La biblioteca de Darwin | Letras Libres
artículo no publicado

La biblioteca de Darwin

En cierta sección de la Biblioteca están contenidos todos los libros que versan sobre el tema homo sapiens, y hay quienes afirman que en ellos se compendian las instrucciones para engendrar una especie de seres vivientes afectados por oscuras pasiones, traicioneros reflejos y vanas ideas, sin que hasta la fecha haya logrado demostrarse tal superstición.

La lengua en que están escritos esos tomos constituye un idioma perfecto, pues en él no hay cabida ni a ambigüedades ni a sobreentendidos, como tampoco a metáforas ni a ninguna otra figura retórica o fenómeno extralingüístico. La más mínima violación de las absolutas reglas gramaticales, sintácticas y ortográficas de esa lengua pura provocaría que el libro en cuestión se autodestruyera.

El alfabeto de ese férreo código, que se ha dado en llamar genético, cuenta con apenas cuatro exiguas letras, a saber A, T, G y C, las cuales se encuentran unidas en pares ineluctables: la A indisolublemente a la T, la G desahuciadamente a la C.

Cada libro de esa sección de la Biblioteca está compuesto por 20,500 apartados. Todos los tomos, sin excepción, constan de dos millones de páginas, escritas en cuerpo nueve, cada una con 40 renglones, y cada renglón con 80 caracteres, lo que arroja un total de 6 mil 400 millones de caracteres por volumen. Ese número es inexorable.

Ahora bien, resulta evidente que si un arduo bibliotecario emprendiera la tarea de completar esa sección, acopiando todos los libros que pueden ser escritos con las tres consonantes y la única vocal del raquítico abecedario genético, respetando, por supuesto, las inflexibles leyes del idioma de la vida, debería, en primer lugar, conseguir todos los ejemplares distintos que se han publicado hasta hoy y yacieran desperdigados en santuarios y camposantos, olvidados en grutas perdidas y antiguos campos de batalla, o corrompiéndose en sarcófagos y salas de disección. Algunos de ellos, ciertamente, se encontrarían reducidos a cenizas, mientras que otros flotarían diluidos en los océanos y los ríos del planeta, pero no por ello resultarían irreconstruibles para ese experimentado coleccionista.

Concluida esa fase preliminar de su encomienda, el bibliotecario constataría que la sección humana de la Biblioteca consta de 107,500 millones de libros diferentes, que, según estimaciones confiables, es el número de libros sobre el tópico que, desde la aparición de ese género, hace apenas 150,000 años, se ha impreso hasta la fecha. De ellos, únicamente 540 millones, el 0.5 por ciento de la producción editorial, han salido repetidos de la imprenta –los llamados libros gemelos.

Después, el bibliotecario, deviniendo escriba, debería ponerse a permutar signos hasta llegar a agotar todas las combinaciones posibles de las cuatro letras del alfabeto vital y, cuidándose de excluir todas las ordenaciones aberrantes, llegaría finalmente a contabilizar dos billones de ejemplares distintos.

Finalizado su menester, el bibliotecario, compelido por una irresistible inercia, no tendrá más remedio que continuar escribiendo y así, en algún momento, inevitablemente, comenzará a perpetrar sistemáticamente libros idénticos a otros y, como todo autor, empezará a repetirse con febril monotonía. Escribirá, o, mejor dicho, plagiará íntegramente, el libro con la misma secuencia de signos que tuvo el volumen de Herodoto, la del campesino anatólico que sembró el primer grano de cebada, la de la primera mujer que me amó y, sí, también, letra por letra, la del genoma del lector.

Para darnos una idea de cuándo ocurrirá eso, supongamos que fueran las doce en punto de la noche del miércoles, y que nuestro planeta se hubiera formado al iniciar el día. Y digo del miércoles porque, en esa escala, nuestro universo habría empezado a existir el lunes. La escritura de la vida habría emergido sumamente temprano, a las 3:58 de la mañana; los textos que fatigan los estantes de nuestra sección de la Biblioteca, habrían comenzado a aparecer apenas hace unos pocos minutos, a las 11:56 de la noche, y exactamente dentro de medio segundo el bibliotecario habrá agotado todas las combinaciones posibles y empezará autoplagiarse sin conmiseración. Romperá la era de los facsímiles.

Aunque, dada la incontenible ceguera con que la vida escribe sus volúmenes, resulta por demás probable que a lo largo de la historia se haya publicado ya un ejemplar con un texto idéntico al tomo que lleva hoy mi nombre, como igualmente probable resulta que alguno de los libros que existen actualmente en el mercado sea, con otro título, acaso en una edición más rústica, igual al mío. Lo definitivamente seguro es que, tarde o temprano, aparecerá ese facsímil en el que constarán las mismas letras que pueden leerse en el que hoy, con deplorable orgullo, considero un ejemplar único. Y no sólo una vez sino de forma perpetuamente cíclica.

– Salomón Derreza