Joris-Karl Huysmans (1848-1907) | Letras Libres
artículo no publicado

Joris-Karl Huysmans (1848-1907)


Observo los retratos que Taponier le sacó a Joris-Karl Huysmans en su estudio fotográfico de la Rue de la Paix, en los últimos años de su vida, que se extinguió hace un siglo, el 11 de mayo de 1907. Posa muy bien Huysmans y resalta el cráneo brilloso. Con temeridad y no sin cierto espanto, la mirada se extiende a lo lejos, hacia un punto remoto. No es para menos. Huysmans, el nieto parisino de un pintor religioso holandés, se asomó a un abismo que no dejaría de tener sus consecuencias dramáticas más allá del fin de siglo: asumir que, “una vez muerto Dios” –tal lo expone la paradoja de Nietzsche–, dejar de ser cristiano era un signo de decadencia pero seguirlo siendo, también. Sólo Huysmans y Oscar Wilde, su lector irlandés, lograron cruzar, sin caer en la bufonería, la frontera de la religiosidad hipersensible, la erotomanía, el satanismo y la esoteria. Wilde, se sabe, escogió el destierro, ese honor del deshonor que le sirvió, tras la cárcel, para comprobar en París que lord Alfred Douglas, el señorito ante el Altísimo, no valía tan infernal ordalía. A Huysmans, tras publicar À rebours (1884), le fue propuesta por Barbey d’Aurevilly la alternativa entre la pistola y la cruz. Se conoce que escogió la conversión al catolicismo y que nos la narró, con lujo de detalles, en la tetralogía conocida como Le roman de Durtal, que incluye Là-bas (1891), En route (1895), La cathédrale (1898) y LOblat (1903).

La conversión de Huysmans fue un acontecimiento que fascinó al tout-Paris (que entonces valía por el mundo entero). Pero más que hacerse la pregunta sobre la sinceridad del converso, pregunta un tanto inútil o al menos retórica, dado que se trata de una puesta en escena y de un actor, cabe destacar que tras la elección de Huysmans había algo más de lo que podía sospechar el buen Barbey. Tras esa cruz que decide cargar Huysmans a partir de 1891 viene toda una procesión que cruzará buena parte de los tiempos contemporáneos, de Céline (el verdadero heredero de Zola) a la última película de Stanley Kubrick, pasando por el surrealismo, una misma misa negra que reúne a los frívolos, los réprobos, los toxicómanos: Occidente y sus herejías. Sin Huysmans no hay culto al abominable Gilles de Rais, mariscal de Francia que protagonizará la versión multitudinaria y papista del culto ilustrado y un tanto mecánico que recibió el marqués de Sade. De Huysmans se desprenden Georges Bataille (quien encontró en Là-Bas la llave de su obra) y Maurice Blanchot, pero también está en el origen de la otra rama, la de los fríos, la de los desencantados, los orfebres de la escritura.

Huysmans nunca fue un dandi. Ocupó, desde 1866 hasta mediados de los años noventa, un cargo menor en el Ministerio del Interior, una perfecta y rutinaria torre de marfil para un hombre sin fortuna como él, posición que, además, le proporcionará una “charola” para merodear con alguna impunidad por los bajos fondos –buen naturalista que, libreta en mano, se entrevista con prostitutas y criminales. Pero lo que más me gusta de Huysmans son los personajes. Des Esseintes, sin duda, y otro menor que aparece en Là-bas, el campanero Carhaix.

Hombre de instituciones, el autor de À rebours es un escritor burócrata que se vuelve hombre de iglesia y en 1900 toma los hábitos del oblato, la más pequeñoburguesa de las afiliaciones monásticas. Movilizado en 1870, Huysmans queda involuntariamente como desertor, como en 1884 se convertirá, adrede, en el gran desertor del naturalismo. Traicionando a Émile Zola y a sus amigos, Huysmans divide al naturalismo desde la derecha y se lleva al bando enemigo buena parte de los códigos confidenciales y los planos secretos de la escuela, armas y bagaje. Por el lado de Huysmans se van agregando los peores: los ultramontanos, los antisemitas, los anti-dreyfussards, quienes formarán en el siguiente siglo la Acción Francesa y los Camelots du Roi. Pero Huysmans rebrotará en la izquierda: en el Antoine Roquentin de La náusea (1938).

