Isaiah Berlín. Una impresión personal | Letras Libres
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Isaiah Berlín. Una impresión personal



Isaiah Berlin fue uno de los hombres más destacados de su época, y uno de los principales pensadores liberales del siglo XX. Filósofo, teórico político, historiador de las ideas; ruso, judío, británico; ensayista, crítico, maestro; era un hombre de formidable poderío intelectual con un raro don para entender un amplio rango de motivos, esperanzas y miedos humanos, y una prodigiosamente enérgica capacidad para el disfrute de la vida, de la gente en toda su diversidad, en sus ideas e idiosincrasias, de la literatura, de la música, del arte.

Su defensa y el refinamiento de lo que consideraba como la más esencial concepción de la libertad alcanzó un estatus de clásico, y la presencia y carácter de este concepto en el pensamiento moderno se debe en gran medida a él. También identificó y desarrolló, con mucha originalidad, la visión pluralista de los máximos ideales humanos en los que basaba su postura liberal, y que, de igual manera, merece quedar hondamente grabada en nuestra perspectiva. En contraste con la mayor parte de las ideologías y credos que ha creado la humanidad, Berlin argumentaba que no es posible llevar a cabo el conjunto de todos los valores en una vida, o en una sola sociedad o período histórico, y que muchos ideales no pueden siquiera ser medidos con la misma escala; de modo que no puede haber una única clasificación objetiva de fines, ni tampoco establecerse un único conjunto de principios según los cuales vivir.

De esto se desprende no sólo que la gente debe ser libre (dentro de los cruciales pero bastante amplios límites establecidos por las necesidades de la misma humanidad), tanto de manera individual como colectiva, de asumir como guía sus propias prioridades y visiones de la vida; sino también, quizá de modo más radical, que una sociedad perfecta y sin fricciones, no nada más es imposible en la práctica, sino que, en principio, es incoherente como ideal. Este tipo de conclusiones hoy pueden parecerle poco sorprendentes a algunos, pero esto, como sostenía Berlin, es un avance más reciente, menos generalizado y menos seguro de lo que podría suponerse; es también una idea benéfica, y puede atribuírsele en parte.

Al igual que otros grandes hombres, Berlin fue un magnífico catalizador. Quienes tuvieron la fortuna de conocerlo pueden atestiguar cuán increíblemente positiva, cálida y enriquecedora era la experiencia de disfrutar de su compañía y escuchar el torrente incontenible de su cautivadora charla. Era legendario como conversador tanto por su imitable dicción, rápida y de sílabas comidas, como por su inimitable alcance: era amplia y sorprendentemente leído en un buen número de idiomas, conocía (e influenció profundamente) a muchos hombres y mujeres notables en Inglaterra y el resto del mundo, y salpicaba sus conversaciones y escritos con una impresionante cascada de nombres. (No se trataba de una mención presuntuosa de sus conocidos: los nombres eran una abreviatura de las ideas de sus portadores.)

Aunque pasó toda su vida profesional, salvo el tiempo en que sirvió en el ejército, como académico en Oxford, nunca tuvo una mentalidad pueblerina, y se movía con igual soltura en los diversos mundos que habitaba, muchas veces de manera simultánea, sobreviviendo día tras día, sin flaquear, a una extenuante agenda de compromisos y distracciones. Dio conferencias a distinguidas y cultas audiencias en muchos países, y charlas para sociedades estudiantiles (no solamente en Oxford), institutos universitarios y preparatorias, y donó generosamente su tiempo a un número siempre creciente de solicitantes: ex alumnos con problemas, especialistas en su obra, desconocidos que buscaban su ayuda o consejo en relación con proyectos propios. Se le escuchaba con frecuencia en la radio, especialmente en el Third Programme,1 y concedió numerosas entrevistas, en especial a periodistas extranjeros. En verdad disfrutaba de lo que otros habrían percibido como presiones intolerables y, aunque era perfectamente serio cuando la ocasión lo demandaba, rodeaba de una aura de diversión, a veces de picardía, todo lo que emprendía.

No era, ni habría querido ser, ningún santo, pero era un buen hombre, con pies del mejor barro, y poseía en abundancia lo que en otros definía como “encanto moral”. Este último atributo resultaba particularmente sorprendente en su manera de platicar, que podía desconcertar a quienes no estaban familiarizados con ella. No se aferraba a sus puntos de vista, sino que se ponía cómodo, miraba hacia arriba y seguía el hilo de su pensamiento adonde quiera que fuese, con felices digresiones, y digresiones de las digresiones, y, sin más ni más, retomaba el asunto de sus anteriores afirmaciones, o cambiaba de tema, ajeno en apariencia a lo que su interlocutor pudiera decir mientras tanto, incluso por un lapso considerable.

