Ismael Grasa antes de que anochezca | Letras Libres
artículo no publicado

Ismael Grasa antes de que anochezca

Una ilusión, de Ismael Grasa, es una autobiografía fragmentaria y un libro de experiencias y aventuras. 

Uno de los títulos alternativos que el escritor Félix Romeo propuso para La flecha en el aire (Debate, 2011), donde Ismael Grasa habla de su experiencia como profesor de filosofía en un centro de enseñanza secundaria, era Mundo sublunar. He recordado ese sintagma al leer Una ilusión (Xordica, 2016), un libro que se puede interpretar como una autobiografía fragmentaria a través de los lugares donde ha vivido el autor. Grasa habla del colegio donde estudió en Huesca, de los pisos que compartió en Madrid y que ha habitado en Zaragoza, de algunos espacios que ha frecuentado como redacciones o balnearios. Los lugares importan, pero importa más la gente que conocemos en ellos y la influencia que ejerce sobre nosotros.

Una ilusión establece un curioso diálogo con otros libros de Ismael Grasa: habla de cómo escribió algunas de sus obras (como De Madrid al cielo), cuenta episodios que le sucedieron en China cuando fue profesor de español (una estancia que fue la base de Días en China), hay paralelismos con la novela Brindis, con la atmósfera inquietante y algunos escenarios de los relatos de Trescientos días de sol y El jardín, o con el ensayo La flecha en el aire: “El profesor de filosofía se ve en el trance de tener que representar la libertad y a la vez el reglamento, cierta locura y a un tiempo la cosa más seria con la que los estudiantes han de vérselas en el mundo”. Como en esas obras, accedemos a un mundo mental singular, expuesto con naturalidad, elegancia y la precisión de un buen poema o un gran monólogo cómico.

Escribe: “Quizá a los norteamericanos la ciencia ficción les permitiese viajar a otros universos, pero se puede decir que adonde nos llevaba a nosotros era a Norteamérica”. “La adolescencia es un periodo de mi vida que, en general, recuerdo con vergüenza”, dice en “Prosélito”, donde cuenta cómo fue captado por el Opus Dei en su juventud.

Es un libro intensamente mental pero también profundamente físico. No solo por los espacios, sino sobre todo por el tacto, por hacer cosas con las manos, por la forma de relacionarse con la naturaleza. Uno de los temas del libro es la arquitectura, presente en muchas variantes pero siempre vinculada con una idea general, aplicable a la cultura, cívica y casi romana, que recorre la obra de Grasa: la idea de hacer habitable el mundo.

La cultura también forma de parte de esa idea, y también el desarrollo de la vocación de la escritura. Leer y escribir son dos ejes del libro y también son actividades físicas.

Leer es algo de una gran dificultad. Porque siempre hay cosas por hacer, y cosas por leer, y me refiero ahora a obligaciones o a aquellas lecturas de las que podríamos perfectamente prescindir. Leer requiere una postura física y salud. En ocasiones exige ir muy lejos, llevar a cabo una gran peripecia. Hay que cerrar entonces las vías de viaje y estar dispuestos a dejar de ver otras cosas y a desatender las personas que nos rodean -aunque desatender, en este sentido, es también un modo de educar.

Grasa escribe de personas que han sido importantes en su vida. Esos encuentros, que son excursiones a novelas esbozadas, le han mostrado ambientes y oficios.

A veces se insiste en que el oficio de escritor va ligado principalmente a la soledad, cuando lo cierto es que hacerse escritor tiene mucho que ver con estar junto a otros escritores, con el hecho de haberlos tenido en la familia o de haber vivido con alguno de ellos, como me sucedió a mí. Creo que no siempre se repara en que escribir tiene una relación directa con el hecho de haber visto escribir. Porque escribir, como el silencio que acompaña esta actividad, es primeramente algo físico, es una postura, un modo de disponer la columna vertebral, por así decirlo. Y es un clima previo, cierta clase de conversación mantenida.

Entre los personajes de los que habla destacan el pintor Pepe Cerdá, el periodista José Ángel García Longás o el escritor Javier Tomeo. El carácter de hombre de acción de Cerdá (“un hombre inteligente que, a su vez, daba la impresión de no poner distancia entre él y las cosas”), el mundo de periodismo picaresco de Longás o el surrealismo innato, invasor y tierno de Tomeo le educan y le inspiran páginas brillantes, pero hay dos elementos decisivos que aparecen de manera más pudorosa y casi elíptica: por un lado, una relación de pareja y complicidad; por otro, el influjo y la pérdida del escritor Félix Romeo. El luto se cuenta casi en elipsis, en un capítulo sobre la investigación de la obra de la poeta Sol Acín, que tiene interés por lo que cuenta literalmente pero también por la ausencia a la que alude. Y el recuerdo aparece también al final del libro. Las desapariciones y la sensación de paso del tiempo -que transmite con precisión el capítulo familiar de Blecua, “El fin del esnobismo”- dan peso a Una ilusión, el relato de aprendizaje de alguien que confiesa que “durante un periodo largo de mi vida he tendido a ser antes escudero que caballero”. Naturalmente ya no.

Hay en el libro una sorpresa en lo cotidiano, un extrañamiento, y al mismo tiempo una aceptación paulatina del mundo y de uno mismo. A veces hay una especie de incomodidad, de percepción agudísima, que me recuerda a Coetzee o al Julián Rodríguez de Cultivos. Pero, si en ellos hay una cierta angustia neurótica, Una ilusión (y es un viaje que está en otros libros del autor) hace las paces con la propia rareza, sin convertirla en un trauma o un fetiche. Ese trayecto tiene un componente íntimo, de un racionalismo que no excluye la autoparodia, sobre la conquista de la libertad. Conserva la riqueza de observación de Grasa, capaz de detectar elementos siniestros o deslumbrantes en algo que a menudo damos por sentado, pero eso no es un obstáculo para lo que quizá sea el gran tema de este libro: participar.

Una ilusión, con un tono relajado y maduro que en ocasiones hace pensar en Montaigne, se podría describir como un libro de experiencias, pero quizá se pueda definir de forma más precisa como un libro de aventuras: “En el fondo, nuestra única obligación en el mundo es vivir un poco, no resistirse a que sucedan ciertas cosas, cierta clase de movimiento”, señala el autor. O, como escribió Félix Romeo en un texto que cita Grasa en el capítulo que cierra el libro:

Damos una vuelta completa a la cruz de tres tramos que preside la plaza para intentar comprender los sentimientos, y los motivos, de quien elige apartarse del mundo. Durante un instante los comprendemos, pero enseguida nos damos cuenta de que es solo una ilusión. Tenemos que volver a hacer el camino, a subir y a bajar. Para regresar, antes de que anochezca.

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