La conversación del ministro | Letras Libres
artículo no publicado

La conversación del ministro

El ministro del interior Jorge Fernández Díaz ha usado los recursos del Estado para perseguir a rivales políticos y ha usado una agencia contra la corrupción para crear más corrupción.

Cuando el martes pasado el Partido Popular exigió que El Mundo Today retirase una página satírica, es posible que lo hiciera porque hasta sus dirigentes podrían confundirse entre la realidad de su gestión y su parodia. Poco después de que se difundiera la noticia, el diario Público sacaba la primera entrega de unas conversaciones grabadas entre el ministro del interior actualmente en funciones, Jorge Fernández Díaz, y el jefe de la oficina antifraude de Cataluña. Lo que se conoce de las grabaciones, que no es la totalidad, indica que el ministro habría utilizado los recursos del Estado para investigar y debilitar a sus adversarios políticos.

El ministro y el jefe de la oficina antifraude han admitido que hubo conversaciones. En la grabación, Fernández Díaz dice que el presidente está al corriente. La filtración de la charla, que ocurrió en 2014 y ha salido a muy pocos días de las elecciones, añade la vergüenza de la torpeza a un episodio bastante siniestro: el responsable de la seguridad del Estado era grabado en su propio despacho. Apunta a un caso de patrimonialización de lo público y al uso de una agencia contra la corrupción para producir más corrupción. Es un comportamiento que no encaja bien en un Estado de Derecho, que es poco ético y que además resulta contraproducente. Debilita las posiciones de su propio campo. El secesionismo ha defendido procedimientos que rompen la legalidad. La conducta del ministro facilita su argumento: aunque sea falso, pueden decir que lo que ellos hacen es lo que hacen todos los demás.

No es la primera vez que el ministro da muestras de esta mezcla de inmoralidad e incompetencia. Como escribió Tsevan Rabtan en Jot Down, ha revelado resultados de pruebas periciales que estaban bajo secreto de sumario. Se ha manifestado en contra del matrimonio gay, con el argumento de que “no garantiza la pervivencia de la especie”. Los medios llevan años investigando -y el Partido Socialista ha preguntado en el Congreso en varias ocasiones- la actuación de grupos policiales dedicados a perjudicar a rivales políticos. Bajo su responsabilidad, se han producido disputas y guerras de filtraciones en las fuerzas y cuerpos de seguridad. En sus declaraciones el ministro ha sido casi siempre alarmista, salvo por ejemplo cuando ha hablado de las heridas que causa la valla de Melilla (“superficiales”). Ha acusado al independentismo catalán de integrar a extremistas musulmanes y de complicar la lucha contra el yihadismo.

En un terreno más anecdótico, pero que ilustra una manera de entender el Estado y sus símbolos, el ministro ha entregado la Gran Cruz de la Orden del Mérito de la Guardia Civil a la Virgen del Pilar, la Cruz de Plata de la Guardia Civil y la Medalla de Oro al Mérito Policial a la Virgen de los Dolores de Archidona. Ya en funciones, Fernández Díaz convirtió en comisario honorario a Francisco Marhuenda, un periodista cuya reiterada defensa del gobierno en estos años ha usado argumentos de menor verosimilitud que los relatos de apariciones marianas.

Tampoco es la primera vez que el Partido Popular da muestras de esa confusión interesada entre lo público y lo privado, que se presenta como garante de unas instituciones que su gestión ha contribuido a debilitar y desacreditar, que alguno de sus miembros lleva a la práctica a escondidas lo que Unidos Podemos tiene como postulado programático. Y tampoco, parece, ha sido la última. El telediario de Televisión Española no informó de las grabaciones. El consejo de informativos de la cadena estatal ha denunciado censura.

Otros partidos políticos y periodistas han pedido la dimisión del ministro. Posiblemente sea su obligación exigirla. Se debe investigar la presunta conspiración, se debe averiguar cómo se obtuvieron las grabaciones, pero la responsabilidad política parece clara. El ministro en funciones debería dar una explicación convincente. Sin embargo, es casi imposible que se marche a pocas horas de los comicios. El error es demasiado grande para admitirlo y, como todo el mundo sabe, si cierras los ojos con mucha fuerza los demás no te ven.

Fernández Díaz ha dicho que no se iría porque no quiere “dar ese gusto a los independentistas o a Bildu”. Es una respuesta a la altura del ministro. En realidad, su comportamiento ofende a todos los demócratas, su uso torticero de los recursos e instituciones del Estado agrede a todos los ciudadanos a los que representa.

[Imagen]