Islas y casi islas 1 | Letras Libres
artículo no publicado

Islas y casi islas 1

Gunkanjima

Quien logre detenerse en el momento decisivo y observe algunas de las fotografías que hizo Yuji Saiga en Gunkanjima, frente a las costas occidentales de Japón, confirmará una proposición formulada desde el corazón desde las islas británicas: “Nada puede parecerse más a un barco que una isla” (Guillermo Cabrera Infante). Gunkanjima, antes llamada Hashima, es conocida también como la Isla Acorazada. Su peculiar historia se remonta a los inicios de la revolución industrial en Japón y a la explotación de sus minas de carbón en las últimas décadas del siglo XIX. Con el paso del tiempo se convierte en un laboratorio de vivienda masiva. En 1916 se construyen en la isla los primeros edificios multifamiliares, que alojan a más de cinco mil habitantes en una superficie de un kilómetro cuadrado. En algún momento, Gunkanjima fue la isla más densamente poblada del planeta, hasta que en 1974 es abandonada abruptamente en cuestión de meses, casi como si la peste se hubiera abatido salvajemente sobre ella.

Vistas de cierta manera, las imágenes de Yuji Saiga tienen algo de apocalíptico, podrían ilustrar la experiencia del exterminio y la guerra total que los japoneses conocieron de primera mano el mes de agosto de 1945. Su autor habla de la isla de la muerte, el mar de la vida y el muro que divide a ambos. Todo eso está ahí en su vastedad, en las fotografías panorámicas que muestran a las olas estampándose en los erosionados bordos de concreto de la isla, o aquellas otras que la muestran en aguas completamente apaciguadas, casi inertes, como flotando en un mar de mercurio.

Acaso más mundana resulta la serie sobre objetos ordinarios —un ventilador, una jaula de pájaros, algunas herramientas de trabajo, innumerables recipientes y botellas— dejados a su suerte por los habitantes de Gunkanjima a la hora de partir. Pareciera que estas fotografías cumplen el propósito más bien prosaico de levantar un registro de objetos de la vida cotidiana que permanecen en una forma radical de abandono: siguen ahí, acomodados tal como los dejaron sus dueños justo en el momento que comienza el éxodo. La herrumbre y el polvo se han apoderado de ellos, y sin embargo siguen emanando una cierta fuerza, una porción sobrante del élan vital de sus antiguos poseedores. Algo de vida les queda. No serán nunca reliquias ni vestigios de alguna civilización extinta. No sé por qué, pero esas fotografías de artefactos y cacharros y trastos viejos —porque al final no son otra cosa— me recuerdan a Joseph Cornell en sus recorridos por otra isla, la ciudad de Nueva York, expurgando envoltorios y baúles en busca de estampas, muñecos, relojes descompuestos y otros despojos de la humanidad que encontrarán una nueva vida en las cajas y collages que el artista va armando en su solitaria aventura de náufrago urbano.

- Bruno H. Piché