Este tipo de conducta podría parecer de mala educación en otras personas, pero de su parte era algo muy natural, y era una muestra de su concentración mental en el tema, por el que se dejaba llevar casi juguetonamente, a veces en extrañas direcciones. Si bien hablar con él era un desafío para la mente, podía volverse molesto si uno quería resolver algún problema y llegar a una conclusión clara, y no siempre escuchaba con atención, a veces debido a que tenía una idea bastante acertada de lo que la persona iba a decir antes de que lo enunciara.

No era muy afecto a (ni tenía mucha habilidad para) los juegos de palabras puramente verbales, pero su ingenio, en el sentido más amplio, no tenía paralelo. Podía ser asombrosamente rápido pescando las cosas al vuelo, e igual de veloz para ofrecer una respuesta iluminadora. Su honestidad reconfortaba y, para un hombre de su generación, era inusualmente abierto: por comparación, hacía parecer malvada y antivitalista la obsesiva circunspección de algunos miembros del establishment en Oxford. Los chismes y anécdotas abundaban, pero despojados de malevolencia: de hecho, era prácticamente incapaz de lanzar indirectas, y no buscaba ganar puntos. Incluso cuando expresaba un punto de vista desfavorable acerca de alguien, podía parecer más un movimiento en un juego que un juicio condenatorio: le encantaba clasificar a la gente, y dividirla en tipos; entre los más conocidos, erizos y zorros. Los primeros eran los que propugnaban por una visión única y que lo abarcara todo, en oposición con los que son más receptivos a la diversidad. En realidad, su inclinación por crear categorías con desenfado era una manifestación informal de su habilidad para extraer y sacar a la luz la esencia de una persona o de un escritor oscuro.

Como conferencista, tenía un completo dominio de su material, y era fascinante escucharlo (por fortuna, muchas de sus conferencias fueron grabadas, y ahora se pueden oír en el National Sound Archive en Londres2). Era consciente de su judeidad, pero no de manera acartonada, y fue sionista toda su vida: su papel en la creación del Estado de Israel fue significativo. Fue director de Covent Garden y devoto aficionado a la ópera; miembro del consejo de administración de la National Gallery. No le faltaron reconocimientos –fue nombrado caballero, recibió la Orden del Mérito, numerosos doctorados honorarios, la cátedra Mellon, la presidencia de la Academia Británica, los premios Jerusalén, Erasmus, Agnelli y Lippincott– pero siempre protestó porque recibía más de los que le tocaban, y decía que sus logros eran sistemáticamente sobrevalorados. Era todo un personaje, totalmente sui géneris, un fenómeno, insustituible.

Isaiah Mendélevich Berlin nació en 1909 en Riga, la futura capital de Latvia, que entonces estaba bajo el dominio ruso, hijo de padres judíos que hablaban ruso. Su padre, Méndel, tenía un aserradero (que, principalmente, proveía de durmientes a los ferrocarriles rusos); su madre, Marie, era una mujer culta y vivaz, entusiasta de las artes, que transmitió todo ese interés artístico a su único hijo sobreviviente, cuyo particular amor por la música, sobre todo, aunque no exclusivamente por la ópera, fue un hilo conductor de profunda y creciente importancia para él, desde su infancia y en adelante.

En 1915 el ejército alemán cercaba Riga, y los Berlin se fueron a vivir a Rusia. Al inicio vivieron en Andreápol, luego, desde 1917, en Petrogrado, donde en aquel año Isaiah fue testigo tanto de la Revolución socialdemócrata como de la bolchevique. En cierta ocasión vio a un hombre lívido, aterrorizado, que era arrastrado y pateado en la calle por una turba enardecida; fue una experiencia formativa que le produjo un indeleble rechazo de toda forma de violencia.

En 1920 la familia Berlin regresó a Riga, bajo un tratado con los comunistas, y Méndel decidió mudarse a Inglaterra, donde tenía amigos y contactos de negocios. Llegaron a principios de 1921 y vivieron primero en Surbiton, luego en Londres, específicamente en Kensington y, unos años más tarde, en Hampstead. Después de la escuela primaria, Isaiah entró a St. Paul’s y, sin perder nunca el contacto con sus identidades rusa y judía, emprendió un proceso continuo de anglicanización que le permitió convertirse en una figura prominente en la cultura inglesa de su tiempo.

