Juan Antonio Masolivier Ródenas y Louise Bourgeois | Letras Libres
artículo no publicado

Juan Antonio Masolivier Ródenas y Louise Bourgeois

Como la obra de la artista plástica Louise Bourgeois, la escritura de Juan Antonio Masoliver Ródenas no tiene continuidad, no recorre un trayecto ni despliega un orden. Todo pasa aquí y en otra parte, en un lugar que nos persigue, que ha sido dejado atrás pero que a la vez continúa ahí, palpable y palpitante. En ambos viajamos por mundos al mismo tiempo destruidos y vivos que persisten simultáneos, como una desnutrición perenne, en donde lo que pasó sigue rondando. Estamos en un terreno fangoso y envolvente, que no es otro que el territorio de lo siniestro, un espacio poroso en el que más que leer o ver lo externo tocamos nuestros propios sedimentos y terminamos instalados en un ambiente pegajoso del que ya no es posible escapar.

La escultura en mármol de Carrara llamada “Cúmulo 1”, de Louise Bourgeois, es una pieza delicada y a la vez poderosa, de poco más de un metro cuadrado de superficie y medio de alto, formada por protuberancias de forma cilíndrica a las que cubre a medias un manto. El título se refiere a las nubes del mismo nombre que se levantan en el cielo en volutas irrepetibles y continuas, siempre hacia lo alto. Son unas formas que introducen a quien las observa y se deja llevar por su profusión en un universo imaginativo que se va creando también en nosotros, como las figuras que vemos por la noche en las sombras, o lo que inventamos con lo que vemos. En la escultura de Bourgeois, en un segundo desdoblamiento de significación, lo que en realidad parecen esas formas que surgen del manto blanco es una alucinada proliferación fálica, ninguno monumental, todos incipientes. Ella ha dicho que esa pieza no tiene ninguna connotación sexual, y aunque es difícil aceptar esto viniendo de alguien cuya obra está constituida siempre de elementos cargados emocionalmente de referencias sexuales, tiene una vena de razón. Es como si Masoliver dijera que su obra no trata de penes y de culos, palabras que aparecen en cualquier página que abramos de sus libros. Pues bien, efectivamente, en ninguno de los dos casos se trata de eso. Su presencia constante constituye una señal que, convocada por esas referencias, lleva a otra capa emocional más perturbadora incluso. Uno ve las piezas de Bourgeois o lee los textos de Masoliver, y se da cuenta de que no hay nada más intensamente infantil que el sexo, y nada más intensamente sexual que la infancia. Es interesante pensar que ambos son artistas que abandonaron sus referencias iniciales, es decir su mundo infantil, para irse una a Nueva York y el otro a Londres, y desde ahí regresar obsesivamente a ellas. En ambos la vida no forma una secuencia sino una acumulación, como en los cúmulos. Ambos construyen una obra catastrófica, en el sentido en el que todo se va acumulando, aparentemente sin ton ni son. Esto hace que la experiencia infantil se viva de manera simultánea a todas las demás experiencias de la vida, no ocultando lo real sino afirmándose en ellas.

Una de las últimas obras de Bourgeois es The Waltz of Hands, una serie de esculturas primorosas en Chicago, cuyo molde son sus manos de vieja envolviendo las de su nieto en continuidad y resguardo, y que ella describe como un objeto frágil, a la intemperie, protegido por su propia exposición. Lo mismo sucede en los poemas de Masoliver, que cubren con capas y capas la experiencia acumulada de su vida. No por nada las arañas son figuras que ambos comparten. En un poema de En las rejas del tiempo, Masoliver escribe: “Madre me araña, me rompe los juguetes, padre se va. Yo estoy llorando en el rincón de las arañas. Estoy solo con todos mis hermanos, duermo en el excremento del torrente de los masturbadores, llamo a mi casa abandonada, llamo a la muerte, roto, detrás, sin agua, aullando.” El desgarramiento emocional aflora en una concavidad parecida a la que encierran las patas de las enormes arañas de Bourgeois, a la vez protectoras y monstruosas, cóncavas y simétricas agujas, las patas, suspendidas de una bolsa protectora en lo alto.

El núcleo poderoso de la escritura de Masoliver, cuya imaginería es desbordada, está en la relación protección-desolación, descampado-resguardo que la imagen de la araña propone. Bourgeois dice, por ejemplo, que las arañas son para ella símbolos cálidos. En Masoliver la continua circunvolución de imágenes doloridas hace que los cuerpos y los espacios sean intercambiables y a la vez insustituibles. Por eso, tampoco en su obra es el erotismo el centro de su poesía, como aparece a primera vista, a pesar de tanta profusión de esfínteres, todos tan particulares como intercambiables. Saltan, eso sí, literalmente, a la vista, pero en realidad no son más importantes que las escaleras de madera, las copitas de anís, el bastón del padre y la ropa lavándose de la madre. Su escritura toca experiencias de la niñez, de la sexualidad, de la ternura y del dolor de una manera a la que nadie está acostumbrado a ver por escrito. Y ha tenido que irse acumulando en una obra ya vasta que, dentro de la literatura española, ella misma y sólo ella da las claves de su interpretación. ~

 

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Este texto fue escrito como contribución a la mesa redonda “El mundo de Juan Antonio Masoliver Ródenas” que tuvo lugar en el Instituto Cervantes de Londres. En ella participaron también Paul Preston, Anthony Edkins, Evelyn Fishburn y Nigel Glendinning.