Desde 1830, cuando los escritores católicos franceses se ven obligados a salir a defenderse ante la opinión pública, ser católico será la mejor manera (y la más efectiva) de oponerse, de nadar a contracorriente. El catolicismo, cuando en el cambio de siglo las conversiones son una moda y una plaga, es el irredentismo (y la obra de arte) al alcance de la mano de cualquiera de los antiguos súbditos inconformes con ser ciudadanos. En la Francia de 1900, convulsionada por las victorias del laicismo, ese catolicismo también es una comodidad, una armadura valiosísima, un formidable instrumento de autoridad. Subidos en la roca de un dogma, aquellos conversos preservan la mundanidad para la Iglesia, le allegan celebridades, la inmunizan intelectualmente.1 Pero véase lo que dice el abate Mugnier, quien convirtió a Huysmans y lo acompañó a Chartres, muchas veces, y en una ocasión a visitar los parajes católicos de la vieja Alemania. El abate adoraba a Huysmans, le franqueó las puertas de sus retiros espirituales en la Trapa de Igny y en Solesmes, y dispuso de su seco olfato literario para defenderlo y promoverlo. Pero Mugnier, quien veló al novelista con el hábito de la oblatura, acabará aborreciendo, en los años canallas que preceden a la Segunda Guerra Mundial, a aquellos que, en la imitación de Huysmans, encarnaban el catolicismo sin el cristianismo.

Excepción hecha de À rebours, la obra de Huysmans es una sola y toda ella proviene, debe decirse, de Baudelaire, y ni siquiera de todo Baudelaire sino de los Fusées y de algunas entradas de los Journaux intimes. El naturalismo, lo demostrará él mismo, cabe en el catolicismo como el satanismo cabe en la Iglesia de Roma. Los novelones documentales que protagoniza Durtal, su doble literario, fascinan o repugnan al estudiar la catedral de Chartres o el canto gregoriano con la minucia que Zola, describiendo el mercado de Les Halles, le enseñó.

El arte de novelar, en Huysmans, sufre un retroceso, la imaginación sale de la escenografía para consentir la devoción, a la vez exquisita y comercial, de los conversos. Pero si se trata de dinamitar la obra de Huysmans y convertir a su personaje en un cadáver insepulto, más vale recurrir a su ex amigo Léon Bloy. ¡Lechos sulfurosos!: Huysmans y Bloy y Barbey compartieron una amante, Henriette Maillat, intercesora habituada a los satanistas...2 En el duelo a muerte entre quién es el más converso de los convertidos, Bloy lo condena como un escritor sin ideas, el pretencioso rey del adverbio, y exhibe su francés (que a quienes lo hemos aprendido tarde y a trompicones nos parece sublime) como una lengua corrompida por la afectación y la pedantería.

En el antimoderno Huysmans hay muchísima más modernidad de la que este difusor militante del impresionismo y quejumbroso enemigo de la torre Eiffel habría estado dispuesto a admitir. Y es asombrosa, finalmente, la relectura de À rebours, uno de esos libros clásicos que salvan la obra entera de escritores que, como Huysmans, no fueron del todo grandes. Des Esseintes, el robot, el último salvaje que parió una vieja civilización enferma de los nervios, es uno de los grandes personajes de la literatura universal. Decía Rémy de Gourmont que Des Esseintes es el último avatar del solitario y melancólico René, pero que, así como no se puede cruzar del siglo XVIII al XIX sin pasar por el jardín de Chateaubriand, es imposible ir del XIX al XX sin detenerse en À rebours. Le escribió Mallarmé a Huysmans una carta en la que le decía que el desalojo de Des Esseintes de su refugio de Fontenay, cuando el dandi es derrotado, era la suprema tragedia. Se afirma que MonsieurTeste, de Valéry, es el anti-Des Esseintes. No lo creo. El dandi que lee la baja literatura latina como Madame Bovary novelas sentimentales y el Quijote libros de caballería, es el personaje absoluto. Y el no viaje de Des Esseintes a Londres podría ser una imagen capital para aquel que se conciba como posmoderno. Si es cierto que nunca hubo en la historia una civilización más antinatural que la nuestra, Des Esseintes, conectado a la inteligencia artificial, es nuestro contemporáneo. ~


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1 Philippe Brunel, “Huysmans et Barbey d’Aurevilly: I’etalon catholique” en Huysmans, Cahiers de I’Herne, París, 1985.
2 La mejor biografía de Huysmans sigue siendo la de su traductor al inglés, el precozmente fallecido Robert Baldick: The Life of J. K. Huysmans, Londres, Dedalus, 1975. También puede consultarse, de Patrice Locmant, J. K. Huysmans, Le forcat de la vie, (París, Bartillar, 2007), una monografía de pretensiones modestas.