En 1928 entró al Corpus Christi College en Oxford. Obtuvo las mejores calificaciones al titularse en estudios clásicos y PPE3 en 1931 y 1932. Luego lo entrevistaron (sin éxito) para trabajar en el Manchester Guardian y se preparó para ejercer la abogacía; pero Richard Crossman, entonces catedrático en el New College, le dio su primer puesto, como maestro de filosofía. Poco después obtuvo una beca en All Souls, que recibió mientras seguía enseñando, hasta 1938, cuando se convirtió en miembro de la junta rectora del New College. Fue durante esa primera temporada en All Souls que escribió su brillante estudio biográfico sobre Marx para la Home University Library (Karl Marx: His Life and Environment, 1939): irónicamente, no era, para nada, la primera opción del editor de la serie para ese trabajo.

En los primeros años de la Segunda Guerra Mundial Berlin continuó dando clases. Luego, en 1941, fue enviado a Nueva York por el Ministerio de Información. En 1942 lo transfirieron a la embajada británica en Washington, dc, en donde trabajó hasta 1946 (salvo algunos meses que pasó en Moscú), como jefe de un equipo encargado de reportar el cambiante ánimo político de Estados Unidos. Los reportes enviados desde Washington hasta Whitehall, no con su firma pero en su mayor parte redactados por él, llamaron la atención de Winston Churchill, y se volvieron famosos por su agudeza; una selección (Washington Dispatches 1941-1945, editada por H.G. Nicholas) se publicó en 1981.

Berlin escribió atractivos textos sobre algunos aspectos de aquellos años: en particular, sus descripciones de los encuentros que sostuvo en Rusia con Borís Pasternak, Anna Ajmátova y otros escritores, son muy conmovedoras. Su encuentro con Ajmátova tuvo un efecto especialmente profundo en él; y los muchos pasajes que aluden a Berlin en los poemas de la autora rusa testimonian lo muy importante que era para ella también. “No será un amando esposo para mí/ Pero lo que logremos, él y yo,/ Cambiará las cosas en el siglo XX”: estaba convencida de que había una relación directa entre la reacción de Stalin a su encuentro en 1945 y el comienzo de la Guerra Fría en 1946.

Al final de la guerra, Berlin decidió que quería abandonar la filosofía en favor de la historia de las ideas, “un campo de estudio en el que uno puede esperar saber más al final de la propia vida que cuando uno comienza a adentrarse en él”. En 1950, con esto en mente, regresó a All Souls, donde en 1957 fue electo para la cátedra Chichele de teoría política y social como sucesor de G.D.H. Cole. Su conferencia inaugural, Dos conceptos de libertad, es una de sus obras más conocidas, y, ciertamente, la más influyente. En ella, con gran pasión y sutileza, se pronuncia en favor de la libertad “negativa” –la libertad de no ser obstruido por otros, la libertad de obedecer a las propias decisiones– y muestra con qué facilidad la libertad “positiva”, la (deseable) libertad del autodominio, se pervierte en la “libertad” de alcanzar la autorrealización de acuerdo con los criterios marcados y con frecuencia impuestos por la fuerza por árbitros autoproclamados de los verdaderos fines de la vida humana. Desde entonces, sus postulados siguen siendo una referencia indispensable para la reflexión sobre la libertad, y permean todas las discusiones bien sustentadas acerca del tema; sin embargo, quizá debido, al menos en parte, a la naturaleza poco asertiva y deliberadamente no sistemática de sus ideas, y su rechazo de panaceas de cualquier tipo, no tuvo (para alivio suyo) discípulos ni fundó una escuela de pensamiento.

Un año antes de ser elegido para la cátedra, abandonando su aparentemente asentada vida de soltero, se había casado con Aline Halban (nacida De Gunzbourg). A sus más de cuarenta años encontró a la compañera que sería el eje de su vida a partir de entonces; y, en sus tres hijastros (no tuvo hijos propios), una familia que correspondía plenamente a su cariño. Siempre le recomendaba a la gente que se casara.

