La cuarta vía de la socialdemocracia | Letras Libres
artículo no publicado

La cuarta vía de la socialdemocracia

El proyecto socialdemócrata no está todavía condenado, pero el surgimiento de nuevos partidos, el populismo y la crisis lo obligan a una renovación. 

Son muchos los artículos que se han ocupado de la llamada crisis de la socialdemocracia en los últimos años. La gran penitencia de la socialdemocracia ha sido, como la de la democracia representativa, haber nacido con el pecado original de esa mácula. Así, la crisis de la socialdemocracia es tan vieja como la socialdemocracia misma; y la crisis de la democracia representativa parece tan antigua como ese modelo de gobierno.

Más allá del debate teórico, lo cierto es que, atendiendo a los números, es innegable que los partidos socialdemócratas viven horas bajas en Europa. Esta semana hay un artículo estupendo en The Economist que analiza las causas de este declive y que resume en cuatro puntos: el propio éxito de las políticas promulgadas por la socialdemocracia, el cambio económico, la pérdida del miedo a las opciones más radicales y la fragmentación de las identidades. Me parece un buen corolario. De la mayoría de estos problemas ya hemos debatido ampliamente en España, pero creo que merece la pena abordarlo una vez más.

Puede parecer una paradoja, pero la socialdemocracia corre el riesgo de morir de éxito. Hace unos meses mantuve una discusión con el socialista José Antonio Pérez Tapias a raíz de la crisis griega del pasado verano. Tapias consideraba que la socialdemocracia estaba “rendida” al neoliberalismo, y yo le recordaba que, en la Unión Europea, el gasto público medio sobre el PIB es del 48,1%, un cifra que no invita a pensar que el Estado de bienestar, que podemos considerar la mayor aportación de la socialdemocracia a la política (con permiso de Bismarck) esté amenazado.

Al contrario. Prueba de que no tiene contestación es que la mayor parte de los partidos de derecha y centro-derecha europeos han abrazado muchos de sus postulados. El subsidio de desempleo, la sanidad y la educación públicas o la existencia de un salario mínimo son banderas del centro-izquierda que el sistema político ha asumido como propias. Hasta los partidos comunistas o marxistas defienden hoy a capa y espada un Estado de bienestar que hace no tanto les parecía una capitulación burguesa.

En España, donde a menudo se acusa al PP de haber vendido el país a los mercados, olvidamos lo alejados que están los populares de ser neoliberales, aunque solo sea porque se deben a su gran electorado pensionista. En nuestro país nunca ha habido un partido liberal exitoso, en parte porque el liberalismo siempre fue una corriente de élites que no permeó socialmente, en parte porque las clases medias que debían enarbolarlo eran débiles y dependientes del Estado, en parte porque, como ha recordado Luebbert, las alianzas de clase en España, con una burguesía dividida por el clivaje territorial, dieron lugar a modelos políticos diferentes del liberal.

Así pues, puede decirse que el éxito de las tesis socialdemócratas en Europa supone, al mismo tiempo, una amenaza para el propio centro-izquierda, en tanto difumina las divisiones que le permitían diferenciarse de sus competidores. Estas diferencias comenzaron a apagarse tras la caída del muro de Berlín, cuando quedó de manifiesto que el futuro habría de pasar indefectiblemente por la democracia y el libre mercado. La socialdemocracia reaccionó entonces con una propuesta que conjugaba la gestión económica ortodoxa con la redistribución y las políticas públicas, una “tercera vía” que fue muy exitosa. Sin embargo, con la última crisis económica han reaparecido los fantasmas. La recesión dificultó la estrategia de diferenciación de los socialdemócratas, que se vieron obligados a postergar sus programas de redistribución y políticas públicas para atender las exigencias de la deuda. En este sentido, el centro-izquierda y el centro-derecha se veían constreñidos por unas exigencias que les llevaban a tomar posiciones parecidas en cuestiones macroeconómicas.

Es este el escenario que los partidos de corte populista han aprovechado para dar el gran salto a los parlamentos en Europa. Formaciones euroescépticas de izquierda antisistema y derecha antiinmigración han proliferado por todo el continente, robando muchos votos a los socialdemócratas. Buena parte de sus electores pertenecen a eso que tradicionalmente llamábamos clase trabajadora. Son los perdedores de la crisis y creen que la socialdemocracia ya no puede dar respuesta a sus problemas. En Francia, el Frente Nacional de Le Pen se hizo con un buen número de votos que venían del Partido Socialista: eran los obreros que tenían que competir con la mano de obra inmigrante, más barata, por su empleo. En España, los hijos de la clase media vieron frustradas sus expectativas con la crisis, y ese descontento que se manifestó en el 15M fue después canalizado y articulado por Podemos.

Pero no solamente asistimos al auge de partidos populistas. Como recuerda The Economist, vivimos también un momento de pujanza de los partidos ecologistas, liberales, animalistas, feministas. Son partidos de nicho que han descubierto su caldo de cultivo en la incertidumbre económica y los valores de la posmodernidad. Los socialdemócratas encuentran cada vez más dificultades para ofrecer soluciones a un grupo de trabajadores crecientemente heterogéneo, y esa pérdida de influencia ha sido aprovechada por los nuevos partidos. La transformación de la estructura económica ha multiplicado las líneas de fractura sociales.

Según un estudio publicado en Reino Unido en 2013, actualmente existen siete clases sociales: la dicotomía burguesía-proletariado ha desaparecido. Además, asistimos al apogeo de la posmodernidad, que ha inaugurado el tiempo de la reacción individual. La conciencia de los trabajadores es ahora diversa y ya no existe un sentimiento sólido de pertenencia a una clase social. Las clases medias ya no quieren comprar el paquete ideológico completo que ofrecía la socialdemocracia, quieren poder tomar un puñado de cerezas de cada árbol político, y eso les hace volátiles y también difíciles de representar. Como advierte The Economist, solo el pegamento nacionalista parece capaz hoy de garantizar cohesiones sociales robustas.

¿Significa todo esto que la socialdemocracia está condenada? En absoluto. El reto del centro-izquierda hoy es volver a tener un proyecto diferenciado, que pueda congregar e identificar a una coalición de electores mayoritaria. Esa coalición de electores, que tradicionalmente se selló con un pacto entre las clases medias liberales y la clase trabajadora, puede renovarse hoy con un acuerdo entre las nuevas clases medias y los perdedores de la globalización.

El problema de los perdedores de la globalización es que, como Bruce Willis en El sexto sentido, no saben que lo son. Con frecuencia se les ve detrás de una pancarta que pide el boicot contra las multinacionales que tienen fábricas insalubres en Asia. No se dan cuenta de que los trabajadores de esas factorías, con sus horarios demenciales y sus sueldos de miseria, están abandonando la pobreza a pasos de gigante; mientras ellos, en la acomodada Europa, van a tener muy difícil competir en un mercado de trabajo que les reserva salarios en declive, desempleo e inestabilidad laboral. Si los partidos socialdemócratas son capaces de despertar a los trabajadores de su falsa conciencia y construir un relato vertebrador para ellos, el centro-izquierda puede tener aquí su cuarta vía para recuperar la hegemonía en Europa.

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