hemos dicho –dijo Miguel.

–Pues nosotros hemos oído hijos de puta.

–No –dije.

–Yo creo que sí. Paco, ¿tú lo has oído? –Uno de sus amigos asintió–. Yo también lo he oído. ¿Qué os creéis, que somos gilipollas? A ver: ¿quién lo ha dicho?

–Que no lo hemos dicho. Que nos dejes…

Joaquín agarró a Miguel. Le dijo: “¿Tú de qué vas, niñato? Paco no tiene madre, gilipollas. Así que dime quién lo ha dicho.” Zarandeó a Miguel y lo empujó hacia atrás. Miguel cayó contra una zarza. No se hizo nada, se levantó al momento. Se le había roto un poco la camiseta.

–Que no lo hemos dicho. Que nos dejes en paz –dijo Miguel. Estaba a punto de llorar y mientras gritaba soltó un pequeño eructo. Joaquín se rio desdeñosamente, sus amigos con un poco más de alegría.

–¿Sabéis qué? Dejamos que os vayáis si soltáis un buen eructo.

La situación me parecía delirante: no pude evitar sonreír. Joaquín me vio y fue hacia mí. “¿Tú de qué te ríes?”, preguntó.

–De nada.

–A ver. Eructa.

Le dije que no sabía eructar a propósito. Joaquín no se lo creía: pensaba que me estaba burlando de él. Para demostrarme cómo se hacía eructó. Le dije que estaba bien, pero que a mí no me salía. Él insistió. Lo intenté, pero solo me salió un sonido parecido al clic de una pistola vacía en una película. Joaquín dijo: “Pero qué mierda. ¿Tú no serás maricón?” No se creía que fuera de verdad y me zarandeó un poco, con menos fuerza que a Miguel.

–Vamos, prueba otra vez –dijo Joaquín.

En ese momento, cuando yo abría la boca casi seguro de que iba a fracasar otra vez, Manuel soltó un eructo tremendo, más potente y más largo que el de Joaquín. Hubo un momento de silencio asombrado. Luego Joaquín se echó a reír, sus amigos lo imitaron y nosotros también soltamos una carcajada. Incluso las chicas, que se habían quedado a unos metros, sonreían. La tensión se relajó de repente. “Joder, chaval, tú sí que sabes”, le dijo Joaquín a Manuel, le dio una palmada en el hombro y dejaron que nos marcháramos. Llegamos al pueblo cuando empezaba a caer la noche.

Al día siguiente, cuando le contaba la historia a Cristian, Miguel me dijo que para mí era divertido porque no me había pasado nada. Le dijo a Manuel que era un imbécil. Empezaron a forcejar y tuvimos que separarlos. No sé si las chicas regresaron a Híjar, pero no volvieron a pedir que las acompañásemos. Tampoco volvimos a hablar de la expedición. Poco después, destinaron a mi madre a otro pueblo. Nos mudamos unos días antes de navidad. No he vuelto a Urrea y hace más de quince años que no veo a ninguno de mis compañeros de clase. Me dijeron que Manuel murió en un accidente con un tractor, y sé que otros se han casado y tienen hijos. De vez en cuando paso en coche por Híjar. Cada vez que lo hago, durante unos segundos me entran ganas de recorrer otra vez ese camino. ~