La ciencia en la calle | Letras Libres
artículo no publicado

La ciencia en la calle

En el prólogo a la muy reciente reedición de La traición de los intelectuales, de 1927, de Julien Benda (Galaxia Gutenberg), Fernando Savater afirma que “quizá la mayor de las paradojas del paradójico siglo XX es ésta: nunca ha habido una época en la historia humana en la que alcanzase mayor desarrollo la habilidad para fabricar instrumentos y el conocimiento de la estructura íntima de lo real en todos los campos. O sea, nunca se dio mayor esplendor técnico y científico. Pero tampoco hubo nunca tantos movimientos ideológicos fundados (o mejor, desfondados) en lo irracional, dogmático o inverificable; sobre todo, jamás se dio tal abundancia de partidarios del arrebato intuitivo o la certeza sanguínea entre la élite de servidores de las altas funciones espirituales.” En palabras del propio Benda, “los hombres cuya función es defender valores eternos y desinteresados como la justicia y la razón, y a los que denomino intelectuales, han traicionado esa función en pro de intereses prácticos”, que casi siempre se traducen en la conversión del intelectual en un mero ideólogo que aspira a un espacio de poder.

En un sentido parecido, en 1959, C. P. Snow publicó The Two Cultures and the Scientific Revolution, una denuncia del inmenso abismo que separaba a las “dos culturas” de las sociedades modernas: la ciencia y las humanidades. En los años treinta, decía, los intelectuales literarios habían decidido, “mientras nadie miraba”, que ellos eran los intelectuales, quienes debían monopolizar el debate público en detrimento de los científicos, aunque ello acarreara una confirmación de la deriva irracionalista que Benda había advertido más o menos por aquel entonces: la propensión a convertir la vida intelectual en una actividad cada vez más ajena a la realidad material del mundo, más ensimismada y más sometida a intereses que se interponen en la búsqueda de la verdad.

Siguiendo la estela de Snow –y probablemente tratando de reparar la traición de la que hablaba Benda–, John Brockman fundó en 1988 la Edge Foundation (www.edge.org), una organización que pretende reintegrar, bajo la idea de una “Tercera cultura”, los discursos científico y humanista y contribuir a que la ciencia tenga un papel clave en la discusión de los asuntos públicos. “La tercera cultura la forman científicos y otros pensadores empíricos que, a través de su trabajo y su escritura, están tomando el lugar de los intelectuales tradicionales en la tarea de sacar a la luz los significados profundos de nuestras vidas, redefiniendo quién y qué somos –afirma Brockman en un texto de presentación de Edge. A lo largo de la historia, la vida intelectual se ha caracterizado por el hecho de que sólo un reducido número de personas se ha encargado del pensamiento serio por todos los demás. Estamos siendo testigos de cómo un grupo de pensadores, los intelectuales literarios tradicionales, le pasan la antorcha a un nuevo grupo, los intelectuales de la emergente tercera cultura”.

Inspirados por una visión de las cosas semejante, en noviembre del año pasado un grupo de intelectuales, periodistas y científicos españoles presentó Cultura 3.0, “un proyecto que nace del deseo de establecer un movimiento en España basado en una nueva manera de percibir la cultura, a través de la ciencia y el método científico, y de promoverla como un vehículo para el desarrollo del juicio crítico”, según cuenta Vicente Carbona, uno de sus promotores y miembro del consejo de redacción de la página web de la iniciativa, www.terceracultura.net. “Estamos convencidos de que esta iniciativa debe ser un movimiento hacia una cultura realmente ‘popular’, que no requiere intermediarios, místicos o intelectuales, sino que posibilita a cualquier ser humano a responder por sí mismo a las grandes preguntas de siempre. Nuestras intenciones son pragmáticas, y queremos escuchar las voces de expertos y científicos españoles y extranjeros que normalmente tienen muy poco espacio mediático en nuestra sociedad”.

