La ceguera moral de Günter Grass | Letras Libres
artículo no publicado

La ceguera moral de Günter Grass

La tarde del miércoles 4 de abril entrevisté a Hans Futter, ingeniero y empresario jubilado, para un artículo sobre el último colegio judío en la Alemania nazi. Futter nació en una localidad de la costa del mar Báltico en los años veinte del siglo pasado, y antes de cumplir dieciocho años tuvo que abandonar su hogar y sumarse al torrente de millones de refugiados que huían por toda Europa.

Tras la entrevista encendí el ordenador, entré en internet y leí las noticias sobre Günter Grass, que nació en la misma década en la costa del mar Báltico y también se convirtió en un refugiado a los diecisiete años. Ahí terminan todos los parecidos entre los dos hombres.

Como joven judío, Hans tenía que afrontar una elección difícil: abandonar su país de nacimiento o arriesgarse a un destino terrible. Grass decidió ser uno de aquellos de quienes huía Futter. Perdió su hogar después de que Alemania perdiera la guerra.

Después de la guerra, Hans Futter rehízo su vida en otro país junto a su hermano Gerald, sin saber cuál había sido el destino de sus padres y de su hermano menor. Grass permaneció en Alemania y se convirtió en la voz y conciencia moral de la nación. Y, como tal conciencia, ha publicado un poema donde pide a su país que no se convierta en “cómplice de un crimen que es previsible” vendiéndole submarinos a Israel.

Y, tras leer esas frases traducidas de la polémica de Grass, “Lo que hay que decir”,[1] esta columna empieza a escribirse sola. Porque, incluso antes de que la parte analítica de la mente comience a responder a la alegación infundada de que Israel amenaza con aniquilar a toda la población iraní, la pantalla se vuelve roja y las yemas de mis dedos exigen la satisfacción de aporrear el teclado una y otra vez para decir exactamente lo que pienso sobre el poeta. Porque, por una vez, no hay necesidad de un debate razonado y lógico, ni de sopesar izquierda y derecha. Porque cualquier otro día habría tiempo para afrontar tranquilamente el debate sobre si Israel necesita tener capacidad nuclear, o acerca de si debería seguir negándose a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear. Pero no el día en que Grass estalló en esos versos. Porque hay algo claramente erróneo en el hecho de que él escriba esas palabras: algo tan moralmente ciego que todo argumento resulta superfluo.

La lógica y la razón son inútiles cuando un hombre extremadamente inteligente, nada menos que un Premio Nobel, no entiende que su pertenencia a una organización que planeó y llevó a cabo el genocidio sistemático de millones de judíos lo incapacita para criticar que los descendientes de esos judíos desarrollen un arma de último recurso que es la póliza de seguro destinada a evitar que alguien termine el trabajo iniciado por su organización. ¿Hay algo que esté más claro?

Esto no trata de los alemanes. Tienen todo el derecho a expresar sus opiniones geopolíticas, e incluso Grass puede ser tan crítico como desee con Israel. Sin duda, no puede haber una ley que limite su libertad de expresión, pero algunas cosas son tan fundamentales que ni siquiera deberían necesitar leyes. Es una cuestión de decencia humana elemental.

Un comentarista judío alemán ya ha acusado a Grass de ser “el prototipo del antisemita educado que dice que es amigo de los judíos”. Pero yo le creo a Grass cuando dice que está “unido con Israel”. No pienso que “odie” a los judíos en ninguno de los sentidos reales de esa palabra. Un diplomático israelí destinado en Berlín comparó el poema con el clásico libelo de sangre. Pero no hay nada difamatorio en “Lo que hay que decir”. Grass se limitó a escribir una evaluación errónea de las intenciones nucleares de Israel.

Tiene mucho más sentido atribuir la ceguera moral de Grass a una vanidad y un ego gigantescos, como hace Sebastian Hammelehle, el astuto editor literario de Der Spiegel. Merece la pena citarlo por extenso:

 

Grass es tan vanidoso que, cuando le pidieron escribir para el semanario alemán Die Zeit con motivo de la muerte del importante novelista alemán Heinrich Böll, escribió casi exclusivamente sobre sí mismo. Ahora ha empaquetado sus opiniones políticas en un poema que es casi igual de simple que ellas. ¡Qué patetismo! Habría sido mejor que no hubiera comenzado sus versos con la palabra “yo” al principio de cada frase, y en cambio hubiera discutido la situación de Israel de forma más completa. Así habría tenido una idea sobre cómo el pueblo israelí se debe de sentir en términos psicológicos, al estar rodeado de enemigos.

 

Ese es el problema de la vanidad y del ego: sesgan el juicio del escritor más concienzudo. ¿Cómo si no explicar el hecho de que hace siete años, cuando se sentó a escribir sus memorias, Grass pareció pensar que, si por fin revelaba la oscura verdad sobre su pasado en las Waffen SS, la gente dejaría ese asunto al margen y seguiría viendo en él al hombre que escribió El tambor de hojalata?

¿Quién puede culpar a un chico de dieciséis años, arrastrado por el fervor patriótico, que se alista como voluntario en tiempos de guerra? Grass no merece ningún castigo por su servicio durante la contienda, pero la historia lo ha marcado para el resto de sus días. ¿Cómo pudo imaginar que no tendría que pagar un precio, a menos que su inflada sensación de importancia le ocultara la realidad? Tras servir en la organización que intentó, con bastante éxito, erradicar a los judíos de la faz de la tierra, debería reservarse para sí mismo las opiniones que tenga sobre el arma del Juicio Final de los judíos. Y si el escritor, de ochenta y cuatro años de edad, está tan perdido en la autoadulación que no puede darse cuenta de algo tan sencillo, los editores del respetable periódico que publicó el poema deberían haber encontrado el modo de comunicárselo amablemente. No es solo otro chico que nació en la costa del mar Báltico en los años veinte del siglo pasado. En el camino, hizo algo que lo manchó. Para siempre. ~

 

Traducción de Daniel Gascón

Publicado en Haaretz



[1] Publicado originalmente en Süddeutsche Zeitung y traducido al inglés por Breon Mitchell en The Guardian.– N de la R.