Kafka y sus inventores (II) | Letras Libres
artículo no publicado

Kafka y sus inventores (II)

¿Quién fue realmente Kafka? Tal vez nadie pueda saberlo, pero es un tema que genera debates y discusiones.

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Cuando Gustav Janouch conoció a Kafka tenía apenas 16 años. El escritor, que era compañero de trabajo de su padre en la Mutualidad de Seguros y Accidentes Laborales de Praga, ya 37. Corría el año 1920. Kafka murió cuatro años más tarde. En 1951, Janouch publicó un libro que había querido titular Kafka me dijo, pero que por decisión del editor se llamó Conversaciones con Kafka: la transcripción de ciento treinta diálogos que había mantenido con el escritor a lo largo de los cuatro años en que lo trató y se convirtió en su amigo. Fue un verdadero acontecimiento.

En 1968, Janouch publicó una versión ampliada de su libro. Añadía setenta conversaciones nuevas, pero la extensión total de esta segunda edición triplicaba la del original. Enseguida hubo quienes se hicieron preguntas. ¿Cómo podía ser que surgieran tantas y tan extensas “conversaciones nuevas” diecisiete años después del primer libro y casi medio siglo después de la muerte de Kafka? Ante la primera versión, nadie puso en duda la veracidad de lo narrado. De hecho, Max Brod y Dora Diamant, dos de las personas más cercanas al autor de El proceso, dijeron reconocer allí a “un auténtico Kafka”. La edición ampliada, en cambio, empezó a generar cierta desconfianza.

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La historia que contó Janouch para explicar el retraso estaba llena de episodios novelescos. Según su versión, los primeros proyectos de publicación quedaron truncos ya en la década de 1920. Luego llegó la Segunda Guerra Mundial y, tras el conflicto, un periodo de varios meses en que Janouch estuvo preso y durante el cual se quemaron y perdieron algunos de sus cuadernos. Por suerte, una amiga de Janouch transcribió sus notas. Sin embargo, vaya uno a saber por qué, esta mujer —por su propia cuenta y sin decir nada a Janouch—envió el material a Max Brod, quien se había radicado en Tel Aviv. Brod tardó dos años en responder y, cuando lo hizo, devolvió a Janouch solo una parte del texto. Como Janouch (siempre según su propia versión) no conservaba ninguna copia del original, dio por perdidos los fragmentos que creía que Brod había quitado y, sin decir nada para evitar polémicas, publicó el resto. Esa fue la edición original de las Conversaciones con Kafka, de 1951.

Pasaron los años y, ya en la década del sesenta, Janouch realizó el gran hallazgo: una maleta perdida con los originales que faltaban. (Alguien debería escribir, si nadie lo ha hecho ya, una “Historia de las maletas con originales literarios perdidas y encontradas”.) Esto explicaba que la “mutilación” no había sido realizada por Brod sino por la amiga mecanógrafa que tantas atribuciones se había tomado y que, para 1968, cuando Janouch contó todo esto, ya estaba convenientemente muerta. Pero ¿entonces Janouch no podía mostrar esos originales reencontrados y demostrar la veracidad de su historia? Pues no. A esos originales —convenientemente— también los perdió después…

¿Qué dijo Max Brod de todo esto? Nada, porque murió en ese mismo 1968 sin llegar a ver el nuevo libro. Y como si quisiera cerrar la historia de manera redonda, en el mismo año se murió también Janouch. Sin embargo, a esta historia le quedaban algunos capítulos por escribirse.

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Josef Čermák es uno de los mayores estudiosos de Kafka de la actualidad. En 2010 se convirtió en el primer checo en publicar una biografía sobre su célebre compatriota. En otro libro, de cinco años antes, titulado Franz Kafka: ficciones y mistificaciones, había indagado en las historias contadas por Michal Mareš y Gustav Janouch y llegado a la conclusión de que no están repletas de inventos.

Para Čermák, Mareš y Janouch sí conocieron a Kafka, pero no tuvieron con él un vínculo tan estrecho como, décadas después, dijeron haber tenido. Con el fin de sacar partido del gran interés que la figura del escritor generó en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, ambos habrían aprovechado el conocimiento que tenían sobre él y decidieron exagerar o directamente inventar anécdotas, encuentros y conversaciones.

Por ejemplo, para Čermák, toda la supuesta militancia anarquista de Kafka no pasa de ser un mero invento de Mareš. Por eso Kafka no la menciona ni una sola vez en sus diarios o en sus cartas. Pero entonces ¿cómo es que el propio Max Brod lo introdujo, en una novela, en la descripción de una reunión anarquista? La respuesta la dio el propio Brod: admitió que había desconocido la supuesta participación de Kafka en actividades anarquistas hasta después de la muerte de su amigo. Čermák no duda de que ese dato tiene que habérsela dado alguien del círculo de Mareš.

Janouch, por su parte, fue —en opinión de Čermák— un oportunista. No contento con su primer gran éxito, decidió ampliarlo con ficciones nuevas, para lo cual tuvo que inventar toda una trama de originales perdidos, reencontrados y vueltos a extraviar. Čermák lo explica con un ejemplo. En la primera versión de las Conversaciones, de 1951, Kafka apenas se refería a los anarquistas como “gente entrañable y alegre”. En la segunda, aparecida después de las “revelaciones” de Michal Mareš, las menciones al anarquismo son muy extensas y numerosas. Una de ellas se produce cuando relata una anécdota infantil, según la cual la cocinera de su casa lo llamaba “Ravachol”. Ravachol fue un anarquista del siglo XIX, tan famoso por sus atentados que su nombre se había convertido en apodo en la Praga de aquellos años. Pero Kafka (para quien, según Janouch, la historia de la cocinera que lo llamaba Ravachol fue algo muy importante en su vida) no mencionó este suceso, ni el nombre de Ravachol, ni una sola vez, ni en sus diarios, ni en sus cartas.

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¿Podría ser que Čermák se equivoque? Podría ser, seguro, aunque sus argumentaciones suenen verosímiles. Sin embargo, para sostener una hipótesis es mucho más contundente la existencia de pruebas que la falta de ellas (como, en este caso, la ausencia de menciones al anarquismo o a Ravachol por parte de Kafka). De hecho, el museo de Kafka en Praga reproduce en su muestra permanente la anécdota de la cocinera que lo llamaba Ravachol. Para Čermák esto no es más que un descuidado de los curadores de la exposición, un eco del involuntario pecado original de dar legitimidad a obras que no la merecían.

El caso es que Kafka parece una figura esquiva por naturaleza. Tal vez esto se debe a que su vida no podía ser menos que su obra, que a tantas interpretaciones ha dado lugar. Si Čermák tiene razón, hoy en día muchos creen que Kafka fue alguien que en realidad no fue. Y en realidad, ¿quién fue? Quién sabe. Lo mejor —creo— es que cada uno lea sus novelas y sus relatos y sus cartas y sus diarios. Eso fue Kafka. Todo lo demás no dejan de ser cuestiones secundarias más o menos fundadas.

 

 


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