Jurado. Un diario berlinés | Letras Libres
artículo no publicado

Jurado. Un diario berlinés



5 de febrero

Aún no logro comprender cómo es posible que los aviones vuelen. Estoy sentado junto a la ventana de uno que nos lleva hacia Fráncfort, para después aterrizar en Berlín. Dejé todo lo que tenía que hacer hasta el último minuto –como obligan las reglas de la prisa–, y me desenchufé al momento de entrar en la atmósfera monocorde del avión. Apenas despegamos, me pongo a leer las revistas de política que compré antes de abordar. De inmediato me doy cuenta de que estas revistas no viajan bien, y menos a Alemania. Se convierten, apenas despegamos, en instructivos para entusiastas y expertos en la nada, que confían en que al mencionar la palabra “México” nuestra atención sea irrestricta, y abusan de lo mal que nos va para atraparnos y forzarnos a buscar entre líneas la manera de solucionarlo. Solamente pueden ser entendidas por gente que ha decidido anestesiar la memoria para poder vivir día con día. Quizás estoy confesando ser asiduo lector de estas revistas, partícipe y cómplice del son jarocho que dice “El mundo se va aca...” ¿Y si se las doy una a algún estudiante alemán que hable español y que se haya enamorado de México? Creo que no entendería nada. Menos con palabras como FOBAPROA. No le voy a dar las revistas, pero voy a intentar hablar con él para saber qué es lo que hizo en sus vacaciones por México.


Int. Avión-noche

Los dos personajes abusan del whisky gratis.

Gael (bebiendo ): Entonces México te parece violento...

Alex: Violento como consecuencia del desprecio, que a veces se confunde con envidia.

Gael (atónito): Nunca había escuchado a alguien describir la violencia en México de esa manera…

Alex: Es que ustedes la sobreviven diario. Yo, como soy antropólogo, uso pocas palabras. A lo mejor es que ya estoy medio borracho.

Por la ventanita se ve la luna, casi llena.


6 de febrero

Despertamos en Fránkfurt, llenando las tazas de un té de calcetín que nos sirve Lufthansa. Los alemanes tienen una manera discreta pero eficaz de recordarte que estás entrando en su territorio: todo funciona. Cada botón, cada palanca y cada artefacto mecánico sirve. Y si no funciona te dicen que así es, pero te dejan sin argumentos para quejarte ante el gerente. ¡Hicimos nueve horas de vuelo! Tiempo récord, me imagino, desde México hasta Alemania. Tomamos el avión a Berlín y llegamos como a las cuatro de la tarde. Apenas pusimos las maletas en el suelo nos llaman para tener una junta con Dietter Koslick, director del Festival, y con los demás miembros del jurado. De inmediato me hago amigo de la actriz palestina Hiam Abbas. Además de ser una persona encantadora, compartimos la complicidad de pertenecer a los países que representan el bloque pobre entre los miembros del jurado. Es muy divertido hablar desde esa trinchera, porque tienes carta blanca para frivolizar a gusto.


Int. Lobby de hotel-día

Para contrarrestar la vergüenza, Gael se sienta en el sillón que encuentra más cerca.

Hiam: ¿Teníamos que venir bien vestidos?

Gael: Huy, creo que sí… Pero estamos exentos por ser actores, me imagino.

Hiam: Más bien por ser de países pobres, ¿no?

Gael: Tienes toda la razón. Pero ese argumento se me está agotando día con día...

Hiam: Estás joven todavía.


No es cierto que en Alemania todo funcione: hay doce botones para apagar y prender luces que vuelven todo muy complicado. Hay una luz que no se puede apagar, pues es una luz de “seguridad”. ¿Contra qué?, ¿para qué?


