La cruzada de las mujeres | Letras Libres
artículo no publicado

La cruzada de las mujeres

Durante el siglo XIX el desafío moral más grande fue la esclavitud. En el siglo XX fue el totalitarismo. En este siglo es la brutalidad ejercida sobre tantas mujeres y niñas alrededor del mundo: tráfico sexual, ataques con ácido, quema de novias y violaciones en masa.

De cualquier modo, si las injusticias que sufren las mujeres en países pobres son de importancia capital, en un sentido económico y geopolítico la oportunidad que representan es aún mayor. “Las mujeres sostienen la mitad del cielo”, dice un proverbio chino, pero aún ahora es apenas una aspiración: en gran parte del mundo las niñas permanecen sin educación y las mujeres marginadas, y no es casual que esos mismos países estén anegados desproporcionadamente por la pobreza y atravesados por el fundamentalismo y el caos. Existe un consenso creciente entre muchas instancias, desde el Banco Mundial hasta el Estado Mayor Conjunto del ejército estadounidense, pasando por organizaciones de ayuda humanitaria como CARE, en que enfocarse en las mujeres y niñas es la manera más efectiva de combatir la pobreza global y el extremismo. Es por eso que la ayuda exterior está cada vez más dirigida a las mujeres. El mundo está despertando a una verdad muy poderosa: las mujeres y las niñas no son el problema, son la solución.

Un lugar ideal para observar esta alquimia son las callejuelas lodosas de Pakistán. En un barrio pobre a las afueras de la vieja ciudad de Lahore, una mujer llamada Saima Muhammad acostumbraba deshacerse en llanto cada tarde. De cara redonda y grueso pelo negro escondido bajo un pañuelo, Saima apenas si juntaba un rublo y el holgazán de su esposo estaba desempleado y sin opciones de emplearse en un futuro. Su casa se venía abajo y Saima tuvo que mandar a su pequeña hija a vivir con una tía porque no había suficiente comida para todos.

“Mi cuñada se burlaba de mí. Me decía: ‘Ni siquiera puedes darle de comer a tus hijos’”, recordaba Saima cuando Nick la conoció hace dos años en un viaje a Pakistán. “Mi esposo me golpeaba. Mi cuñado me golpeaba. Tenía una vida terrible.” El esposo de Saima acumuló una deuda de más de 3,000 dólares y parecía que esas deudas habrían de pesar sobre la familia por generaciones. Entonces, cuando nació el segundo hijo de Saima, quien resultó ser niña también, su suegra, una mujer tosca y directa llamada Sharifa Bibi, elevó la barra.

“No va a tener hijos hombres”, le dijo Sharifa al esposo de Saima, enfrente de ella. “Así que deberías intentar casarte de nuevo. Conseguir una segunda esposa.” Saima estaba destrozada y se fue llorando. Otra esposa significaría aún menos dinero para alimentar y educar a las niñas. Y Saima sería marginada dentro de la casa, olvidada como un calcetín viejo. Durante días Saima anduvo como en una niebla, sus ojos enrojecidos; el más mínimo incidente la llevaba a llorar histéricamente.

Fue entonces que Saima se unió a la Fundación Kashf, una organización pakistaní de microfinanciamiento que presta pequeñas cantidades de dinero a mujeres pobres para que inicien un negocio. Kashf es una típica institución de microfinanciamiento, por el hecho de que presta casi exclusivamente a mujeres, en grupos de veinticinco. Las mujeres garantizan las deudas de las demás y se reúnen cada dos semanas para hacer pagos y discutir cuestiones sociales, como planificación familiar o educación para las niñas. Una mujer pakistaní por lo común tiene prohibido salir de la casa sin el permiso de su marido, pero los esposos toleran estas reuniones porque las mujeres regresan a casa con dinero e ideas de inversión.

Saima pidió un préstamo de 65 dólares y usó el dinero para comprar cuentas y tela, las cuales transformó en bellos bordados que vendió después a los comerciantes de los mercados de Lahore. Usó sus ganancias para comprar más cuentas y más tela, y dentro de poco tenía un negocio de bordados a través del cual estaba ganando un sueldo constante –la única en su casa que recibía un sueldo. Saima sacó a su hija de casa de la tía y comenzó a pagar la deuda de su marido.

Cuando los comerciantes solicitaron más bordados de los que Saima podía producir, le pagó a sus vecinos para que la ayudaran. Eventualmente treinta familias trabajaban para ella, y puso a su esposo a trabajar también –“bajo mis órdenes”, decía con un brillo en los ojos. Saima se convirtió en la magnate del barrio, logró pagar la deuda completa de su marido, mantener a sus hijas en la escuela, renovar la casa, volver a conectar el agua y comprar una televisión.

