La era de la mezquindad | Letras Libres
artículo no publicado

La era de la mezquindad

Dos perlas de la semana recién terminada.

En diciembre del año pasado, en la conferencia de prensa para dar a conocer el foro México Ante la Crisis. ¿Qué Hacer para Crecer?, Manlio Fabio Beltrones explicó que, frente al colapso económico mundial, los senadores mexicanos se sentían “sumamente responsabilizados”. Esa suma responsabilidad —con todo y su laxa sintaxis— quedó de manifiesto en todas las mesas organizadas por el Instituto Belisario Domínguez de la Cámara alta la semana pasada. La intención, se nos explicó, era reunir a todos los actores de nuestra economía para que le interpretaran al gobierno de México qué hacer para capear de mejor manera el temporal. Y no faltó nadie en el elenco. Ahí estuvieron Felipe González y Ricardo Lagos, jugando el papel de sabios ex mandatarios. ¿La receta de ambos?: reformar desde el origen; permitir la inversión y modernizar el aparato burocrático, incluido el ejercicio de la más elemental imaginación fiscal. El Senado, muy responsabilizado, también convocó al secretario de Hacienda y al gobernador del Banco de México. ¿La recomendación de ambos? La misma. Por último, los señores legisladores llamaron a los empresarios y los académicos. Ambos se fueron por el mismo camino. Denise Dresser fue más allá y, luego de citar a Stiglitz, acusó a los senadores de estar en manos de intereses ocultos. Los discursos de ex presidentes, funcionarios, líderes empresariales y sindicales y estudiosos recibieron aplausos y sonrisas senatoriales (a Dresser, que recién los había acusado de corruptos, la ovacionaron de pie). Al final, el compromiso fue unánime: se tomarían las propuestas para estudiarlas en comisiones y, así, poder desentrañar el misterio de cómo conseguir que México crezca en tiempos de crisis.

Pura hipocresía: ellos y nosotros sabemos que la voluntad renovadora de los legisladores se quedará en el eco del Alcázar de Chapultepec. En año electoral, explican otros senadores a puertas cerradas, nada se va a discutir y mucho menos se va a aprobar. En México, el poder es endogámico: se acuesta consigo mismo para reproducirse a sí mismo. Al final del día, lo único que hace sentir muy responsabilizados a los legisladores es su propia perpetuidad en las entretelas del poder. Por eso no habrá reforma laboral ni hubo, en realidad, fiscal y energética. Por eso los sindicatos son intocables y Elba Esther Gordillo puede presentar un pliego petitorio que ignora por completo la coyuntura crítica. Por eso, el único sector de la cadena productiva mexicana que no entrará en paro técnico ni tendrá que enfrentar recortes de presupuestos es la gorda y voraz burocracia mexicana y su hermana mayor: la partidocracia. Porque para que “México crezca”, los políticos tendrían que demostrar una humildad inédita e ir en contra de sus propios intereses. Y eso, como lo demostrara Ernesto Zedillo en Davos, les resulta prácticamente impensable.

Así, la segunda joya semanal.

El presidente Felipe Calderón fue a Davos enfrentando una misión imposible: convencer al mundo de que México, la tierra del Pozolero y el balazo en el rostro a Christopher Augur, no está al borde de un colapso. Conforme pasaron los días, Calderón dejó atrás la bravuconería simplona (si sabe que el Comando Conjunto estadounidense jamás comparó en realidad México y Pakistán, ¿por qué no lo explicó con sensatez y no con nacionalismo ramplón?) para aceptar, entre broma y broma, que lo que realmente necesitaba era “un buen publirrelacionista”. Horas más tarde llegaría el Waterloo del viaje. Lo curioso es que el catalizador de la catástrofe no fue algún reportero vampiro. El responsable de las primeras planas del fin de semana posterior a la visita mexicana a Davos fue nada menos y nada más que Ernesto Zedillo. El ex presidente de México, que había sido hasta entonces un ejemplo de mesura, aprovechó su papel de moderador en Davos para cobrarle viejas cuentas a Felipe Calderón. Lo primero que hizo Zedillo fue preguntarle a Calderón si México sufriría de un catarro o de una neumonía dada la situación económica en Estados Unidos. Es imposible que Zedillo no conociera las implicaciones de la respuesta de Calderón. Aun así, lo puso contra la pared. Y el presidente panista, cándido como siempre, le regaló la nota: México probablemente sufriría de neumonía. Pero Zedillo no dejó ahí las cosas. Después de todo, Calderón le debía una. El ex mandatario le recordó al público que, en sus tiempos en Los Pinos, Calderón había sido un duro líder opositor. Calderón respondió con la primera plana soñada: “Ahora te entiendo mejor, gobernar es el infierno”.

No se trata de pedirle solidaridad a Ernesto Zedillo. El hombre no es un santo ni tiene por qué serlo. Pero hay un largo trecho entre la solidaridad política y la responsabilidad ciudadana. ¿De qué le sirvió a Zedillo el intercambio con Calderón, un hombre que —de manera incomprensible, por lo demás— lucha día a día con la sombra de la ilegitimidad? ¿Qué construyó el ex mandatario como mexicano con ese diálogo en Davos? Absolutamente nada. Como me cuentan que dijo un empresario presente entre el público: “He just couldn’t help himself", no pudo evitarlo. Así, Zedillo sólo consiguió volverse un protagonista más de la era de la mezquindad y la irresponsabilidad en la política mexicana. La historia se encargará de pasarles factura a todos los que están ahí, trepados en el escenario de un teatro narcisista.

- León Krauze