7 de febrero

Despierto apenas, y voy hacia la primera reunión, planeada para que se conozca el jurado. Están Hiam Abbas, Willem Defoe –tremendo actor estadounidense–, Paul Schrader
–nuestro presidente y guionista de Taxi Driver y Toro salvaje–, Nansun Shi –productora de Hong Kong, experta en películas de acción y thrillers policiacos–, Mario Adorf –actor de leyenda del cine alemán– y Molly Malene Stensgaard –editora de Lars von Trier y madrina del manifiesto Dogma. Después de tomar un tecito y comer un pan de centeno, nos encaminamos, fríos y desvelados, a ver dos películas. La primera es una fábula acerca de la desaparición de la inversión económica del mundo occidental en la Alemania del Este, un tema recurrente en las expresiones artísticas modernas de los países que fueron parte del bloque soviético. Se sostiene la idea, no oficial, de que el dinero invertido desde la caída del Muro en los países ex comunistas fue justo eso: una inversión que benefició a los que dieron el dinero, y no a la gente en general. Quizás ganaron nuevas posibilidades de elegir entre marcas de ropa y automóviles, pero la inversión social no es tangible. Los alemanes se quejan de que el marco capitalista se ha convertido en un mecanismo para abrir nuevos mercados para las empresas que ya existen, donde los beneficiados son únicamente estas empresas.

Nos llevan a una cena para cuarenta personas en un hotel en las afueras de Berlín, famoso por haber hospedado a la selección alemana de futbol en el pasado Mundial. Todos en el jurado somos felices de dejarnos llevar, como un rebaño, a donde sea que nos lleven.


Int. Smoking room, hotel-noche

Mario Adorf: Yo viví en México mucho tiempo. Es más, en algún momento tramité mi nacionalidad para quedarme a trabajar allá.

Gael (levanta las cejas): ¿…?

Mario Adorf: Trabajé con “El Indio”.

Gael: No lo puedo creer…

Mario Adorf: Hicimos juntos una película con Sam Peckinpah que se llamó Major Dundee. Era con Warren Oats, Charlton Heston, y el Indio y yo éramos los mexicanos bandidos malos. Mi personaje se llamaba Sargeant Gómez.

Gael: ¿En serio? ¿ Con el Indio? ¿ Cuánto tiempo estuviste en…?

Mario Adorf (riéndose): Un día, una noche más bien. Llevábamos tres días sin dormir, y yo, anticipando que en cualquier momento me desvanecería de borracho, decidí irme para mi casa en la colonia Nápoles. Estaba recogiendo mi saco cuando se acerca a toda velocidad el Indio, me coloca un cuchillo de carnicero en el estómago, y me dice: “Escuché que te querías ir”. Aterrado, le dije: “Oye, Emilio, tranquilo, ¿qué te pasa? Estás ya muy borracho.” Me suelta, saca un limón, lo parte a la mitad, me da un vaso de tequila, y absolutamente serio me dice: “Ya te estabas rajando pinshi tedesco…”


Esa noche tuve sueños que me llevaron hasta Vietnam del Norte, en donde nunca antes he estado.


8 de febrero

Es el día de la inauguración. Despertamos temprano para ver una película checa e inmediatamente después dar la conferencia de prensa. Las preguntas de siempre: “¿Cómo se ven las películas desde el punto de vista del actor?” “¿Estás emocionado?” Para eso existen respuestas automáticas, y aun así uno siempre sale mal parafraseado. Todos temblamos por la doble ración de café que pedimos –a súplicas– y, desde esa perspectiva, vemos el día como una carrera de largo alcance. Para la ceremonia de la noche se va a necesitar traje y corbata. Voy con todo, menos con la corbata. Empieza la ceremonia y comienza el protocolo. Pasa el Ministro de Cultura, que es recibido con una larguísima ovación. Toma el micrófono por veintitantos minutos, y hace un recuento ameno y divertido del cine alemán del año pasado. En el discurso pone mucho énfasis en que la Berlinale podía hacer lo que quisiera consigo misma, y que el gobierno sólo entregaba el dinero y todas las facilidades a su alcance para que el festival siguiera siendo autónomo. El ministro es puesto en jaque varias veces por la presentadora, que, en vivo y por televisión, lo invita a llevarse el podio cromado que fue hecho con dinero del gobierno para el festival. Desde ese momento empiezo a notar las diferencias entre nuestro gobierno y el alemán. Luego le dan paso al alcalde de Berlín, a quien reciben con la ovación más grande que he visto y oído para un político que no esté en campaña. Es abiertamente homosexual, y muy querido por sus esfuerzos para hacer de Berlín una ciudad libre y vibrante, donde haya respeto y tolerancia.

