Jan Morris: El viaje esforzado | Letras Libres
artículo no publicado

Jan Morris: El viaje esforzado

 

Viajar –como ser– es esforzarse. James Morris quizá lo descubrió en su juventud, cuando estudiaba en Oxford o cuando servía en la Inteligencia Británica durante la segunda guerra mundial (Italia, Egipto y Palestina), o después, cuando se casó y tuvo cinco hijos, o cuando subió hasta el Campamento IV del Everest en 1953, o cuando ocupaba el cargo de subeditor de asuntos internacionales de The Times, hasta 1956. O quizá más tarde, cuando comenzó a viajar y a escribir de manera independiente. La profesionalización (el esfuerzo intelectual por producir discurso) dio lugar, entre otros títulos, a un Coast to Coast (1956) por los Estados Unidos, a un libro sobre Oriente Medio –The Market of Seleukia (1957)– y a dos sobre África –South African Winter (1958) y The Hashemite Kings (1959). Su siguiente libro, Venecia (1960; Península, 2002), la consagró internacionalmente como lectora urbana y en movimiento. A los treinta y siete años, esto es, en 1963, publicó Cities (1963), un ensayo con las setenta ciudades más importantes del globo como escenario del yo. Por tanto, a los treinta y siete años ya había dado, de un modo u otro, la vuelta al mundo. Varias veces.

Soy consciente de que a la mitad del primer párrafo he cambiado del “él” al “ella”, en un movimiento parecido al que realiza Morris en sus textos, siempre entre la primera y la tercera persona. En uno de los textos clave de Un mundo escrito (1950-2000), publicado en 2007 por RBA, titulado “Casablanca: cambio de sexo”, ella ha narrado mejor que nadie cómo dejó de ser él: “era la última ciudad que vería como hombre [...] fui a despedirme de mí ante el espejo [...] Me pareció que en general seguía con vida y salud, con el sexo cambiado en Casablanca“. A ese proceso, que demuestra que tanto la identidad (altamente inestable) como el cuerpo (dos tercios de agua) son líquidos, que sólo nuestros esfuerzos múltiples solidifican para hacerla soportable, dedicó el volumen Conunbrum (1974), que se centra en su propia metamorfosis, que –como todas–, no fue instantánea, sino el resultado de una década de tratamiento hormonal. Que la operación final se hiciera en Casablanca no deja de ser revelador. Marruecos es la tierra de todos y de nadie para los viajeros del siglo XX. Y Morris tuvo que dejar, también, su huella personal y literaria sobre ella.

Enumerar todas las huellas textuales, toda la bibliografía de Morris –más de treinta títulos– ocuparía todos los caracteres de esta semblanza. A sus libros de viaje y a sus retratos metropolitanos hay que añadirles sobre todo la trilogía Pax Britannica (1973-1978), radiografía del Imperio pergeñada mediante un híbrido de crónica e historia, periodismo y antropología cultural. Como ocurre habitualmente en la cultura anglosajona, la producción literaria siempre ha estado acompañada en su caso de una presencia tanto en las librerías como en las páginas de revistas con espacio para el reportaje extenso, de aliento literario. Colaboradora de Rolling Stone, The Times Literary Supplement, Esquire o el New York Times, escritora global, ningún rincón del planeta le es exótico. Quizá en el magma de su obra podríamos destacar algunas líneas maestras que la cohesionan: Europa como problema (y Venecia y Trieste como enigmas que quizá lo resolverían); lo urbano y su carga tradicional en un mundo globalizado; y Gales (hogar y destino, lengua e historia). No conozco a ningún otro cosmopolita que sea también nacionalista.

Esa dirección de lectura se podría ejemplificar –en orden inverso– en tres de sus últimos libros. La casa de una escritora en Gales (2001; RBA, 2002) se centra en Trefan Morys, el lugar donde vive Morris entre viaje y viaje, el mismo donde su familia ha habitado durante generaciones, para a partir de él, hablar de qué significa ser galés. El yo, la familia, la comunidad: esos son los niveles de comprensión de “la patria”. Por su lado, Europe. An intimate journey (1997) evidencia desde el título cómo la escritora ha construido un vasto espacio personal mediante las sucesivas visitas, que son reescrituras sucesivas. El prólogo y el epílogo de ese periplo por la historia europea, que lo es por la autobiografía de una de las personas que mejor conocen el continente, se sitúan –no podría ser de otro modo– en Trieste. Por último, Un mundo escrito amplía el campo de acción y de batalla y de esfuerzo. La vida es el mundo. Lo real interactúa con lo íntimo, pero es analizado desde una perspectiva profesional: “Pocas veces me impliqué a fondo en los asuntos que describe este libro. Me mantengo al margen por naturaleza, observo por profesión, me atrae la soledad y me he pasado la vida mirando cosas y hechos y analizando su efecto en mi sensibilidad concreta”.

Morris tiene ahora 82 años, nueve nietos, la misma mujer con la que se casó tras la Segunda Guerra Mundial, un hogar literaturizado, una obra sólida admirada por –entre muchos otros y por citar viajeros– Chatwin, Thubron y Theroux, el recuerdo del mal después del mal (estuvo en el juicio a Eichmann) y del mito antes del mito (conoció al ministro Guevara) y, quizá, sobre todo, parte de la memoria del siglo XX, esforzadamente expresada en libros de viajes y en libros de historia, itinerarios una y otra vez reescritos, corrientes líquidas solidificadas en libros, para que puedan ser leídas. ~