La ética del gusto | Letras Libres
artículo no publicado

La ética del gusto

Si la aspiración de la burguesía a codearse con la aristocracia engendró el esnobismo, el estudio del gusto aristocrático podría darnos el antídoto para reeducar a los esnobs (suponiendo que su enfermedad sea curable), porque la herencia cultural de la nobleza no solo consiste en una férrea defensa de privilegios injustos, sino en un código de conducta que aplaude la sabiduría discreta y sanciona la ostentación filistea. Como este código era también un canon estético, las cortes del Renacimiento nos legaron modelos de elegancia modesta dignos de ser imitados en todas las épocas. Baltasar de Castiglione los describió en El cortesano, un manual de buen comportamiento social y, al mismo tiempo, una ética del gusto en la que se propuso infundir a los nobles de su época un sano horror a la afectación. Para Castiglione, todo lo que denotara esfuerzo o rebuscamiento de palabras, tanto en la charla como en la escritura, era indigno de quien aspirara al título de caballero y debía ser evitado escrupulosamente para alcanzar el máximo de elocuencia con la mayor sencillez. Definida como “una excesiva diligencia y codicia de parecer mejor que todos”, la afectación era entre los nobles italianos una despreciable forma de vulgaridad.

 

De esta tacha nos debemos guardar con todas nuestras fuerzas –advierte–, usando un cierto desprecio o descuido, con el cual se encubra el arte y se muestre que todo cuanto se hace y se dice viene hecho de suyo y sin fatiga y casi sin haberlo pensado.

 

A pesar de su genuflexa veneración del modo de vida aristocrático, los primeros esnobs nunca pudieron imitar este artificioso descuido, que requiere haber asimilado la esencia de la educación clásica. Se conformaron, por lo tanto, con imitar lo peor de la vida cortesana: el derroche suntuario, tal vez porque, en ese terreno, la burguesía adinerada sí podía competir con la nobleza. Desde entonces el mal gusto va de la mano con el despilfarro, no solo en la decoración de interiores, sino en la cátedra pedante o en la decoración de libros con citas eruditas. Si los humanistas y los empresarios del Renacimiento aspiraban originalmente a valer por sus méritos, en alguna etapa de su involución creyeron que la única manera de lograrlo era ostentar la riqueza de bienes materiales o de conocimientos. Pero, como ni siquiera sabían hacerlo con donaire, engendraron una caricatura de la vieja aristocracia que no tardó en ser criticada sin piedad por los talentos más perspicaces. Podría decirse que el motor de la actividad económica en la sociedad capitalista es la “excesiva diligencia y codicia de parecer mejor que todos”, combatida por Castiglione. Por eso, en un mundo regido por los valores burgueses, el combate a la ostentación filistea es aún más necesario que en tiempos de la aristocracia. De hecho, Matthew Arnold creía que la cultura debía tener esa prioridad ética en la época victoriana:

 

La gente que llamamos filistea cree que solo se puede alcanzar grandeza y bienestar por medio de la riqueza. La cultura observa el modo de vida de esa gente, la literatura que lee, las cosas que le dan placer, y se pregunta: ¿valdría la pena obtener la mayor suma de dinero bajo la condición de caer tan bajo? De ese modo la cultura engendra una insatisfacción que tiene el máximo valor posible para despertar la conciencia del hombre en una sociedad industrial.

 

Aunque Matthew Arnold no haya acompañado su crítica de la élite filistea con una exhortación a combatir la desigualdad, la filosofía educativa que propuso en Cultura y anarquía sigue vigente, sobre todo en el México actual, donde los valores de la canalla opulenta se han propagado como la gangrena en todos los estratos sociales. Quien lo dude puede ver por internet el documental El sicario, donde un matón arrepentido que trabajaba para el cártel del Golfo confiesa que, a pesar de haber crecido en una familia modesta sin grandes apuros económicos, ingresó al crimen organizado en la adolescencia para poder comprarse unos tenis de marca. En un país con miles de jóvenes dispuestos a morir por ideales tan nobles, la prioridad de cualquier política cultural debería ser engendrar en el ciudadano la insatisfacción descrita por Matthew Arnold. Los narcos solo han llevado a sus últimas consecuencias la rapiña antisocial que han practicado desde siempre los oligarcas engreídos, los nuevos ricos de la política y la gente que aspira a recoger sus migajas. La televisión les inculcó un individualismo feroz, una obsesión vulgar por los signos de estatus, una avidez insaciable de placeres intensos, y cuando entran a las ligas mayores del crimen solo piensan en cobrarle a la sociedad todas las frustraciones que han acumulado desde la infancia. Por desgracia, en México la cultura es un adorno prestigioso, no un agente de cambio, y la insatisfacción que prevalece en las barriadas miserables o en la clase media torturada por el “quiero y no puedo” solo engendra una rabia mimética. ~