La presentadora del festival, que lo ve retirarse hasta su asiento, pide aplausos para él y dice: “¡Mírenlo, hasta por detrás se ve bien!”


9 de febrero

Despierto de una mala hostia, a la española.

Gael García Bernal
Hace mucho frío en la ciudad y hay pocas esperanzas de que la luz del día se filtre por las nubes. El jet lag me la está cobrando. Desde muy temprano vimos tres películas de distintas partes del mundo: Brasil, Corea y Estados Unidos. Las tres tenían algo en común: ninguna de ellas compromete su contexto o voz para llegar a ser “universal”. Son específicas en su contenido y en ningún momento se percibe en ellas pretensiones de apaciguamiento de mercado. Si no hubieran sido estas películas las que se exhibieron en mi día de malestar, seguramente me habría dormido durante su proyección, cumpliendo de manera poco profesional con mis obligaciones de muchacho jurado por tierra teutona.

Qué bueno que existe el té verde.


10 de febrero

Raudo y nada veloz me incorporo al día, después de unas fiestas bien acondicionadas a pesar del cansancio. Ha sido de los comienzos más inusuales de día que he tenido en mi vida; quizá de los más poéticos, por el silencio de la nieve que lo acompañaba. Me despierto temprano para ver una película fascinante. Sucede en un desierto –y no puedo decir más. Tanta inteligencia y simplicidad puesta en una historia tan pequeña, que atrapó a todo el público. Fue ovacionada. Después nos dirigimos a la primera junta del jurado, para deliberar, más o menos, hacia dónde se van a encauzar las aguas. No puedo decir más, pero quizá algún día lo haré, como lo hizo Paul Schrader en 1989, cuando fue miembro del jurado de este mismo festival. Schrader escribió una obra de teatro a partir de las discusiones del jurado, en la que figura una actriz italiana que no paraba de preguntar cuál era el Alfred Bauer Award. (Alfred Bauer fue el primer presidente del Festival de Berlín, y hay un premio que se da en su nombre al trabajo más innovador del festival.) Hubo una coincidencia, de las buenas: todo el jurado tenía hambre y todos queríamos terminar a tiempo con la conversación. Así que nos enfocamos en discutir lo que nos gustó de las películas que vimos, y dejamos a un lado lo que no nos gustó. Una vez más me doy cuenta de que hablar de lo que no te gusta, en términos subjetivos y en torno a cosas inofensivas como las películas, es mucho más fácil que encontrarle palabras a lo que te gusta. Ha sido un ejercicio del que he aprendido mucho, mucho más del cine, que si hubiera hecho lo contrario. Dicen que se aprende de los errores, pero es más difícil –e igual de necesario– aprender de los aciertos. Después sucedió lo inevitable: a todos nos dio frío y sueño, y fuimos cada quien a descansar a su manera.

Otra vez tuve sueños vívidos. Muy agitados y abstractos. Cada día me despierto con una sensación más aguda de no entender en dónde estoy. Quizá es el martilleo a los sentidos por ver tres películas al día. O quizá es todavía el jet lag. Tuvimos la proyección de una película alemana, y después la gala, con bombo, platillo y champaña, de la película de Robert de Niro. Después de casi tres horas, salí a una cena en Mitte, con un amigo cineasta, en la que se encontraban algunos próceres del cine alemán y el nuevo mundo literario joven de Estados Unidos, que se encuentra por acá de intercambio. Entre ellos estaban Jonathan Safran Foer y Nicole Krauss, pareja de escritores muy simpáticos que apenas llevaban una semana en Berlín. Hablamos de lo poco que se puede hablar en esas cenas.