“Ahora todos vienen a mí para pedirme dinero prestado, los mismos que me criticaron”, dice Saima radiante de satisfacción. “Y los hijos de aquellos que me criticaban vienen a mi casa a ver la televisión.”

Ahora Saima está un poco más repuesta, con una argolla de oro en la nariz así como varios brazaletes y anillos en cada mano. Exuda confianza al tiempo que ofrece un tour por su casa y su área de trabajo, teatralmente mostrando la televisión y la nueva instalación de plomería. Ni siquiera finge estar subordinada a su esposo. Él pasa sus días sin hacer mucho, de vez en cuando ayuda con el trabajo pero siempre acatando las órdenes de su esposa. Es mucho más deferente con las mujeres en general: Saima tuvo una tercera hija, pero ahora eso no es un problema. “Las niñas son tan buenas como los niños”, explica su esposo.

La nueva prosperidad de Saima ha transformado el horizonte educativo de su familia. Planea que sus tres hijas asistan a la preparatoria, quizá hasta la universidad. Ha contratado tutores para que las ayuden a mejorar su trabajo escolar, y su hija mayor, Javaria, es la mejor de su clase. Le preguntamos a Javaria qué es lo que quería ser cuando creciera, pensando que respondería doctora o abogada. Javaria inclinó la cabeza. “Quisiera hacer bordados”, respondió.

En cuanto a su marido, “tenemos una buena relación ahora”, explica Saima, y continúa diciendo, “no peleamos y me trata bien”. Y qué pasó con aquello de encontrar una segunda esposa para que le dé un hijo. Saima se ríe al escuchar la pregunta: “Ahora nadie me dice nada de eso.” Sharifa Bibi, su suegra, se mostró escandalizada al preguntarle si quería que su hijo encontrara a una segunda esposa para darle un hijo. “No, no”, respondió, “Saima está dándole tanto a este hogar. Ella pone un techo sobre nuestras cabezas y comida en la mesa”.

Sharifa incluso acepta que Saima está ya exenta de los golpes de su esposo. “Una mujer debe conocer sus límites, y, si no, entonces su marido tiene derecho a golpearla”, dice, “pero si una mujer gana más que su esposo, entonces es difícil que él la reprenda”.

 

 

¿Cómo entender historias como la de Saima? Tradicionalmente, el estatus de la mujer es visto como una cuestión “suave” –meritoria de discusión pero marginal. En un principio reflejábamos esa visión en nuestro propio trabajo como periodistas. Preferíamos enfocarnos en las cuestiones internacionales “serias”, como disputas comerciales o la proliferación de armas. Nuestro despertar tuvo lugar en China.

Después de casarnos en 1988, nos mudamos a Pekín para ser corresponsales de The New York Times en aquel país. Siete meses después nos hallamos a un lado de la plaza de Tiananmen, mirando cómo las tropas disparaban sus armas automáticas contra los manifestantes pro democracia. La masacre terminó con entre 400 y 800 muertos e hipnotizó al mundo; imágenes desgarradoras de la masacre aparecieron constantemente en las páginas principales de los diarios y en las pantallas de televisión.

Sin embargo, al año siguiente nos topamos con un estudio demográfico poco conocido pero muy meticuloso que detallaba una violación a los derechos humanos que había cobrado ya decenas de miles de vidas. Este estudio descubrió que treinta y nueve mil niñas morían anualmente en China porque sus padres no les proporcionaban los mismos cuidados médicos que a los hijos hombres –y este estudio era sólo sobre el primer año de vida de estas pequeñas. Como resultado de esta costumbre murieron la misma cantidad de niñas cada semana en China que manifestantes en la plaza de Tiananmen. Estas niñas chinas jamás recibieron ni una mención en la cobertura noticiosa, y comenzamos a preguntarnos si nuestras prioridades periodísticas no estarían algo torcidas.

Un patrón similar emergió en otros países. En la India una “quema de novia” sucede aproximadamente cada dos horas, para castigar a una mujer por haber presentado una dote inadecuada o para eliminarla y permitir que su marido se vuelva a casar –pero esto rara vez es noticia. Cuando un disidente político de renombre fue arrestado en China, nosotros escribíamos un artículo de portada; cuando cien mil niñas fueron secuestradas y traficadas a los burdeles, ni siquiera lo consideramos noticia.

Amartya Sen, el entusiasta Premio Nobel de Economía, desarrolló una medida para la inequidad de género que es también un duro recordatorio de lo que está en juego. “Más de cien millones de mujeres están desaparecidas”, escribió Sen en su ya clásico ensayo de 1990 en The New York Review of Books, el cual dio pie a una nueva área de investigación. Sen hizo notar que en circunstancias normales las mujeres viven más tiempo que los hombres, y es por eso que hay más mujeres que hombres en el mundo. Aun así, en lugares en los que las niñas viven en un estado de desigualdad muy pronunciada, desaparecen. En China hay 107 hombres por cada 100 mujeres (y una desproporción incluso mayor entre los recién nacidos), y en la India hay 108 hombres por cada 100 mujeres. Sen descubrió después que lo que implican estas proporciones es que cerca de 107 millones de mujeres han desaparecido del mundo. Estudios subsecuentes han calculado este número de modos un tanto distintos y han llegado a cifras alternativas para las “mujeres desaparecidas”: entre 60 y 107 millones.

