La ciudad de Saruman | Letras Libres
artículo no publicado

La ciudad de Saruman

Ya bastante es ver a un grupo de irascibles vecinos ventilar su idiosincrasia tumbando el único árbol sobre el que tienen derecho de tumba. Ya bastante es ver a los imposibles dueños de los anuncios tirar y quebrar árboles para que su estupidez pueda ser visible a todo lo largo y lo ancho de la avenidota. Parques y jardines, de cada una de las delegaciones, suman miles de árboles tirados; y las ideas y ocurrencias de Ebrard, el Saruman mayor, que no se complace en lo que crece sino en lo que maquinalmente funciona, cada una de ellas sentencia de muerte para los poderosos amigos verdes. Uno de sus delegados tala lo que quiere de Chapultepec.

Pero ahora, por toda la ciudad, la CFE está masacrando los árboles; estos orcos tendelíneas no se arredran en cumplir su cometido: destruir todas las copas de todos los árboles que tuvieron el atrevimiento de crecer cerca de los malditos cables aéreos. (Los periódicos El Universal y Reforma están llenos de quejas diarias). Machetean con furia, rompen, quiebran, no dejan hoja: son verdaderos monstruos, impelidos por no sé qué pozolera animadversión. Y no hay suficientes pastores de árboles. La Tierra Media queda lejos.

-¡Ya entierren los cables!, me atreví a decir frente a don Patrocinio.

-Saldría peor; rasurarían las raíces y México se parecería aún más a una novela de Cormac McCarthy. Desesperados caminando entre troncos de árboles muertos en pie.

- Pablo Soler Frost