Int. casa en Preslauerberg-noche

Todos cenan y la conversación está dividida entre la gran cantidad de gente.

Nicole Krauss: Do you know Roberto Bolaño?

Gael: Yes. I mean, I never got a chance to meet him but I’ve read him. Why?

Nicole Krauss: I just read Los detectives salvajes. I loved it!

Jonathan Safran Foer: Yeah, now she wishes she was born in Mexico at that time. How is it like living there these days?


Pasamos al postre, que era melón con helado.


11 de febrero

Desperté y otra vez me fui directo al cine. Todo el jurado estaba en fila india, café en mano. La película italiana comenzó y tuve la sensación de estar yendo a misa temprano por la mañana. La historia transcurría en un monasterio rodeado de agua; un personaje le preguntaba a Dios y a sí mismo si tenía vocación para ejercer el sacerdocio. Cada vez que el personaje topaba con pared y sufría, era apoyado por la música, que subía por la pantalla como el órgano de una iglesia. Hace mucho tiempo que no voy a misa: habré ido unas cinco veces, cuando era niño, a bautizos o comuniones. También hice mucha investigación para un papel, hace no mucho tiempo. Pero en Berlín, a las nueve de la mañana, con Paul Schrader y Willem Defoe a mi lado, lo que menos me esperaba era compartir con ellos la sensación de miedo y sueño que sentía de chico, cuando me metían a misa un poco a la fuerza. Salimos, y para hacernos civiles, ateos y demócratas, nos llevaron a una comida protocolaria con el alcalde de Berlín en la casa de gobierno, que antes era la sede del gobierno de Berlín del Este. Es un edificio bombardeado durante la guerra, con varias remodelaciones anteriores a la incursión soviética, que ahora tiene acabados cromados (más bien terribles). Parchado pero histórico, el edificio era –según Dietter Koslick– el más feo de toda Alemania, pero donde mejor se podía apreciar el sello político de cada época y disfrutar de la mejor degustación de hígados de ciervo del mundo. Bajo el manto de los escudos en forma de vitrales de los diferentes barrios de Berlín, comimos y compartimos mesa con políticos y empresarios con los que, creo, difícilmente nos encontraremos otra vez. Se dio una conversación rarísima, basada en dilucidar quiénes eran más flojos para el trabajo, si los españoles o los mexicanos. Perdimos por paliza por razones como la siesta, los horarios de trabajo y el veraneo de los españoles. Un español se ofendió y el alcalde le ofreció que se tomara unas vacaciones hasta que se le bajara el enojo.

De ahí nos fuimos –mejor dicho, nos llevaron, como a todo– a ver una película sudafricana que transcurre a lo largo de tres décadas, desde finales de los sesenta hasta la liberación de Mandela en los noventa. Después de tres horas salí con un hambre de chivo en vivero, y me fui a cenar con un amigo brasileño –le pedí permiso para incluir su nombre en estas crónicas. Nos sentamos, y Walter pidió un vino que el mesero de Puglia tomó como una ofensa. Terminamos tomando tres botellas impuestas por el dueño del restaurante –bastante buenas. Para variar, hablamos de cine y de las películas que yo había visto –todo en código, porque no se me permite decir nada de ellas. Luego pasamos a temas de mayor importancia, como su nueva paternidad y el punto de encuentro entre el Este y el Oeste de la nueva Alemania, experimento único en el mundo y con resultados que no tienen eco en ninguna otra parte. Desde esta cómoda y serena distancia hablamos de México y Brasil, y de las dos Américas que se están delineando dentro de la democracia de nuestro continente y que, sintomáticamente, están dibujando un muro: la costra de una llaga más honda que la pared que fue construida en esta ciudad al final de la Segunda Guerra Mundial.


