La bicicleta estática de Sergi Pàmies | Letras Libres
artículo no publicado

La bicicleta estática de Sergi Pàmies

 

No es improbable que la idea tan extendida de que la tristeza es necesaria para escribir sea errónea; es un hecho, sin embargo, que los personajes que la padecen suelen resultar más interesantes que aquellos que son insensata e injustificadamente felices, y algunos de los de La bicicleta estática, el nuevo libro de relatos del catalán Sergi Pàmies (París, 1960), son buena prueba de ello: un periodista que busca en los escenarios abandonados de Cinecittà un rastro intangible de sus padres, que lo concibieron tras haber visto Le notti di Cabiria, que Federico Fellini filmó en ese estudio; otro que planea y demora indefinidamente su suicidio; un tercero que conoce a la mujer de su vida a raíz de llevar los cordones desatados y decide desde entonces solo calzar mocasines; un padre que puede historiar la relación con sus hijos siguiendo los trazos que estos han dejado en las paredes de un piso que tiene que abandonar; dos personas con sobrepeso que entablan una relación amorosa triste y sórdida que pierde peso al tiempo que lo hacen ellos mismos; un niño que crece en el exilio antifascista en Francia; un hombre que solo puede comprender el valor de El principito de Antoine de Saint-Exupéry el día que cumple cincuenta años; otro al que le extirpan la nostalgia y la esperanza, es decir, el pasado y el futuro; uno que desmantela la casa de sus padres preguntándose qué conservar y de qué desprenderse; un padre que observa a sus hijos adolescentes en el aeropuerto antes de iniciar unas vacaciones que probablemente terminen mal; la reconciliación muda entre un fotógrafo homosexual y su padre; un personaje de cuento de hadas que muere abandonada en un hospital; un hombre que evoca la capacidad de su padre para anudar corbatas y sabe que con su muerte ya no habrá quién lo haga por él; dos antiguos novios que se reencuentran y deciden tácitamente no volver a verse.

Los cuentos de La bicicleta estática funcionan como variaciones de un número reducido de temas entre los que, como puede verse, destacan las relaciones disfuncionales, los fracasos amorosos y la muerte de quienes amamos, temas que los editores de Pàmies han llamado en la contraportada del libro “los naufragios y desconciertos de la madurez”, en una atribución ratificada por el propio autor al sostener en una entrevista reciente que son los temas más recurrentes en ese período de la vida que tiene lugar “una vez que has comprobado que la felicidad es efímera y, en general, muy poco fiable”. En esa misma entrevista, Pàmies hacía explícito el carácter autobiográfico de algunos de sus relatos, que aparece ratificado por la elección en la mayor parte de ellos de lo que vulgarmente denominamos la “primera persona”, y lo vinculaba a la llegada de la madurez.

A este solipsismo vinculado con la creación de personajes que (sin la pretensión de esclarecer cuánto hay de autobiográfico en sus peripecias) tienen la misma edad, una profesión similar e incluso la misma apariencia física que su autor, Pàmies le suma dos relatos fantásticos que abundan explícita y cómicamente en la necesidad de profundizar en el conocimiento de uno mismo: en el primero de ellos, “Benzodiazepina”, un hombre decide encontrarse consigo mismo tras haber estado chateando con él durante varias semanas; el encuentro acaba con los dos personajes (que son él mismo) prometiéndose un encuentro que harán todo lo posible por evitar. En “Supervivencia”, un hombre inicia una expedición en busca de las respuestas que supuestamente se encontrarían en su interior, pero descubre que este es un armario vacío y agobiante y huye de sí mismo por un agujero. Ambos relatos ofrecen una imagen devastadora de los abismos de la personalidad, pero La bicicleta estática no es un libro oscuro. Pàmies es honesto y profundo, pero nunca abandona la ligereza y la ironía, a las que suma una gran capacidad de observación y un talento particular para la ternura. La austeridad formal de sus relatos parece aquí puesta al servicio de la exuberancia imaginativa y vincula los relatos del autor catalán con los de Raymond Carver, Tobias Wolff y Lorrie Moore, por mencionar solo tres ejemplos. Al igual que los personajes de estos tres autores, los de Pàmies se aferran a unas certezas de las que en realidad desconfían pero que retienen por ser las únicas que poseen realmente; en ese sentido, tal vez el único personaje feliz del libro sea aquel al que “como le han extirpado la nostalgia, no le pesa la inercia hacia unos recuerdos alterados por el poder transformador de la memoria. Como no tiene esperanza, no invierte ninguna energía en proyectarse hacia un futuro improbable. Liberado de la dulzura física y anímica que tanto le torturaba […], saborea su saliva, felizmente insípida” (77). No hay ninguna heroicidad en ello, pero tal vez sí la haya en la forma en que Pàmies practica en este y en otros relatos excepcionales proezas narrativas; es lo que sucede en “Un año de perro equivale a siete años de persona”, en el que un perro y un cerdo destruyen involuntariamente sus relaciones de pareja por consolarse mutuamente y de forma alternativa, y en “Tres maneras de no decir te quiero”, que narra la supuesta incapacidad de un autor para escribir una historia de amor entre el amor correspondido y el amor no correspondido e incluye dos textos que prueban que la supuesta incapacidad no lo era realmente.

A pesar de su título, los personajes de La bicicleta estática sí se desplazan (o al menos adquieren el tono físico adecuado para hacerlo) y no hay nada permanente en ellos; si acaso, la convicción de que las grandes esperanzas del pasado solo han traído decepción. No hay nada decepcionante en los relatos de La bicicleta estática, sin embargo, que es una ratificación del extraordinario talento de su autor y una celebración de los poderes de la literatura para llenar de sentido una vida en ese período en que “la felicidad es efímera y, en general, muy poco fiable” y en el que el talento de Sergi Pàmies está produciendo sus mejores frutos. ~


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