Las niñas desaparecen porque no reciben la misma atención médica ni la misma comida que los niños. En la India, por ejemplo, es menos probable que las niñas reciban vacunas y son llevadas a los hospitales sólo cuando están más enfermas que los niños. Un resultado de esto es que las niñas entre uno y cinco años de edad en la India tienen un cincuenta por ciento más de probabilidades de morir que los niños de su misma edad. Además, los ultrasonidos han permitido que las madres embarazadas conozcan el sexo de sus bebes –y que se practiquen un aborto si es niña.

Las estadísticas globales acerca del abuso a niñas son sobrecogedoras. Parece que faltan más niñas y mujeres en el mundo ahora que la cantidad de hombres que murieron en todos los campos de batalla de todas las guerras del siglo XX. El número de víctimas de este “generocidio” excede por mucho el número de gente muerta en todos los genocidios del siglo XX.

Para aquellas mujeres que sí viven, el maltrato es a veces asombrosamente brutal. En un país desarrollado, la frase “discriminación de género” puede hacer pensar en inequidad de sueldos, falta de apoyo para equipos deportivos o acoso por parte de un jefe. En los países en vías de desarrollo, sin embargo, millones de mujeres y niñas viven como esclavas. Aunque el número preciso es difícil de saber, la Organización Internacional del Trabajo, una agencia de las Naciones Unidas, estima que hay 12.3 millones de personas involucradas en trabajos forzados de todo tipo, incluyendo la servidumbre sexual. Solamente en Asia cerca de un millón de niños que trabajan en el mercado del sexo son retenidos en condiciones indistinguibles de la esclavitud, según un reporte de la ONU. Mujeres y niñas son encerradas en burdeles y golpeadas si se resisten, alimentadas sólo lo mínimo indispensable para mantenerlas vivas y las más de las veces sedadas con drogas –para mantenerlas tranquilas y fomentar la adicción. La India tiene más esclavos modernos que ningún otro país en el planeta.

Otro peso encima de las mujeres en países pobres es la mortandad materna; cada minuto muere una mujer al dar a luz en estas regiones. La probabilidad de que una mujer en la República de Níger muera al parir es de una en siete. (Estas estadísticas son un tanto inciertas, porque la mortandad materna no se considera lo suficientemente significativa como para ameritar una recolección de datos acuciosa.) A pesar de todos los nuevos y brillantes rascacielos en la India, las probabilidades de que una mujer muera al parir en ese país son una en 70. En cambio, en Estados Unidos las probabilidades son una en 4,800; en Irlanda, una en 47,600. Esta brecha no se explica aduciendo que no sabemos salvarle la vida a una mujer en un país pobre. Se explica simplemente porque las mujeres pobres y sin educación en Asia y África nunca han sido una prioridad para sus propios países ni para los países involucrados en programas de ayuda.

 

 

Abbas Be, una bella adolescente en la ciudad india de Hyderabad, tiene la piel morena, el pelo negro y dientes deslumbrantemente blancos –y una hermosa sonrisa, algo que la hacía aún más comerciable.

Su familia tenía poco dinero, así que cuando tenía catorce años acordó ir a trabajar haciendo la limpieza en la capital, Nueva Delhi.

En lugar de esto, fue encerrada en un burdel, golpeada con un bat de cricket, sometida a violaciones tumultuarias e informada de que de ahora en adelante tendría que complacer a sus clientes. Tres días después de llegar al burdel, Abbas y las otras setenta adolescentes fueron obligadas a ver cómo sus captores le mostraban a una de las niñas lo que pasaba cuando no trataba bien a los clientes: la desnudaron, la ataron de pies y manos, la humillaron y la golpearon salvajemente, y al final la apuñalaron en el estómago y la dejaron desangrarse en frente de las demás.

Abbas nunca recibió dinero por su trabajo. Cualquier muestra de incomodidad llevaba a una golpiza o algo peor; en dos ocasiones más vio como los administradores del burdel asesinaban a niñas que se resistían. Eventualmente, Abbas fue liberada por la policía y llevada de regreso a Hyderabad. Halló asilo en un albergue administrado por Prajwala, una organización que da casa y educación a las niñas rescatadas de los burdeles. Abbas ahora está estudiando y ha aprendido encuadernación, además de dedicarse a aconsejar a otras niñas para evitar ser traficadas. Como una encuadernadora calificada, Abbas logra un ingreso decente y contribuye para que sus hermanas menores vayan a la escuela. Al tener una educación serán mucho menos vulnerables al tráfico de menores. Abbas ha pasado de ser una esclava a ser productiva por sí misma y colabora para el desarrollo económico de su familia y de su país.

