La existencia de las palabras | Letras Libres
artículo no publicado

La existencia de las palabras

Si alguien encuentra una planta que no figura en los libros de botánica, no dice que esa planta no existe. Sin embargo, muchas personas afirman que una palabra no existe por el solo hecho de no aparecer en el diccionario.

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Como la mayoría de las personas que se dedican a esto, soy bastante maniático con la escritura. No solo con los artículos que salen publicados con mi nombre, como este, sino con cualquier apunte, los mensajes de texto, la lista de la compra. Y me hacen doler un poco los ojos los errores de ortografía, sintaxis, puntuación o gramaticales en general. Pero como no me parece de buen gusto andar corrigiendo a los demás, ni mucho menos quisiera que se me acusara de grammar nazi ni de nada por el estilo, suelo abstenerme de señalar tales errores, salvo en la intimidad, en charlas con personas cercanas.

En las redes sociales circulan —con el loable propósito de reducir el número de esos errores— muchas “campañas para escribir mejor”. Del modo más gráfico y sencillo posible, procuran esclarecer muchas situaciones del castellano que a menudo derivan en errores. Explican, como en la imagen que ilustra este artículo, que “haber” es un verbo, “a ver” una expresión relacionada con observar algo y que “haver” no existe. O que “iba” es una conjugación del verbo ir, “iva” el impuesto sobre el valor agregado y que “hiba” no existe. O que “hay” es una conjugación del verbo haber, “ahí” un adverbio de lugar, “ay” una exclamación y que “ahy” no existe.

Y ese “no existe” se queda repicando en mis ojos, resonando como un eco en mi cabeza. ¿De verdad no existen?

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Cada vez que leo o escucho que una palabra “no existe” recuerdo el siguiente pasaje:

“Si alguien, en un paseo por el campo, encuentra una planta que no figura en los libros de botánica, no se le ocurre decir que esa planta no existe, sino que no está registrada en la flora al uso. Por el contrario, muchas personas afirman categóricamente que tal o cual palabra no existe simplemente porque no figura en los diccionarios en general o, más concretamente, no figura en el Diccionario de la Real Academia Española, a la que se le concede la autoridad para otorgar los certificados de nacimiento, o de buena conducta, de las palabras”.

Pertenece al libro La presunta autoridad de los diccionarios, del catedrático español Javier López Facal, publicado en 2010, en Madrid, por Los libros de la Catarata.

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Se me dirá de inmediato, por supuesto, que una cosa es un modismo regional no recogido por el diccionario y otra muy distinta un horror ortográfico fruto del desconocimiento (y el desdén, agregará alguien). Y responderé: sí, tienen razón. Pero ¿qué pasa entonces con casos como —por citar solo algunos— los de toballa y almóndiga?

Estas todavía curiosas maneras de llamar a las toallas y las albóndigas fueron consideradas erróneas durante muchísimo tiempo, hasta que un día la RAE decidió cobijarlas bajo sus alas. ¿Fue ese día cuando comenzaron a existir? Si antes no existían, ¿cómo fue que terminaron en el diccionario? Y si no eran palabras, ¿qué eran?

Existían y eran palabras, claro. Formaban parte del habla cotidiana de innumerables personas. Plantas que no figuraban en la botánica de la lengua. La mayoría de esas personas seguramente no sintió como un triunfo el ingreso de esos vocablos al diccionario de la RAE, porque ni se enteraron. Y, si se enteraron, lo más probable es que les haya dado igual.

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Este blog lleva por nombre Marcapáginas, una palabra que no aparece en el diccionario de la RAE. Alguien, hace años, preguntó por ella a la Fundéu, la Fundación del Español Urgente, una institución que se propone “velar por el buen uso del idioma español en los medios de comunicación, en especial los informativos”, y que cuenta con el asesoramiento de la RAE. Tal fundación depende, por partes iguales, de dos organismos españoles: la agencia de noticias EFE y el banco BBVA. Este ocupa el puesto 37 en el ranking mundial de bancos y es la segunda entidad financiera más grande de España y la primera de México, el país —por mucha diferencia— con mayor cantidad de hispanohablantes.

La consulta fue la siguiente:

¿Qué términos se contemplan como correctos en lengua española, para referirnos al objeto de papel o cartón que señala la página en la que nos quedamos, al cerrar un libro?: ¿Marca-páginas? ¿Señalizador? ¿Señalador? ¿Existe algún otro? Busqué estos términos en el diccionario de la RAE y no encontré ninguno.

Le respondieron esto:

Las formas habituales de nombrarlo son marcapáginas (sin guion) y señalador; hay también otras, de uso menos frecuente, como “puntos de lectura”. El diccionario no incluye todas las palabras del idioma (es imposible), lo que no quiere decir que voces como las mencionadas, ampliamente utilizadas en español y creadas de acuerdo con las reglas de formación de palabras que rigen en nuestro idioma, no puedan utilizarse.

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Se me ocurre que, en realidad, no hay palabras que no existan. Todas las palabras existen, al menos en potencia. ¿Cuántas palabras se usaron y ya no se usan? ¿Qué palabras se emplean ahora y hasta hace poco no estaban en boca de nadie? ¿Y cuáles se utilizarán en el futuro y ahora no podemos ni sospechar? Nadie diría que un número (que es una combinación de cifras) no existe solo porque hasta ahora nadie necesitó escribirlo o recurrir a él para una operación. Quizá con las palabras (que son combinaciones de letras y fonemas) debamos pensar algo similar.

Entre sus —llamémoslas así— excentricidades, la RAE contempla el uso de la palabra palabro. Un palabro es una “palabra mal dicha o estrambótica” o una “palabrota”. Los palabros de ayer no son los de hoy, y viceversa. Todo se transforma. Un poco por esto también, pese a ser un maniático de la escritura, no me gusta andar por ahí corrigiendo a la gente. Quién sabe si lo que hoy veo como errores garrafales no son más que las palabras del futuro. En todo caso, si noto que algo está tan mal escrito que me hace doler los ojos, miro para otro lado y sigo mi camino.