En 1966 Berlin se convirtió en el primer presidente del nuevo colegio de posgrado en Oxford, Wolfson, y renunció a su puesto de profesor al año siguiente. El Wolfson College, donde trabajó hasta su “jubilación” en 1975, no existiría con su actual estructura ni bajo el nombre que ahora lleva (al principio se llamaba Iffley College) sin su eficacia para recaudar fondos y como carismático inspirador de nuevas formas institucionales, tradiciones y lealtades. La generosidad de las fundaciones Wolfson y Ford para patrocinar las instalaciones y dotar de fondos al College se debió directamente a su labor personal.

Más allá de lo que hizo en el Wolfson, el mayor legado de Berlin a las generaciones futuras es lo que escribió: una amplia y enormemente variada œuvre de inconfundible estilo y hondura. En su personal y razonable apreciación, su trabajo más importante está en su exploración de cuatro áreas de investigación: liberalismo, pluralismo, el pensamiento ruso del siglo XIX, y los orígenes y desarrollo del romanticismo. Sobre todas ellas arrojó nuevas luces, y la manera en que lo hizo mantiene el poder para provocar que tenía cuando sus trabajos se publicaron por primera vez.

Durante la mayor parte de su vida su reputación como escritor quedó rezagada respecto de su producción real, buena parte de la cual apareció en forma de ocasionales ensayos (“Soy como un taxi: me tienen que hacer la parada”), que, con frecuencia, se editaban con distribución limitada. Comparativamente, pocas de sus obras habían aparecido en forma de libro, principalmente Karl Marx, The Hedgehog and the Fox (un largo ensayo sobre la visión de la historia de Tolstói), y Four Essays on Liberty, que incluía su conferencia inaugural. Pero en 1976 se publicó Vico and Herder, y poco después cuatro volúmenes de ensayos escogidos (1978-1980).

Estos libros desmintieron una afirmación hecha por su amigo Maurice Bowra cuando a Berlin le fue concedida la Orden del Mérito en 1971: “Aunque como Jesucristo y Sócrates no publica mucho, piensa y dice mucho y ha tenido una enorme influencia en nuestros tiempos.”4 Otros volúmenes siguieron en los años noventa, incluyendo dos dedicados a las obras que permanecían inéditas desde que las escribió, y The Proper Study of Mankind, una antología retrospectiva de su trabajo que se publicó en el año de su muerte.

En contraste con el caso de Bowra, buena parte de la manera de hablar de Berlin quedó capturada, felizmente, en su obra publicada, que está imbuida de su personalidad e indica sus principales preocupaciones intelectuales con la mayor claridad y fecundidad, si bien a veces mediante sus investigaciones sobre las ideas de otros pensadores. Una de las características más atractivas de su escritura es que nunca se presenta como el estudioso distante, nunca olvida que la meta final de la investigación es incrementar el entendimiento y la comprensión moral. Dado que, como otro amigo, Noel Annan, lo formula, “Berlin siempre emplea dos palabras en donde uno usaría sólo una”, su mensaje –una noción que él detestaría– es imposible de resumir sin perder toda su característica manera de expresarse. Pero su contenido central puede enunciarse llanamente.

Berlin alguna vez describió el corazón de su obra como “una desconfianza de toda proclama de posesión de conocimiento inamovible sobre asuntos de hecho o de principios en cualquier esfera de la conducta humana”. Su convicción más fundamental, la que aplaudía cuando la notaba en la obra de otros, y que adoptaba, enriqueciéndola, como propia, era que no puede haber una respuesta única, universal, final, completa, demostrable ante la más profunda de todas las preguntas morales: ¿Cómo debe vivir la humanidad? Esto lo enunciaba como una negación de una de las más antiguas y asumidas nociones del pensamiento occidental, expresada en su forma más intransigente en el siglo XVIII bajo la bandera de la Ilustración francesa.

Contrario a la visión del Siglo de las Luces de que era posible llegar a una síntesis clara y ordenada de todos los objetivos y aspiraciones, Berlin insistía en que existe un número indefinido de ideales y valores últimos que compiten y con frecuencia son irreconciliables, entre los cuales cada uno de nosotros suele tener que elegir; una elección que, precisamente porque no puede dotarse de una justificación racional concluyente, no debe imponerse a los demás, por mucho que estemos nosotros mismos comprometidos con ella. “La vida puede verse a través de muchas ventanas, ninguna de las cuales es necesariamente transparente u opaca, ni distorsiona más o menos que las demás.” Cada individuo, cada cultura, cada nación, cada período histórico tiene distintos objetivos y principios, que no pueden ser combinados, de manera práctica ni teórica, en un sistema único y coherente que englobe todo y en el que todos los fines se lleven enteramente a cabo sin pérdida, concesión o conflictos. La misma tensión existe en cada conciencia individual. Más igualdad puede implicar menos excelencia, o menos libertad; la justicia puede obstruir la misericordia; la honestidad puede excluir la amabilidad; el conocimiento de uno mismo puede afectar la creatividad o la felicidad; la eficiencia inhibir la espontaneidad. Pero éstas no son dificultades temporales ni locales: son características generales, indelebles y a veces trágicas del paisaje moral; la tragedia, de hecho, lejos de ser el resultado de un error evitable, es un rasgo intrínseco de la condición humana. En lugar de una impecable síntesis debe haber un proceso permanente, en ocasiones doloroso, atropellado, de intercambios desordenados y un cuidadoso sopesar de demandas contradictorias.

