La contraseña asesina | Letras Libres
artículo no publicado

La contraseña asesina

¿Cómo era antes una contraseña? Antes era Ábrete Sésamo. Ahora es Xpp4¿Zhit^^w: la tecnología facilita la vida. Sí, claro. La teoría de la contraseña es una de las demostraciones terminales de que lo único que progresa es la crueldad humana.

Una página de internet pone en línea esta pregunta: “¿Le han robado a usted su contraseña?” La categoría de los paranoides, que además son tontos (esas nulidades patéticas), pensamos de inmediato que seguramente alguien se robó nuestra contraseña, mascullamos ¡ratas! e ingresamos a la página dispuestos a librar desigual combate con esa gente cibernética descomunal y soberbia.

La página es terrorífica: las imágenes que muestran lo que sucede a quienes les han robado la contraseña incluyen a un juez severo enviando a la cárcel a un culpable, a un cónyuge que es expulsado del hogar por una lacrimosa, a una señora que mira su estado de cuenta lleno de ceros y a un escritor que ve su obra publicada por otro.

Ya que está uno suficientemente aterrado, la página 1) recomienda conservar la calma y 2) invita a confirmar que nuestra contraseña no ha sido robada. Es bastante sencillo: basta con escribir la contraseña en una ventanita y dar énter. Hecho eso, la computadora va y explora y hace sus cosas hasta que emite un ping cristalino que significa que tenemos suerte y que esa contraseña que acabamos de escribir no ha sido robada por...

Chin.

Ahí es cuando hay que proceder a prescindir de los servicios de esa contraseña, con mucha pena, tan amigable y de buen trato que era, amén de bien aferrada a la memoria, y enviarla al basurero de contraseñas: un remolino en el inabarcable océano virtual donde unas mangueras gordas vierten sin parar tiritas de grafismos que se sumergen en la nada gritando Gollum69, KarlaMeAma o cosmosJarocho.

Luego viene lo peor: urdir una nueva contraseña, tan inaudita, fresca y virginal que nadie se la haya robado todavía y nadie pueda presentir. Pero ¿qué es lo que ocurre cuando se quiere cambiar la contraseña? Que la computadora pide la contraseña que permite ingresar a la zona donde se cambian contraseñas. ¿Y cuál contraseña era esa? Ni idea, pero según la máquina tiene que ver con el apellido de soltera de mi madre, del que ni ella ni yo nos acordamos.

Las contraseñas son a las computadoras lo que el auto cerrado y con las llaves adentro al automovilista: un involuntario harakiri. La gente tonta, paranoica y perezosa tiende a la manufactura de contraseñas con idénticas virtudes. Hace décadas, cuando debuté como usuario en la gaseosa cibernesia y tuve que inventar la primera, luego de pensarlo mucho logré guillermo, no sin ufanarme. Como mi tutor me dijo que no, que debía personalizarla, la cambié por soyguillermo. Tampoco: para que fuese buena, la contraseña debía ser YO72gui=lle?%-rmo. Obedecí, y al día siguiente tuve que abrir una nueva cuenta.

El arte de la contraseña es laboriosamente baladí pero exige una pericia contradictoria: asociar el caos a la eficiencia. Por ejemplo: voy a tocar el teclado diez veces sin ver: ñsm7s´s´yc. Contraseña perfecta de no ser por la consecuencia que supone recordarla. Es imposible lograr un equilibrio adecuado entre lo inescrutable y lo memorable. Y para que sea memorable hay que anotarla en un post it junto a la pantalla. Pero si se procede así, hay corte a cónyuge expulsado del hogar por lacrimosa.

Octavio Paz famosamente dijo que el santo y seña de los mexicanos es “La Chingada”. Me pregunto cuánta gente mexicana se quita de líos recurriendo a ese ábrete sésamo. Hay que reconocer que es relativamente fácil de memorizar. Y sirve igual para las preguntas confirmatorias: ¿nombre de la tía? La Chingada. ¿Mi primer coche? La Chingada. Lo que me lleva a preguntarme, ¿cuáles serían las contraseñas de los grandes escritores? Shakespeare, ¿habría puesto Tobeornottobe? Proust, seguro, habría puesto madeleine. La de Freud seguro sería edipito: contraseña y lapsus línguae a la vez. (La de Tito Monterroso habría sido, claro, M.)

Otra interrogante: ¿las contraseñas deben reflejar nuestra identidad o, para disuadir atacantes, ser lo más opuesto a ella? Porque el que se ufana de ser miembro de alguna izquierda unida y pone de contraseña 18Brumario no va a durar mucho, pero si la usa un reaccionario se hace un poco más inexpugnable. A fin de cuentas, la contraseña es el escrito más importante de la vida de todos.

La buena noticia es que ya alguien inventó un aparato que sustituye a las contraseñas. Se llama Miris o algo así y parece un pequeño ovni. Este hardware se conecta a la computadora, luego el usuario lo pone cerca de su ojo, el aparato analiza el iris y lo digitaliza y listo. De ahí en adelante, cada vez que alguien exija contraseña basta con ponerse el aparato en el ojo y el aparato comprueba que yo soy yo y que mi casa es ya mi casa. Y lo único que hay que memorizar es cuál ojo. ~