Islas y casi islas 2 | Letras Libres
artículo no publicado

Islas y casi islas 2

Movimiento perpetuo

en homenaje a TM

Hay tres temas; el amor, la muerte y las islas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las islas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres. Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la isla. La sigo teniendo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa prácticamente infinita. La isla invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la isla.

Coney Island of the mind

Lo breve, si bueno, dos veces breve. Deborah Solomon, biógrafa de Joseph Cornell, escribió un libro de cuatrocientas páginas para demostrar lo mismo que dice en su prólogo acerca del artista: “Su vida fue menos una historia que una situación extraña”.

El poeta Charles Simic escribió un libro de miniaturas o brevedades que buscan algo, conexiones sugerentes, cruces indeterminados entre la vida de Cornell y su obra, entre su vida y el arte, entre la vida y la muerte, por ejemplo.

Un personaje, retraído hasta el patetismo, a quien las circunstancias (un sótano, una madre castrante, un hermano impedido, un empleo) dificultan o favorecen, quién sabe, su precaria condición de artista. Poesía, lecturas de autores franceses, escritura de un diario, recorridos en trenes suburbanos con la mirada puesta en la macroscópica nada. Gestos inexplicables, casi absurdos, como haber atesorado toda la vida una tarjeta con el nombre de una joven mujer (Anne H.) de quien, después de una única e intrascendente cita para almorzar, no volvió a saberse absolutamente nada.

Ese libro sobre la historia de la situación extraña en que inevitablemente se convierte cualquier vida lo escribimos todos.

La isla que cambia de forma

Poco más de cien millas de mar Atlántico separan a Sable Island, o la Isla de Arena, de las playas de Nueva Escocia. En las elecciones del año 2006 votó el cien por ciento de su población, seis ariscos ciudadanos de una minúscula y torrencial república de viento. Pequeña, casi insignificante junto a sus hermanas las grandes islas atlánticas, posee un largo historial de naufragios y accidentes marítimos provocados por sus engañosos fondeaderos y por los feroces vientos que azotan sobre sus costas los trescientos sesenta y cinco días del año. La isla es en sí un alargado y serpenteante banco de arenas movedizas. Es la hendidura, la señal de algo más hondo, que aparece sobre el sólido fondo azul de una fotografía satelital. La miro como si se tratara de un ideograma, realizado con exquisita llaneza y disimulada facilidad de trazo. Desprovisto de la ecuanimidad y la firmeza requeridas en el riguroso arte de escribir dibujando, necesitaría para empezar una capacidad de concentración y disciplina que ya no tengo; ser, de alguna manera, quien antes fui y no me interesaría volver a ser, excepto si fuera distinto, para empezar a escribir en forma ilusoriamente sencilla y ligera sobre los pocos rasgos esenciales que definen a la Isla de Arena; algo sobre sus treinta y dos kilómetros de largo y sus apenas tres de ancho, sus dos faros benefactores y su muy preciada estación de observación meteorológica; etcétera.

Soy una piedra

para vl

Ni hoy ni ayer he estado muy original. Escucho en mi sala la clásica canción de Simon & Garfunkel cuya evidente conclusión es “I am an island”.

Tengo, dice el dueto de robinsones en 1965, mis libros y mi poesía para protegerme; escondido en mi cuarto, a salvo en mi propio claustro. No toco a nadie ni nadie me toca. Una piedra no siente dolor; y una isla no llora nunca.

Una canción que me gusta pero en la que no creo ni quisiera creer. Las islas lloran y se hacen preguntas perturbadoras e incómodas, escabrosas como un desordenado montón de piedras. Por ejemplo el escritor Germán Yanke, autor de un extrañísimo libro de prosas insulares y bastardas titulado Ciudad sumergida: “Leo y leo. Bilbao está ahí fuera. ¿Dónde vivo realmente?”

¿Y tú, y yo: dónde vivimos realmente?

- Bruno H. Piché