La era de Álvaro Mutis | Letras Libres
artículo no publicado

La era de Álvaro Mutis

Hubo un tiempo, hacia fines de los años ochenta del otro siglo, que bien podría ser recordado como “la era de Álvaro Mutis”.

Hubo un tiempo, hacia fines de los años ochenta del otro siglo, que bien podría ser recordado como “la era de Álvaro Mutis”. No sólo porque el gran poeta, colombiano de México (una orden de caballería presidida por él y por García Márquez y donde persisten algunos amigos), aparecía por todos lados, los sagrados y los mundanos, sino por la sorpresiva influencia alcanzada por sus novelas entre los escritores más jóvenes. Algunos descubrieron al poeta gracias al novelista. Y no es cierto –vale recordar la trivia pues a él le gustaba que así fuera– que nadie supiese (como se presume hoy día en las redes sociales) que Mutis era la voz en off de Los intocables, aedo de la épica que enfrentaba a Eliot Ness con Al Capone. Todos lo sabíamos.

Fallecido Mutis el 22 de septiembre de 2013, me enteré de su muerte mientras preparaba esta una columna sobre los cincuenta años de La feria, de Juan José Arreola y hube de cambiar de tema sin mudar de ánimo: a Arreola y a Mutis los unió una característica infrecuente entre escritores, la generosidad, a veces hasta irresponsable, de festejar el talento o el ingenio ajenos. Mutis, como Arreola, se relacionaban con sus semejantes distribuyendo la pócima dulce del reconocimiento.

En el Diccionario crítico de la literatura mexicana, 1955-2005 (2007), escribí sobre él algunas líneas que a la hora de su muerte quisiera repetir sin parafrasearme: “Un escritor como Mutis pertenece, por ventura, a muchas literaturas, y es una tarea sencilla, teniendo su obra desplegada ante nuestros ojos, enumerar las ciudades que podían gloriarse de tenerlo entre sus hijos. En primer término, es un poeta colombiano que comparte con Eduardo Carranza, Jorge Zalamea o Nicolás Gómez Dávila, esa visión donde lo sobrenatural se manifiesta como una segunda naturaleza. En segundo término, Mutis es un poeta hispanoamericano que se reconoce en la antigua idea imperial castellana, cuya extinción parece repararse cada vez que escritores como él recorren la América mala y la América buena, apareciéndose en Cartagena de Indias, en Quito, en Valparaíso o en la ciudad de México. En tercer término, Mutis se inspira en el memorialismo francés, en el cardenal de Retz, en el príncipe de Ligne y en  Chateaubriand, y es un legitimista que se debe, como marido, a los Borbones, pero que ha reservado su bonhomía de caballero para el resto de los partidos. Todo lo contrario de un afrancesado, Mutis llega a las arenas de Rimbaud por ser moderno y no al revés. También es eslavo (como Conrad) y bizantino y ortodoxo como Alexandr Serguievitch y en el último de los casos, desde que publicó hace medio siglo su Diario de Lecumberri (1960), registro de su estadía en el Palacio Negro, Mutis es, también, un escritor mexicano.”

Siguiendo con mi revisión del caso Mutis, decía yo que, “un armorial como el suyo que, a la vez es una bibliografía, sería intimidatorio sino estuviésemos hablando de un poeta de culto y de un novelista popular. Por Los elementos del desastre (1953), por la Reseña de los hospitales de ultramar (1958), por Los trabajos perdidos (1965) y por Caravansary (1981), los poemas de Mutis, como la biblioteca de bolsillo que carga el Gaviero, nos acompañan a lo largo de vidas enteras  y regresan a nosotros, fieles y enigmáticos, en horas distintas de días diferentes, en tiempos de paz y tiempos de guerra. […] Mutis, un poeta exigente y escaso, a quien la buena fama de raté no le hubiera disgustado, se fue desdoblando en un alter ego o máscara, en una persona literaria que, llamada el Gaviero, fue sumando vida como un homúnculo nacido o forjado en ‘esa alianza del esplendor verbal y la descomposición de la materia’ que, según decía Octavio Paz, definía su poesía.”

Aparecieron entonces, casi una por año, las seis novelas que configurarían las Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero (1995) que, “como si fuesen fascículos o cromos”, decía yo, “nos revivían el placer infantil de acudir al quiosco en busca de un nuevo capítulo de nuestras hazañas predilectas, lo cual concuerda con el vínculo, destacado por algunos críticos, entre la saga de Maqroll y el cómic literario, sea el Corto Maltés o Tintín.”

Si reconstruyo mis lecturas de Mutis es porque diez años después me seguía produciendo cierta ansiedad saber si él había leído, en la edición aumentada de 1996 de mi Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, lo siguiente: “Álvaro Mutis, como sabemos, es un gran poeta que ha dedicado sus últimos diez años a escribir novelas y relatos. Su caso, infrecuente en el mundo hispánico, no es el único en la historia literaria. Mutis es el hombre viejo que ha alcanzado una segunda adolescencia, recuperando el aliento novelesco de sus lecturas de juventud,  enriquecidas por una vida dilatada y rica que, empero, ya no conocerá otra oportunidad que no sea la de la literatura. No es éste el lugar para hablar de la saga novelística de Maqroll el Gaviero, hermosa y excepcional y, Dios me perdone, abundante en pifias propias del narrador principiante. Quiero resaltar la peculiar influencia difuminada por Mutis sobre la narrativa mexicana reciente, trasmitiendo su confianza en los poderes primigenios de la aventura, alentando la vigencia de Conrad o descubriéndonos las historias que guarda la cripta de los Capuchinos. Católico y conservador, admirador de Felipe II y de Chateaubriand, tan sentimental como el marqués de Bradomín, hay un Mutis narrador” que en ese entonces era una novedad inesperada y hoy, a la hora de su muerte, entran a la alegría eterna, a la lectura incesante.

Llegó el día en que vi a Álvaro Mutis y me dijo, muriéndose de la risa como ese travieso Papa del Renacimiento a quien a veces encarnaba sin mayor dificultad: “Dios te perdona y no sólo te perdona sino te bendice por haber dicho la verdad”.