Quizá la lección que se desprende de la historia de Abbas y de Saima sea la misma: en muchos países pobres el recurso sin explotar más importante no son los yacimientos de petróleo o las vetas de oro; son las mujeres y las niñas que no reciben educación y que no tienen un papel mayor en la economía formal. Con educación y ayuda para iniciar un negocio, las mujeres empobrecidas pueden ganar dinero y apoyar tanto a sus países como a sus familias. Representan, quizá, la máxima esperanza para combatir la pobreza global.

En Asia Oriental, como atestiguamos durante nuestros años de reporteros, las mujeres se han beneficiado de cambios sociales profundos. En países como Corea del Sur y Malasia, China y Tailandia las niñas rurales, que anteriormente apenas si contribuían a la economía, han ido a la escuela, estudiado, y con ello recibido autonomía para migrar a las ciudades y buscar trabajos en fábricas. Esto incrementó muchísimo la fuerza laboral; después, las mujeres comenzaron a posponer el embarazo y esto significó un dividendo demográfico para sus países también. Según nuestros cálculos, en la década de los noventa, un ochenta por ciento de los empleados en las líneas de producción en las ciudades costeras de China eran mujeres, y a lo largo del cinturón manufacturero de Asia Oriental esta proporción era por lo menos del setenta por ciento.

Las horas eran largas y las condiciones terribles, como lo fueron las maquilas durante la revolución industrial en Occidente. Pero estas campesinas estaban ganando su propio dinero, enviándolo de vuelta a sus pueblos y en ocasiones se convertían en el principal ingreso familiar. Adquirieron nuevas habilidades que elevaron su posición. Los occidentales ven una maquila y piensan que se trata de una situación de explotación, y sin duda muchos de estos lugares son tan nocivos como los críticos dicen que son. Pero se dice en algunos países pobres que lo único peor que estar empleada en una maquila es no estar empleada en una maquila. Los trabajos manufactureros de bajos sueldos han beneficiado desproporcionadamente a las mujeres en países como China porque estos eran trabajos que no requerían fuerza bruta, y en cambio la habilidad de las mujeres les daba una ventaja sobre los hombres –algo que no sucedía en labores agrícolas o de construcción, o en otros trabajos que comúnmente hay en países pobres. Por contraintuitivo que parezca, las ma-
quilas en Asia han dado más poder a las mujeres. Hace cien años a muchas mujeres en China todavía se les amarraba. Hoy, aunque la discriminación y la inequidad y el acoso persisten, la cultura se ha transformado. Hemos encontrado que en las grandes ciudades chinas los hombres en ocasiones realizan una mayor cantidad de tareas domésticas que el hombre común en Estados Unidos. Y estos padres urbanos no sólo disfrutan tener una única hija, sino que muchas veces lo prefieren, dada la creencia de que las mujeres son supuestamente mejores para cuidar a los padres envejecidos que los hombres.

 

 

¿Por qué es que las organizaciones de microfinanciamiento comúnmente enfocan su ayuda a las mujeres? ¿Y por qué es que todos se benefician cuando las mujeres se introducen en la fuerza laboral y vuelven a sus hogares con un salario? Una de las razones involucra el pequeño gran secreto de la pobreza mundial: en ocasiones los mayores sufrimientos no son causados por los bajos ingresos solamente sino también por pésimas decisiones a la hora de gastar –especialmente decisiones tomadas por los hombres. Con una frecuencia sorprendente nos hemos topado con mujeres en duelo porque ha muerto un hijo de malaria por falta de una red para la cama que cuesta alrededor de cinco dólares; la madre dice que la familia no puede pagar la red y realmente lo cree, pero al poco tiempo hallamos al padre en un bar cercano. Acude ahí tres veces por semana y gasta por lo menos cinco dólares cada semana.

Nuestras entrevistas y nuestro análisis de los datos disponibles sugieren que las familias más pobres del mundo gastan aproximadamente diez veces más (veinte por ciento de su ingreso total en promedio) en una combinación de alcohol, prostitución, dulces, bebidas endulzadas y grandes comilonas que lo que gastan educando a sus hijos (dos por ciento en promedio). Si las familias pobres gastaran por lo menos lo mismo en educar a sus hijos que lo que gastan en cerveza y prostitución, se abriría un nuevo panorama para el futuro de los países pobres. Las niñas serían las más beneficiadas, ya que son ellas a quienes se deja en casa en lugar de mandarlas a la escuela. Más aún, una de las maneras de modificar el gasto familiar en este sentido sería poner mayor dinero en las manos de las mujeres. Una serie de estudios ha concluido que cuando las mujeres son quienes poseen el capital o perciben un salario es más frecuente que el dinero se gaste en nutrición, medicina y alojamiento y, por consiguiente, los hijos viven mucho más sanos.