Con todo, el proyecto parece peculiarmente complicado en España, un país con una larguísma tradición de intelectuales literarios no sólo ajenos a la ciencia, sino en muchos casos refractarios al racionalismo y el secularismo, y donde el debate público está participado sobre todo por escritores de formación humanista que ejercen de líderes de opinión en asuntos que conocen superficialmente. “El mundo intelectual no ha despreciado la ciencia –opina Arcadi Espada, uno de los impulsores de Cultura 3.0–. Lo ha hecho esa mezcla de religión y poesía que conocemos por cultura española, y que se desencadena después de Cervantes (el último hombre de ciencia español), con las excepciones de nuestro despreciado siglo XVIII y parte del periodismo de la primera mitad del siglo XX. El desprecio a la ciencia es por otra parte el desprecio a la verdad, característico de un país dominado por una dictadura de medio siglo y durante otro medio siglo más (aún nos quedan unos añitos) por oposición a la dictadura.” El caso de Espada es peculiar en España, pues es uno de esos pocos “intelectuales de la emergente tercera cultura” que, pese a compartir buena parte de la educación intelectual y política de los hombres de letras de su generación, cada vez ha ido prestando más atención a los asuntos científicos. “Creo que me llevó a eso el hartazgo de la cultura literaria y el enorme volumen de clichés que maneja. También la evidencia de que en mis lares la filosofía de los periódicos (la única importante) nunca ha sido más que un género (y muy menor) de la ficción literaria. Por último, creo que mi indagación acerca del discurso periodístico ha sido clave para buscar respuestas a este drama fuera de donde cabría encontrarlas.”

Cultura 3.0 pretende devolver la ciencia al centro de la discusión o, en palabras de Espada, “incorporar la ciencia a la toma de decisiones”. Lo cual implica necesariamente revisar el papel de cuestiones como la religión o los nacionalismos en la agenda pública: “Creemos que es absolutamente necesario abordar cuestiones de interés social basándose en la ciencia –dice Carbona–. Nos parece muy importante considerar asuntos sociales desde un punto de vista empírico, con el diligente escrutinio de cualquier hipótesis, pero libres de elementos supernaturales, sobre todo cuando estos actúan como bloqueos y dogmas”. La Declaración de Aranjuez, postulada por algunos de los miembros del proyecto como Eduardo Robredo, miembro también del consejo de redacción de www.terceracultura.net y autor del blog “La revolución naturalista”, afirma: “Necesitamos cuestionar los nuevos colectivismos formados en el nombre de la ‘cultura’, la política o la religión que exigen nuevos sacrificios o disculpan los existentes. Necesitamos rescatar la razón de su autodesprecio posmoderno. Necesitamos liberar el proyecto de la Ilustración de la humillación teocrática. Necesitamos amotinarnos contra la justificación de los crímenes sagrados, afirmando la libertad de crítica y la libertad de cambiar de religión o de creencia e incluso el derecho a no profesar religión alguna.”

Ya escribía Benda en 1927: “En primer lugar, los intelectuales adoptan pasiones políticas. Nadie objetará que hoy, por toda Europa, la inmensa mayoría de los hombres de letras, los artistas, un número considerable de filósofos, de ‘ministros de lo divino’ asumen la parte que les corresponde en el coro de los odios raciales, de las facciones políticas; aun menos se negará que adoptan pasiones nacionales”. Y algo semejante –aunque felizmente más pacífico– se podría decir de la vida intelectual de hoy en día. Para librarse de esta lacra, Cultura 3.0 se propone generar “un bloque de opinión, un diálogo entre las ciencias y las humanidades lo más libre posible de ideologías”, en palabras de Carbona. Y ello requiere una exhaustiva tarea de divulgación y promoción que, en primer lugar, debe comprender muy bien el funcionamiento de la comunicación en nuestros tiempos, pero también redefinir el papel del intelectual, no tanto como un ser político sino sobre todo como propagador: “El papel de los intelectuales incluye la comunicación –afirma Brockmann–. No sólo son personas que saben cosas, sino que conforman los pensamientos de su generación. Un intelectual es un sintetizador, un publicista, un comunicador.”

En esa vía, Carbona concluye: “Vamos a ver cuál es nuestra pericia, cuáles son nuestros medios y oportunidades, pero la intención de Cultura 3.0 es impulsar todo tipo de actos que valoren lo que podríamos llamar pensamiento crítico y el tipo de naturalismo positivo y abierto que defendemos”. Y Espada apunta, aun más enfático: “Me gustaría que este proyecto cambiara mi oficio de periodista. Y voy a tratar de que así sea en la medida de mis posibilidades”. ~