La avería del virus | Letras Libres
artículo no publicado

La avería del virus

De pronto, de un día para otro, la maquinaria gigantesca se detuvo y lo que se escuchó no fue el silencio de los domingos sino el silencio de la avería. Como un gran apagón, como si se hubiera ido la luz por varios días, la cotidianidad, con todo lo que tiene de tranquilizador y también de opresivo, se interrumpió de golpe, y una manta de calma demasiado inquieta como para llamarse propiamente calma se extendió por toda la ciudad. Era una amenaza invisible la que se cernía sobre nosotros, y la verdad todos andábamos un tanto siscados, en busca de más información, caminando sigilosamente como ladrones con cubrebocas por nuestra propia casa.

Las calles estaban desiertas como después de la explosión de una bomba de neutrones, y sólo uno que otro pasante daba vueltas sin rumbo por allí. Quizá para no dejar caer a la población en la incertidumbre metafísica, el campeonato de futbol no se detuvo, pero esos partidos con estadios vacíos no sólo eran una experiencia acústica más que deportiva, sino una forma de mostrar lo inane que puede ser la pasión futbolera si se contempla fríamente, con la distancia que introduce el silencio. Padres de familia en calzoncillos sudando detrás de una pelota, cumpliendo sus horas de trabajo casi con desgana, casi en cámara lenta. No me extraña que se apresuraran a reabrir las puertas de los estadios: el espectáculo, viejo opio del pueblo, se estaba desmoronando. La otra mitad del panem et circenses sí se frenó, y con los restaurantes cerrados la gente compraba provisiones como para el fin del mundo. No creo que en realidad se temiera una falta de abasto, sino que al encontrar con candado las puertas de los cines y los centros comerciales, la única distracción para una sociedad demasiado acostumbrada a que la mejor forma de consumir el tiempo libre es precisamente consumiendo, era darse una vuelta por el súper.

Se ha querido destacar el buen comportamiento de la sociedad civil durante los peores días de la influenza, pero no hay que olvidar que también afloró lo peor de cada quien. Más allá del precio por los cielos de los cubrebocas y de la fiebre de hipocondrías súbitas, lo que con el terremoto del 85 había sido una ola de solidaridad, esta vez se convirtió en franco repeluzno por el prójimo. El otro se convirtió básicamente en fuente de contagio. “No te me aceherpes”, se oía decir. Cada estornudo fuera de lugar era mirado con tan malos ojos que parecía que ameritaba una multa. Los guantes quirúrgicos y el látex cubrían los deseos de toda la población. Me tocó ver a un señor enfurecido porque unos novios se besaban en el vagón del metro, y también sé de varios matrimonios que se volvieron estrictamente victorianos. Quizá lo que más contribuyó a que se extendiera la epidemia de la fobia (que, como se vio, tuvo alcances internacionales) fue la recomendación del gobierno de no salir de casa. Había algo de puritano o moralista en aquello de hacer del propio hogar un búnker, como si caminar por las calles o andar en bicicleta, organizar un picnic en el parque o un torneo de cascaritas fueran posibilidades mortalmente peligrosas.

Pero lo más lamentable de este periodo extraordinario que acabamos de vivir es que, con la maquinaria casi al borde del colapso, perdimos una gran oportunidad. Nos dejamos vencer y aprisionar por el miedo. Tal vez porque la avería llegó a través de un virus y no como consecuencia de la huelga general, no supimos aprovechar la contingencia y dar un paso más: desenchufar la televisión, interrumpir el flujo de información, no mirar el reloj. Bastaba apagar el radio, salirse de Internet y, más que dejar de comprar, hacer a un lado el deseo mismo de comprar. Con las medidas profilácticas propias del caso, era el momento para abandonarse a la experiencia de la flotación. Vivir el periodo de excepción como una fiesta silenciosa. Ver hasta dónde podía llegarse con la pausa. Rascar un poco más en la costra del aburrimiento para indagar qué cosas bullían allá abajo.

Quizá esto es lo que explica el énfasis del Estado de mantenernos en una suerte de arresto domiciliario de la asepsia; no fuera a ser que, con las iglesias y las escuelas cerradas, el trabajo en suspenso y el consumo mermado como nunca, algo sucediera. Es una lástima que no nos atreviéramos a más. Que luego nadie se sorprenda de que la maquinaria, una vez que se ha echado a andar nuevamente, esté girando un poco más deprisa, más ávida e implacable, como queriendo recuperar lo perdido.

- Luigi Amara