Isaiah Berlin: el huésped del futuro en su centenario | Letras Libres
artículo no publicado

Isaiah Berlin: el huésped del futuro en su centenario

Aun cuando al igual que Nuestro Señor y Sócrates

no publica demasiado, piensa y dice muchas cosas

y ha tenido una influencia enorme sobre nuestro tiempo.

El profesor Maurice Bowra en una carta de 1971

a Noel Annan, en referencia a su amigo común Isaiah Berlin

En Jerusalén, Toronto, Harvard y Potsdam se realizarán durante los próximos meses diversas conferencias y seminarios para conmemorar los cien años del nacimiento de Isaiah Berlin, el pensador inglés de origen judío nacido en Letonia y que llegó a convertirse en uno de los principales referentes del liberalismo en el siglo XX. No sorprende este interés. Desde su fallecimiento en 1997 –cuando en algunos obituarios se le señaló como “uno de los más grandes pensadores de la posguerra” o incluso como un “santo liberal”− la reputación que se forjó este historiador de las ideas como crítico de las utopías y adalid de la tolerancia sigue consolidándose. Ello se muestra en las múltiples reediciones, nuevas compilaciones y estudios laudatorios que se han publicado recientemente. Recordemos además que términos como “libertad negativa” ─ausencia de controles sobre el individuo─ y “positiva” ─capacidad de desarrollo de las potencialidades individuales─ que él popularizó, se han vuelto monedas de uso corriente. Lo mismo ha ocurrido con su crítica de las visiones monistas y, paralelamente, con su defensa del “pluralismo”, concepto que delineó en célebres ensayos como El erizo y el zorro y Dos conceptos de libertad y que ha embonado muy bien con el discurso liberal contemporáneo. Tal parece que la gran poeta rusa Ana Ajmátova vaticinó con claridad cuando, después de un encuentro 1946, compuso un poema en donde llamó a Berlin “el huésped del futuro”, tal vez viendo en él un símbolo del moderno mundo democrático que vendría a sustituir al régimen estalinista que la tenía bajo vigilancia constante en su casa de Leningrado.

Me parece que éste es pues un buen momento para echar una mirada retrospectiva sobre su obra, su influencia en el mundo moderno y, por qué no, para empezar a especular sobre la durabilidad de sus ideas. En lo personal siempre sentí cercana su crítica al determinismo (con frecuencia me viene a la mente su advertencia, tomada de Herzen, de que la historia no tiene libreto), especialmente al recordar los estragos que causó la creencia en las leyes de la Historia en los países comunistas. De manera estrechamente relacionada, es poderosa la alerta contra las utopías que se encuentra en su obra y, en particular, su recordatorio de que la vida siempre tendrá un elemento trágico, ya que muchas veces valores positivos igualmente válidos y deseables, tales como la libertad y la igualdad, no pueden alcanzarse simultáneamente a plenitud, lo que implica forzosamente la renuncia a posiciones maximalistas y la existencia perenne del conflicto. A este respecto, me parece también que el pensador inglés tiene razón al sostener que es necesario un régimen con características liberales para garantizar la tolerancia, la negociación y el compromiso y así evitar pugnas destructivas. Hay otro elemento del pensamiento de Berlin que creo particularmente vigente: su defensa de la “educación general”, es decir, su oposición al énfasis en la especialización tan marcado en las universidades modernas, las cuales parecen haber renunciado a una visión humanista y a buscar los vasos comunicantes entre las distintas disciplinas del conocimiento.

Empero, no se puede dejar de mencionar las críticas que también recibió Berlin. Escritores de distintas tendencias ideológicas vieron en él a un pensador no muy riguroso que sólo popularizó ideas previas y buscó parecer centrista defendiendo un término medio que fuese popular y políticamente correcto pero sin sustento teórico. Por ejemplo, el historiador inglés Paul Johnson lo llamó “filósofo de bajo riesgo” debido a la extrema precaución que siempre mostró para comprometerse con firmeza en debates políticos contemporáneos. Por su parte, el vitriólico polemista Christopher Hitchens acusó a Berlin de ser un escritor acomodaticio con las élites cuya principal preocupación fue evitar a toda costa crearse enemigos mientras cultivaba una reputación de objetividad. También lo catalogó como poco original y hasta como “hábil ventrílocuo de otros pensadores”.

Desde un ángulo más conservador, Norman Podhoretz, el editor de la revista Commentary, lo criticó por falta de congruencia en temas como el sionismo que decía defender, y en general por lo que el primero veía como un relativismo moral. A este último respecto es fundamental también recordar la poderosa crítica del filósofo conservador de la Universidad de Chicago Leo Strauss, uno de los principales defensores de la teoría del derecho natural. Para él, Berlin se contradijo al negar valores inmutables, válidos para todos los hombres siempre y en cualquier lugar. Más aún –y esto es de gran relevancia en el contexto de las guerras culturales de nuestro tiempo–, Strauss vio en Berlin una postura “típica de la crisis actual del liberalismo” debido al intento por “encontrar un imposible término medio entre el derecho natural y el relativismo”.

Pero no quisiera finalizar esta retrospectiva sin notar otra gran contribución de Berlin: la clara demostración en su obra de que puede haber plena compatibilidad entre el pensamiento serio y la buena pluma, algo que las academias contemporáneas parecen haber olvidado. Sus ensayos biográficos, textos siempre bien escritos, abordaron las influencias culturales y las controversias en que se vieron envueltos filósofos, políticos y artistas del pasado, con base en la convicción de que las ideas en gran medida son hijas de su tiempo.

Vale también recordar el impresionante recorrido personal de Berlin. Además de ser un célebre profesor de Oxford sirvió como diplomático en Washington y en Moscú, y conoció y dejó huella en varios de los más grandes políticos y artistas del pasado reciente, tales como Churchill (el cual disfrutaba la lectura de sus reportes diplomáticos), Kennedy y Pasternak. No puedo dejar de pensar que su propia biografía fue la mejor validación de su hipótesis sobre el poder que las ideas y los individuos tienen en el curso de los acontecimientos históricos. Es más, podría decirse que la vida de Isaiah Berlin superó todas las semblanzas biográficas que jamás escribió.

– Alejandro Aurrecoechea