Íntimamente conectada con esta tesis pluralista –que a veces se confunde con relativismo, cosa que Berlin rechazaba, y que es de hecho muy distinto– está una creencia en el ser libres de interferencias, especialmente de aquellos que creen saber más que uno, y que pueden elegir por nosotros de una manera más inteligente que la nuestra. El pluralismo de Berlin justifica su profundo rechazo a la coerción y manipulación por parte de autoritarios y totalitarios de todo tipo: comunistas, fascistas, burócratas, misioneros, terroristas, revolucionarios y todos los demás déspotas, igualadores, sistematizadores o proveedores de “felicidad organizada”. Como uno de sus héroes, el pensador ruso Alexánder Herzen, con quien compartía muchas características, Berlin sentía horror por los sacrificios que habían tenido lugar en nombre de ideales utópicos que deben hacerse realidad en algún punto poco específico del futuro distante: la gente real no tiene que sufrir ni morir hoy en nombre de una quimera de eventual dicha universal.

Berlin siempre discutía estas ideas en términos de individuos específicos, no en abstracto, pues tenía en cuenta que es el impacto de las ideas en las vidas de las personas lo que les da la razón a esas ideas. En esto se auxiliaba de su inusual capacidad para la identificación imaginativa con gente cuya visión de la vida difería bastante y muchas veces estaba muy alejada de la suya. Esto le permitía escribir textos ricos y convincentes sobre una amplia variedad de figuras históricas y contemporáneas: Belinski, Hamann, Herder, Herzen, Maquiavelo, Maistre, Tolstói, Turguénev, Vico, Churchill, Namier, Roosevelt, Weizmann y muchos otros. Sus descripciones de los personajes a los que se sentía más cercano muchas veces tienen una marcada resonancia autobiográfica: decía de otros, con deslumbrante habilidad, lo que no se habría atrevido a decir de sí mismo, lo que probablemente no creía de sí mismo, aunque sus palabras a veces se aplicaban con precisión a su propio caso. Si hubiera estado lo suficientemente interesado en su vida y opiniones por sí mismas, hubiera sido su propio biógrafo ideal; pero entonces también habría sido un hombre distinto.

Con frecuencia, la gente describía a Isaiah Berlin, especialmente en su vejez, mediante superlativos: el mejor conversador del mundo, el lector más inspirado del siglo, una de las mentes más agudas de nuestra época; incluso, de hecho, un genio. Quizá sea muy pronto para estar seguros de esas contundentes afirmaciones. Pero no hay duda de que mostró en más de una dirección las inesperadamente amplias posibilidades que se abren para nosotros en el más alto nivel del potencial humano, y el poder del intelecto sabiamente dirigido para iluminar, sin solemnidades indebidas ni oscuridades innecesarias, las más profundas cuestiones morales que enfrenta la humanidad. ~

 


Traducción de Una Pérez Ruiz

 

©Henry Hardy 1997




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1 La tercera estación de radio difundida por la BBC, fundada en 1946 e incorporada en 1967 a Radio 3 de la misma BBC. Se distinguía por sus transmisiones nocturnas y su programación de perfil cultural.– N. de la T.
2 Sus conferencias Mellon sobre romanticismo también pueden ser escuchadas en la National Gallery of Art en Washington, DC.
3 Siglas de “Philosophy, Politics and Economics”, una licenciatura interdisciplinaria que suele asociarse con Oxford, la primera universidad en ofrecerla.– N. de la T.
4 Carta a Noel Annan, citada en “A Man I Loved”, de Annan, en Maurice Bowra: A Celebration, editado por Hugh Lloyd-Jones (Londres, 1974), p. 53.