12 de febrero

Los días transcurren, se esfuman, y pasan inadvertidos por la falta de luz natural de los cines. Estamos cumpliendo con nuestra cuota de ver tres películas diarias sin queja alguna. ¿De qué nos podríamos quejar? Este trabajo es un placer, sobre todo para quienes gustan de hacer y ver cine. Además nos están tratando de maravilla: nos atienden dos chicas ya expertas en jurados internacionales, que saben anticipar cualquier contratiempo con raciones de cafeína o alcohol para que no se duerman los jueces. La primera película que vemos es de Estados Unidos, dirigida por un joven de veinticuatro años. Es su segunda película. La que siguió fue una película francesa diametralmente opuesta: dirigida por el experimentado André Techiné, tiene el artificio de parecer un documento histórico en forma de ficción rescatado de las latas de alguna filmoteca en los años ochenta. Trata sobre la crisis del descubrimiento del sida en esos años, con una fidelidad a la época que resulta escalofriante. Nos lleva directo a una década en la que algunos de nosotros aún éramos niños, pero que recordamos con el filtro de inocencia propio de la infancia. Al salir nos fuimos a la segunda reunión del jurado, que en esta ocasión tuvo lugar en una sala privada en el Ministerio del Exterior. Todos nos preguntamos por qué nos llevan a diferentes lugares con tanta discreción. ¿Es para despistar al enemigo y así hacernos sentir en confianza para gritar y romper vidrios si no estamos de acuerdo con algún otro miembro? Nos dicen que es únicamente para que conozcamos más de la ciudad, para que no nos hartemos de los mismos edificios, y para que nos sintamos importantes. La respuesta nos deja satisfechos. Para subir a la sala de juntas hay tres opciones: las escaleras, el elevador, y otro elevador de madera, que es un contenedor para dos personas que sube y baja sin parar. Uno tiene que brincar y montarse al vuelo del compartimento que sube y contar hasta siete pisos para bajarse, también al vuelo. La incógnita es qué pasaría si te quedaras en el compartimiento hasta que diera la vuelta para bajar. ¿Te pondría de cabeza y estarías expuesto a un buen golpe?

Esa noche tuve la fortuna de cenar con un director alemán que marcó mucho mi infancia y mi adolescencia. Nos recibió en su casa, que parece estar en lo más alto de la ciudad. Se puede ver el ángel que mira hacia la puerta de Brandeburgo, con la cabeza agachada. Ese ángel, sobre el que estaba parado otro ángel, que en la película escuchaba a Gorbachov sentado en su escritorio mientras pensaba.


13 de febrero

Estoy saliendo de la sombra de las rocas en Cabo Polonio, Uruguay. Tengo la boca pastosa, y el aire huele a todo menos a mar. Despierto sin poder reconocer el lugar, diez minutos antes de la cita para vernos en el vestíbulo del hotel y de allí dirigirnos al “Talent Campus”. Me habían invitado a ofrecer una charla en ese taller gigantesco que corre a la par de la Berlinale. Muchos estudiantes de cine de todas partes del mundo se juntan allí para tomar talleres, asistir a pláticas con directores, actores y escritores, y para mostrar su trabajo y discutirlo con gente de países y profesiones distintas. Estamos en un teatro antiguo, de los pocos que no fueron bombardeados durante la guerra, para hablar del tema “Cruzando fronteras en el cine”. Llegamos a eso después de una hora de preguntas acerca de cómo empecé a trabajar y por qué me gusta la actuación. Lo recurrente en todas las preguntas es el tema del renacimiento del cine mexicano, y lo que pienso de su ascenso meteórico a nivel mundial. Respondo lo de siempre: que a fin de cuentas todo se reduce a que hay una coincidencia de gente en México que está haciendo buen cine. También, que el cine en cualquier parte del mundo es un punto de vista personal, un esfuerzo grupal impulsado por una sola voz, la cual depende de los recursos y la infraestructura que se consigan para llevarse a cabo. En México se está dando esto, pero hay que asegurarnos de que estas oportunidades no sean sólo llamaradas de petate.