En Costa de Marfil un proyecto de investigación estudió los diferentes productos que hombres y mujeres cultivan para sus fondos privados: los hombres cultivan café, cacao y piña, y las mujeres plátano macho, plátanos, cocos y vegetales. Algunos años los “cultivos de los hombres” tienen buenas cosechas y los hombres están llenos de dinero, y otros años las mujeres son quienes prosperan. El dinero de alguna manera se comparte. Pero la economista Esther Duflo de MIT encontró que cuando las cosechas de los hombres son abundantes, la familia gasta más en alcohol y tabaco; en cambio, cuando les va bien a los cultivos de las mujeres, la familia gasta más dinero en comida. “Cuando las mujeres tienen mayor poder, la salud y la nutrición de los hijos mejora”, dice Duflo.

Este tipo de investigaciones tiene implicaciones muy concretas. Por ejemplo, los países ricos que donan a estos países pobres deberían empujarlos a ajustar sus leyes para que cuando un hombre muera su propiedad pase a manos de su viuda y no a manos de sus hermanos. Los gobiernos deberían facilitar la apertura de cuentas y la adquisición de propiedades a las mujeres –sólo un uno por ciento de los propietarios de tierra en el mundo son mujeres–, y deberían hacer las cosas más fáciles para que las organizaciones de microfinanciamiento se establezcan en su territorio para permitir que las mujeres ahorren.

Claro, es justo preguntar, dar más poder a las mujeres está muy bien pero ¿cómo hacerlo de modo efectivo? ¿De verdad sirve la ayuda extranjera? William Easterly, un economista en la Universidad de Nueva York, ha argumentado que enviar carretadas de dinero a los países pobres logra muy poco. Algunos africanos, entre ellos Dambisa Moyo, autora de Dead Aid, han dicho lo mismo. Los críticos señalan que no ha habido una correlación entre las cantidades de dinero otorgadas a los países pobres y el ritmo de crecimiento económico de estos países.

Con toda honestidad, nuestra opinión es que hay algo de cierto en estas críticas. Ayudar a las personas es mucho más difícil de lo que parece. Los experimentos de ayuda muchas veces se descarrilan, o las pequeñas historias de éxito son muy difíciles de reproducir o replicar a gran escala. Aun así, hemos visto también, tanto empíricamente como en las estadísticas, que hay evidencia para decir que algunos tipos de ayuda han sido enormemente efectivos. La entrega de vacunas y otros tipos de ayuda sanitaria han ido reducido anualmente el número de muertes en infantes de cinco años de edad o menores hasta llegar a 10 millones hoy, contrario a los 20 millones de muertes en 1960.

En general, la ayuda extranjera parece servir más cuando se enfoca en la salud, la educación o el microfinanciamiento (aunque el microfinanciamiento ha sido un poco menos efectivo en África que en Asia). Y en cada caso, de manera determinante, la ayuda ha servido mucho más cuando está dirigida a las mujeres y las niñas; cuando los burócratas hacen cuentas, reconocen que estas inversiones sí tienen un rédito económico neto. Sólo una parte muy pequeña de la ayuda está dirigida a las mujeres y las niñas, pero con mayor frecuencia los donantes se dan cuenta de que es ahí donde obtienen más por sus monedas.

 

 

En los primeros años de la década de los noventa las Naciones Unidas y el Banco Mundial comenzaron a hablar del recurso potencial que representan mujeres y niñas. “Invertir en la educación de las niñas puede ser la inversión más rentable que hay en los países en vías de desarrollo”, escribió Larry Summers durante su época como economista en jefe del Banco Mundial. Las empresas privadas y las fundaciones involucradas con ayuda extranjera cambiaron de enfoque también. “Las mujeres son la clave para terminar con la hambruna en África”, anunció el Hunger Project. El Center for Global Development publicó un reporte en el que explicaba “por qué y cómo hacer que las niñas estén en el centro del desarrollo”. CARE puso a las mujeres y niñas al frente de sus esfuerzos contra la pobreza. “La desigualdad de género afecta al desarrollo económico”, concluyó Goldman Sachs en el reporte de una investigación que enfatizaba cuánto podían mejorar los países en vías de desarrollo su desempeño económico si educaran a sus niñas.

