Judas y las 30 monedas y muchas más | Letras Libres
artículo no publicado

Judas y las 30 monedas y muchas más

La presunta trama de corrupción en la SGAE perjudica una causa necesaria: la defensa de la propiedad intelectual.

Teddy Bautista, que ha sido recientemente apartado de sus funciones como presidente de la Sociedad General de Autores Españoles (SGAE), interpretó, en la versión española de Jesucristo Superstar, protagonizada por Camilo Sesto, una conmoción en los años 70, el papel de Judas, el discípulo que traicionó a Jesús por 30 monedas (que algunos expertos creen que hoy equivaldrían a 50.000 $).


En su intervención estrella en el musical, un solo en el que interpretaba la “Canción de Judas”, pedía a Jesús que no se divinizara y que aceptara, gustoso, su liderazgo terrenal y revolucionario.

Parece ser que en la supuesta trama fraudulenta de muchos millones de euros tejida entre la SGAE y diferentes empresas casi filiales dedicadas al negocio digital, Teddy Bautista ha tenido un papel secundario, o eso al menos indicaría su puesta en libertad, con cargos, tras declarar ante el juez. Pero, sin duda, ha tenido algunos Judas que se han aprovechado de la confianza que les otorgó.

No exculpo a Teddy Bautista y tampoco me voy a lanzar a su yugular antes de que el proceso se resuelva judicialmente. Quizá estos días, en el cuartelillo, se haya acordado de dos versos de la “Canción de Judas”: “Yo temo a la multitud./ El gritar es su virtud.”

Es cierto que la SGAE, en los últimos años, ha estado en el ojo del huracán por su excesivo celo en el cobro de los derechos de autor. Algunos de sus abusos, amparados por los diferentes gobiernos, han sido frenados por Bruselas: el de hoy, el canon digital, que gravaba a los cds y a los dvds vírgenes, que supuso una gran marea crítica y que ahora la ministra de Cultura, Ángeles González Sinde, tendrá que revocar.

También es cierto que el derecho de autor está fuertemente amenazado en España: la piratería, casera o industrial, es salvaje, y las discográficas, los productores, los exhibidores cinematográficos y el gobierno han sido incapaces de pararla.

Es obvio, pero otros países, han sido capaces, al menos, de frenarla: basta usar internet en Estados Unidos para saber que cuando intentas entrar en páginas que vulneran los derechos de autor, aparece el logo del FBI diciéndote que lo tienes crudo.

Y la SGAE, aun con métodos en ocasiones dudosos, se ha empeñado en defender los derechos de autor. Es decir, ha hecho posible que España fuera un país más democrático. Parece tonto explicar que quienes amenazan los derechos fundamentales, y la propiedad lo es, como establece el artículo 33 de la Constitución, es normal que encuentren resistencia entre quienes los defienden.

Desgraciadamente, si la justicia confirma el fraude en la SGAE, los derechos de autor recibirán una nueva y potente patada en el culo, dada, paradójicamente, por quienes decían defenderlos.