Gael García Bernal
Tiene que existir una industria sólida que dé cabida a todas estas voces, para así contar con más historias que nos hagan conocer al “otro” que habita y comparte nuestro mismo territorio, y para darnos cuenta de que ese otro somos también nosotros.


(Flashback)

Int. Río de Janeiro, taller de cine de la favela Roisinha-día

En pleno seminario, el director Walter Sailles le da la palabra a una CHICA de veinte años que tiene dos hijos, y que lleva dos años yendo al taller de cine que montó Fernando Meirelles.

CHICA: Yo no sé si me quiero dedicar al cine, pero sé que el cine me ha enseñado muchísimo. (Todos en la sala escuchan con atención.) No tanto a hacerlo, sino a verlo. Antes de haber visto películas pensaba que el mundo era mucho más pequeño; que la realidad de personas de otras regiones y países era completamente distinta de la realidad en la que vivo en esta favela. Pero gracias al cine me di cuenta de que somos muy parecidos, y de que de alguna manera extraña compartimos el mismo territorio. En pocas palabras, creo que ahora me siento más cerca de la especie humana.

Todos en el taller toman aire, y algunos empiezan a creer en los dioses del cine.


Salgo corriendo porque no llego a tiempo a la comida que tengo con un grupo de amigos actores que compartimos generación. Había dos alemanes, un islandés, un argentino, un escocés, dos francesas, una rumana y una italiana. De alguna manera todos hemos trabajado juntos, con pocos grados de separación, y corremos con la suerte de coincidir mucho en estos eventos. Espero que toda la vida sea así. Compartimos schnitzels y ensalada rusa, y mirando el viejo aeropuerto de Tempelhof nevado, tomo una bocanada de felicidad que me durará bastante tiempo. Ya entonado y lleno de valor, como suele salir uno de esas comidas eternas, me dirijo a ver una película argentina que, como si esto fuera el guión de una película, se llama El otro. Después veo una película inglesa. Al salir, me dejo llevar hacia mi hotel por el viento, con la intención de irme a dormir hasta marearme.


14 de febrero

Despierto con el olor a fritanga vietnamita que pedí a la habitación la noche anterior. Corro y llego tarde: cinco minutos antes de que empiece la función. Empieza un experimento clásico de Ozon. Dejamos la Inglaterra de la Primera Guerra Mundial y nos dirigimos al cine contiguo para ver una película que transcurre en el fin de una guerra que no tiene principio. Es sobre la retirada de un pelotón de soldados israelíes del fuerte de Beaufort en el sur de Líbano. En esencia, es sobre el miedo. El miedo que los seres humanos le tienen a la guerra. El miedo, que por faltas o ausencias, no fue inculcado por los padres a los niños para que teman las atrocidades bélicas. El miedo del director a la guerra. En sus propias palabras, “quisiera que los líderes del mundo le tuvieran miedo a la guerra, y que tuvieran el coraje para ponerles fin”.


Y escribo a oscuras:

¿Por qué no escribo más?

La luz que refleja la pantalla me divide,

Me hace ver las películas, la luz,

Y mi estómago se voltea; ya no aguanto estar sentado.

Le perdí confianza a lo que escribo.


15 de febrero

Int/ext, cine en Potsdamer Platz-día

Hella: Hicimos reservaciones para ir a cenar al Reichstag, ¿les gustaría venir?

Gael: ¿Se puede cenar en el Reichstag?

Hella: Sí. Además hoy hay sesión extraordinaria, así que van a poder ver a los diputados trabajando.

Se acerca sigilosamente una PERSONA que ya orbitaba alrededor de este círculo.

Persona: Segnior Gabriel, por favor un autógrafo. Vengo desde Núremberg para pedirle su autógrafo…

Gael: ¡Desde Núremberg! ¿Para quién?... Sí, vamos al Reichstag, ¿no?