Bill Gates recuerda que en una ocasión fue invitado a hablar en Arabia Saudita y una vez ahí se halló frente a un público segregado. Cuatro quintas partes de la audiencia eran hombres, todos sentados del lado izquierdo. La quinta parte restante eran mujeres, todas vestidas de negro y con velos en la cara, del lado derecho. En el salón había una estructura que mantenía separados a los dos grupos. Hacia el final de su charla, en la sesión de preguntas y respuestas, un miembro del público comentó que Arabia Saudita pretendía estar entre las diez primeras naciones del mundo en desarrollo tecnológico para el año 2010, y preguntó si esta era una meta realista. “Bueno, si no están utilizando a la mitad del talento en este país”, contestó Gates, “entonces nunca van a estar ni cerca de los diez primeros.” El pequeño grupo del lado derecho estalló en gritos de júbilo.

Los creadores de políticas públicas en Estados Unidos han recibido el mensaje también. El presidente Obama ha designado un nuevo Consejo sobre Mujeres y Niñas en la Casa Blanca. Quizá fue indoctrinado por su madre, quien fue una de las primeras en adoptar el esquema de micropréstamos para mujeres cuando trabajaba en la lucha contra la pobreza en Indonesia. La secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton es miembro de este Consejo, y ella ha seleccionado a una talentosa activista, Melanne Verveer, para ser la directora de la nueva Oficina de Asuntos de las Mujeres del Mundo en el Departamento de Estado. En el Capitolio el Comité de Relaciones Internacionales del Senado ha puesto a la senadora Barbara Boxer al frente de un nuevo subcomité encargado de los asuntos de las mujeres.

Otra de las razones para educar y dar poder a las mujeres es que entre más involucramiento femenino hay en la sociedad y la economía parece haber menos extremismo y menos terrorismo. Desde hace tiempo se sabe que un factor de riesgo para la turbulencia y la violencia es la proporción de gente joven en la población de un país.

Ahora hay más evidencia para sugerir que el domino masculino sobre una sociedad es también un factor de riesgo; estas razones no se entienden del todo, pero puede ser que cuando las mujeres son marginadas la nación da un giro hacia la cultura anegada de testosterona del campamento militar o del vestidor de hombres. Es en parte por esto que los miembros del Estado Mayor Conjunto y los especialistas en seguridad internacional están buscando maneras de involucrar la educación de las niñas en países como Afganistán –y por ello han sostenido sesiones informativas con gente como Greg Mortenson, quien escribió acerca de su experiencia construyendo escuelas para niñas en su bestseller, Three cups of tea. De hecho, algunos estudiosos creen que la razón por la que los países musulmanes han vivido tan afectados por el terrorismo no es la prédica islamista acerca de los infieles y la violencia, sino por los bajos niveles de educación y participación en la economía que tienen las mujeres.

 

 

Entonces ¿cuál sería la agenda para combatir la pobreza a través de la ayuda a las mujeres? Podríamos empezar con la educación de las niñas –algo que no quiere decir sólo construir escuelas. Hay otros modos, mucho más innovadores, a nuestra disposición. Un estudio en Kenia realizado por Michael Kremer, un economista de Harvard, examinó seis aproximaciones distintas a la mejora del desempeño educativo, desde otorgar libros de texto gratuitos hasta programas de patrocinio de niños. El método que más elevó los resultados de los exámenes fue ofrecer a las niñas que habían logrado estar entre el 15 por ciento más alto en el sexto grado una beca de 19 dólares para el séptimo y el octavo (y la gloria del reconocimiento público en una asamblea). Los niños se desempeñaron un poco mejor también, aparentemente porque fueron impulsados por las niñas, o porque no querían sufrir la vergüenza de ser los últimos.

Otro estudio en Kenia halló que dar a las niñas un nuevo uniforme de seis dólares cada 18 meses redujo significativamente el abandono y los embarazos prematuros. Asimismo, hay cada vez más evidencia de que una manera muy económica de ayudar a que las niñas se queden en preparatoria es ayudarlas a manejar su menstruación. Por miedo a sufrir penosos escurrimientos y manchas, las niñas prefieren quedarse en casa durante esos días y este ausentismo las hace retrasarse hasta que eventualmente prefieren salirse de la escuela. Los trabajadores sociales están experimentando con dar toallas sanitarias a las adolescentes africanas, así como acceso a un baño en el que se puedan cambiar. La Campaign for Female Education, una organización dedicada a dar educación a la mayor cantidad de niñas en África, también ayuda a las niñas con sus periodos, y un nuevo grupo, Sustainable Health Enterprises, está tratando de hacer lo mismo.

Así que si el presidente Obama quisiera adoptar una política de ayuda exterior que parta de estos hallazgos acerca del papel de la mujer en el desarrollo, haría bien en comenzar con la educación. Nosotros pensamos en un gasto de 10 mil millones de dólares distribuidos a lo largo de cinco años para educar a las niñas alrededor del mundo. Esta iniciativa se enfocaría en África, pero también apoyaría e incentivaría a países asiáticos como Afganistán y Pakistán a hacer mejor las cosas. Este plan también serviría como una política poblacional, porque ayudaría a reducir significativamente los índices de natalidad –y con ello contribuiría a que los países pobres logren sobrepasar los obstáculos demográficos que impiden el crecimiento económico.

