La cocina de Brueghel | Letras Libres
artículo no publicado

La cocina de Brueghel

Un cuadro de Brueghel “el Viejo”, titulado La construcción de la Torre de Babel, me ha acompañado (en reproducciones, claro está) desde que siendo aún niño me fascinaban ciertas obras de grabado o pintura (particularmente las de la Edad Media, del Renacimiento y del periodo barroco) en las cuales, armado de una lupa, me “metía” visualmente para explorar los paisajes naturales o urbanos mostrados al fondo, atrás de las figuras humanas, como escenografías naturales. Y me asombraba que en la tela de Brueghel predominara visualmente esa torre (una suerte de gigantesco zigurat), como si por un acto de magia efectuado sobre la perspectiva se hubieran empequeñecido los personajes “retratados” y se hubiera agrandado la edificación que acaso debería haber estado al fondo del cuadro. Así, la torre babeliana, no resignada a permanecer al fondo de la imagen, conquistaba arteramente el primer plano y reducía a un mínimo tamaño a los constructores, un grupo de los cuales, compuesto de arquitectos, ingenieros, canteros, albañiles y otros obreros, más el rey y sus ministros (que, supongo, están de visita de inspección de los trabajos), apenas ocupa una pequeña parte del ángulo inferior izquierdo de la tela.

El cuadro ha ejercido siempre su fascinación sobre mí; y cuando, en alguno de los años ochenta, por fin contemplé el original en el Kunsthistorische de Viena, me quedé media hora estudiándolo detalle a detalle.Y creo que ese día, además de vivir una “experiencia estética” más, sentí, ¿por primera vez?, que el ícono quería provocarme un recuerdo. ¿Un recuerdo... que había olvidado? Y me parecía que el cuadro era para mí un equivalente de la magdalena proustiana, pero... ¿qué me evocaba?

Hace dos o tres años, mi sobrino Fabricio Cendrón, a quien un día le mostraba la imagen (tal como venía en un libro de ensayos de Juan Benet justamente titulado como el cuadro), exclamó maravillado: ¡Parece un enorme flan! Entonces mi memoria, o quizá esa vaga fabulación a la que llamo mi memoria, hizo clic, y descubrí que había un gran parecido de la torre babélica y bruegheliana con los hermosos, los suculentos, los irrecuperables flanes “tamaño familiar” logrados por la magia culinaria de mi madre in illo tempore. Ese recuerdo, al fin aflorado, hace del cuadro algo íntimo y querible más allá de lo estético. No creo ofender al gran pintor favorito de Guillermo Sheridan si digo que ahora veo la babélica torre “según Brueghel” como un gigantesco, apetitoso, dorado y aromático flan que se habría derrumbado un poco por una de sus laderas y que los irreprimibles golosos de la familia Colina-Gurría habrían ya cuchareado por arriba. Ése era el acto ritual que quería emerger en la memoria del adulto: el flan que, en bandeja y en manos de mi madre, avanzaba triunfalmente hacia la mesa de la familia.

Y quizá mediante el mental método surrealista de lo Uno en lo Otro se podría derivar del cuadro de Brueghel otra versión de la historia relatada en el Antiguo Testamento (Génesis, 11):

Y, habiéndose anunciado con bandos y trompetas el día de cumpleaños del rey de Babel, he aquí que los súbditos babelianos, agradecidos o suplicantes de la generosidad del resplandeciente Nimrud, formaron una tropa de cocineros nacionales e hicieron traer un selecto equipo de afamados chefs extranjeros para que se cocinara un enorme flan que fuese maravilla de los paladares y pasmo de los tiempos… Pero el gran postre se demoraba por causa de las distintas lenguas de los grandes maestros cocineros, y porque ocurrían derrumbes por aquí y por allá y además los pinches (a quienes, con perdón, así se les llama) metían furtivas cucharillas en la dulce cima nunca terminada. Y...