Hella : Hay una cúpula donde se alcanza a ver toda la ciudad, y es la entrada de luz de la cámara de sesiones.

Gael: ¿A poco no hay luz adentro?

Hella: Claro que hay luz, pero la utilizan para ahorrar electricidad. ¿Quieres que nos vayamos de aquí?


16 de febrero

Se acabaron las proyecciones. Ahora todo el jurado se reúne en una casa antigua en Dahlem, un barrio del Berlín de la antigua República Federal Alemana. El último huésped de esta casa fue Condoleezza Rice, lo que explica los tres vidrios blindados que hay en cada ventana. Nos ofrecen asiento y desayuno, nos muestran la casa de arriba abajo, y nos mencionan que está a la venta. Nos parece una broma que nos ofrezcan una casa de veintidós habitaciones. Para seguir con el chiste, pedimos más detalles de su venta. Nos dicen cuánto cuesta y nos dan el teléfono para pedir más información. Algunos empiezan a mostrar un interés genuino. En ese momento nos dicen que es una broma que le hacen a todos los jurados para poner en evidencia sus pretensiones latifundistas.

Así empezó la deliberación del jurado. Teníamos que repartir siete premios. La conversación nunca llegó a ser conflictiva, pero en algunos casos se calentó: es mucho más fácil dar un premio de Mejor Película que repartir siete. La junta dura unas seis horas. Terminamos agotados pero satisfechos, por sentir que hicimos un buen trabajo en la difícil tarea de dejar a un lado películas bastante buenas. Así es este juego: aunque el proceso sea completamente subjetivo, siempre se trata de ser congruentes con el instante. Premiar las películas “completas”, que formalmente sean buenas, y que subjetivamente sean tan maravillosas que resulte imposible describir el porqué de su genialidad.


17 de febrero

Por fin duermo hasta las doce del día. Me levanto y voy al ensayo de la ceremonia de premiación. Desde que despierto me doy cuenta de que sé un secreto que compartimos sólo diez personas. Debo aceptar que es una sensación de poder sereno, inocente. Es la tónica que me marcó ese sábado hasta el momento de la premiación. Habiendo sobrevivido a la resaca emocional del constante bombardeo de imágenes, estoy convencido de no querer volver a ver una película por un buen rato. Con esta certeza, el día es un tobogán de diversión que dura hasta la madrugada. Dormimos una siesta antes de la ceremonia, para llegar descansados y que no haya excusas de vestimenta. Nos juntamos media hora antes para envalentonarnos con unas botellas de champaña, y aparece un joven actor argentino que me dice que él es quien dobla mi voz en las películas al alemán. Parece que una vez que tu voz es elegida, se queda así de por vida. Así es que mi voz alemana me pide que no deje de trabajar. Le digo que mejor no dependa de ello.

Salimos rumbo a la ceremonia preparándonos para el ritual absurdo de la alfombra roja. En la página 31 están las fotos desde nuestro punto de vista.

La ceremonia es corta, pero la emoción de los ganadores es inmensa. Muchos de ellos sabían que ganaban un premio porque los habían traído de vuelta desde sus países, pero no sabían cuál. Cuando llegó el momento de darle el Oso de Oro a la Mejor Película, el director chino de La boda de Tu-Ya saltó de la emoción y en pocos segundos llegó hasta el escenario acompañado de su actriz principal. Paul Schrader le dio el premio y el director pasó por el ritual de agradecimientos que pocos directores en el mundo han tenido el gusto de vivir. Es una experiencia de felicidad contagiosa. Esa noche cenamos y nos divertimos como pocas veces en nuestras vidas. Conociéndonos y despidiéndonos, esperando que algún día nos volvamos a encontrar en esta situación o en nuestros respectivos países.


18 de febrero

Empaco, crudo, y me voy. De vuelta a México. ~