Pero el presidente Obama también podría considerar dos propuestas distintas. Nuestra recomendación es que Estados Unidos patrocine una iniciativa para eliminar la deficiencia de yodo alrededor del mundo a través de ayudar a que los países produzcan sal yodada. Cerca de una tercera parte de los hogares en los países en vías de desarrollo no consumen el suficiente yodo, lo que da pie a deficiencias en la formación encefálica del feto. Por razones que aún permanecen poco claras, esto afecta particularmente a los fetos femeninos y es común que estos niños pierdan de 10 a 15 puntos en la escala de I.Q. al crecer. Las investigaciones conducidas por Erica Field, de Harvard, han demostrado que las hijas de mujeres que recibieron yodo se desempeñan significativamente mejor en la escuela que las que no lo recibieron. Otras investigaciones sugieren que los beneficios de la producción de sal yodada son nueve veces superiores al costo.

También recomendamos que Estados Unidos anuncie un programa de doce años y 1.6 mil millones de dólares para erradicar la fístula obstétrica, una herida que ocurre durante el parto y que es una de las plagas más persistentes para las madres en los países pobres. Una fístula obstétrica es una abertura que se crea dentro del cuerpo durante un parto difícil y deja a la mujer incontinente, provoca olores desagradables y las margina de la comunidad –sin embargo, es una lesión que se puede curar con una intervención que cuesta unos cuantos cientos de dólares. El doctor Lewis Wall, presidente del Worldwide Fistula Fund, y Michael Horowitz, un polemista conservador especialista en temas humanitarios, han redactado una versión de este plan de doce años –es un plan eminentemente práctico y sustentado por métodos probados. La evidencia de que estas fístulas se pueden prevenir o curar procede de Somalilandia, un enclave empobrecido del norte de Somalia, donde Edna Adan, una extraordinaria partera y enfermera, ha construido su propio hospital de maternidad para salvar la vida de las mujeres a su alrededor. Ex primera dama somalí y funcionaria de la Organización Mundial de la Salud, Adan usó sus ahorros para construir el hospital, el cual es apoyado por un grupo de admiradores en Estados Unidos que se hacen llamar los Amigos del Hospital Materno Edna.

Al hablar de las legítimas preocupaciones acerca de la manera de invertir la ayuda humanitaria, las inversiones en sal yodada y salud para las madres han demostrado ser un éxito rotundo. Y las cantidades invertidas son modestas: los tres componentes de nuestro plan juntos suman lo que Estados Unidos ha otorgado a Pakistán desde el 11 de septiembre –una inversión que no ha logrado prácticamente nada valioso ni para los pakistaníes ni para los estadounidenses.

 

 

Uno de los muchos grupos de ayuda que por razones prácticas se han enfocado en asistir a las mujeres es Heifer International, una organización de Arkansas que lleva ya décadas en el tema. Este grupo da vacas, cabras y gallinas a los campesinos de países pobres. Al asumir la presidencia de Heifer en 1992, la activista Jo Luck viajó a África, donde un día se sentó a conversar con un grupo de mujeres jóvenes en un pueblo en Zimbabue. Una de ellas era Tererai Trent.

Tererai es una mujer de cara alargada y pómulos altos y piel bronceada; tiene una frente amplia y lleva el pelo apretado en trenzas. Como muchas mujeres en el mundo, ella no sabe cuándo nació ni tiene documentos sobre su nacimiento. De niña, Tererai casi no recibió educación formal, en parte porque era mujer y se esperaba de ella que ayudara con las labores domésticas. Pastoreaba ganado y cuidaba de sus hermanos menores. Su padre solía decir: “Mandemos a los hijos a la escuela porque ellos serán quienes proveerán.” El hermano de Tererai, Tinashe, fue forzado a ir a la escuela, donde resultó ser un estudiante indiferente. Tererai suplicó que la dejaran ir pero no se lo permitieron. Tinashe traía sus libros a casa todas las tardes y Tererai era quien se volcaba sobre ellos, hasta aprender por sí sola a leer y a escribir. Al poco tiempo era ella quien hacía la tarea de su hermano cada noche.

La maestra de Tinashe estaba sorprendida: él era un estudiante mediocre pero siempre entregaba tareas sobresalientes. Cuando finalmente descubrió que las tareas estaban escritas con una letra distinta a los trabajos en clase, obligó a Tinashe a confesar. La maestra habló con el padre de Tererai, le dijo que su hija era un prodigio y pidió que la dejara asistir a clases. Después de mucha discusión, el padre dejó a Tererai ir a la escuela durante algunos semestres, pero no mucho después la dio en matrimonio a los once años.

Su esposo le prohibió volver a la escuela, resentía el hecho de que ella supiera leer y escribir y la golpeaba cada que ella intentaba practicar leyendo un recorte de periódico. Claro, la golpeaba por muchas otras cosas también. Ella odiaba ese matrimonio pero no tenía salida. “Si eres una mujer, y no tienes educación, ¿qué más te queda?”, se preguntaba.

Pero, cuando Jo Luck llegó a hablar con Tererai y otras mujeres de su pueblo, Luck insistía en que las cosas no tenían por qué ser así. Repetía que podían fijarse metas y alcanzarlas; usaba una y otra vez la palabra “alcanzable”. Las mujeres percibieron la repetición y pidieron al intérprete que les explicara en detalle lo que significaba la palabra “alcanzable”. Eso le dio la oportunidad a Luck de avanzar en su argumento. “¿Cuáles son sus expectativas?”, les preguntó a las mujeres a través del intérprete. La pregunta confundió a Tererai y a las demás porque en realidad no tenían expectativas. Pero Luck continuó, instándolas a que pensaran en sus sueños y ellas, recelosas, comenzaron a pensar en qué querían.

Tererai tímidamente dijo que esperaba recibir educación. Luck de inmediato le dijo que lo podía lograr, que debería escribir sus metas y metódicamente perseguirlas. Después de que Luck y su gente se fueron, Tererai comenzó a estudiar por su cuenta, a escondidas de su esposo, al tiempo que criaba a cinco hijos. Con muchos trabajos, con la ayuda de amigos, escribió sus metas en una hoja de papel: “Un día quiero ir a los Estados Unidos de América”, decía su primera meta. Añadió que quería obtener un título universitario, una maestría y un doctorado –todos sueños delicadamente absurdos para una campesina casada de Zimbabue que había recibido menos de un año de educación formal. Pero Tererai tomó el papel, lo envolvió en tres pedazos de plástico para protegerlo y lo metió en un bote viejo. Escondió el bote debajo de una roca en el campo donde pastaban sus animales.

Entonces Tererai comenzó a tomar clases por correspondencia y a ahorrar un poco de dinero. Su confianza fue creciendo al ver que brillaba en sus estudios, y se convirtió en una activista comunitaria para Heifer. Sorprendió a todos con sus trabajos escolares, y los miembros de Heifer la impulsaron a que considerara como algo real el ir a estudiar a Estados Unidos. Un día de 1998 recibió la noticia de que había sido aceptada en la Oklahoma State University.

Algunos de los vecinos pensaban que la mujer debía enfocarse en criar a sus hijos, no en educarse ella misma. “No puedo hablar de la educación de mis hijos cuando no estoy yo misma educada”, respondía Tererai. “Si yo me preparo, puedo educar a mis hijos.” Se subió a un avión y viajó a Estados Unidos.

En la universidad Tererai tomó cuanto crédito pudo y trabajó durante la noche para hacerse de un poco de dinero. Consiguió su título de licenciatura, trajo a sus cinco hijos a Estados Unidos y comenzó su trabajo de posgrado; entonces regresó a su pueblo. Sacó de la tierra el bote donde estaba el papel en el que había escrito sus metas, palomeó las cumplidas y volvió a enterrar el bote.

En Arkansas comenzó a trabajar para Heifer –al mismo tiempo que estudiaba medio tiempo para su maestría. Cuando la consiguió, Tererai de nuevo regresó a su pueblo. Después de abrazar a su madre y a su hermana, desenterró su bote y palomeó la meta cumplida. Actualmente estudia el doctorado en la Western Michigan University.

Tererai cumplió con los créditos y trabaja en una disertación sobre los programas contra el sida entre los pobres de África. Se convertirá en una persona económicamente productiva para África y una voz determinante en la lucha contra el sida. Y cuando reciba su doctorado Tererai regresará a su pueblo y, después de abrazar a sus familiares, irá al campo a desenterrar el bote una vez más.

Hay muchas metáforas posibles para la asistencia extranjera. Por nuestra parte, preferimos pensar en esta ayuda como una especie de lubricante; unas gotas de aceite en la caja de cambios del mundo en vías de desarrollo para que los engranajes puedan moverse libremente y por su cuenta otra vez. Eso fue lo que significó la ayuda para Tererai: un poco de apoyo en el lugar y en el momento que más importa, es decir, hay que enfocarse en mujeres como ella. Y ahora Tererai se mueve por sí sola, libremente, capaz de sostener la mitad del mundo. ~

Traducción de Pablo Duarte

© Fragmento del libro Half the sky, que Duomo Ediciones

publicará en castellano en la primavera de 2011.