Iowa: democracia agraria y elecciones presidenciales | Letras Libres
artículo no publicado

Iowa: democracia agraria y elecciones presidenciales

Como ejercicio preliminar de discusión, análisis y toma de decisiones, los caucus no deberían suprimirse, sino celebrarse y extenderse.

En su novela Ciudades desiertas, el escritor José Agustín pintó un paisaje desolador del estado de Iowa. En la historia, una típica pareja de intelectuales clasemedieros chilangos se enfrenta a la abrumadora monotonía de una ciudad aséptica y bien organizada, en el corazón del “cinturón del maíz” del Medio Oeste norteamericano, habitada por seres de una terrible insipidez. El intenso drama amoroso que vivirá la pareja parece solo ideado para ayudarlos a escapar de la aridez emocional del sitio en el que tiene lugar.  El cuadro de José Agustín coincide, en sus trazos centrales, con la crónica que escribió Jorge Ibargüengoitia tras su estancia en el afamado Programa de Escritores de la universidad local. Para la percepción artística mexicana, la existencia de un programa de creación literaria que reúne a talentos de todo el mundo tan solo para arrojarlos a la vera de una pradera interminable, no solo es inverosímil sino  también bastante cruel. Las narraciones de los numerosos choques culturales son divertidísimas. Lo que falta, por la obvia razón del perfil de los escritores, es una visión sociológica de un estado agrario que se enorgullece de su programa internacional de escritores.

Iowa es un escaparate del igualitarismo norteamericano, el peso de sus tradiciones y símbolos, así como sus efectos uniformadores en las sociedades que lo practican. Aunque el calendario de las elecciones primarias no fue diseñado con ese propósito, el hecho de que el estado de Iowa –con su peculiar forma de expresión política– sea el primero en pronunciarse sobre los precandidatos presidenciales, adquiere  un significado especial: la democracia estadounidense, doblada por el peso de las grandes chequeras y deslegitimada por la parálisis parlamentaria, retorna a su fuente original con las asambleas populares (caucus) que deciden sobre el apoyo a los candidatos y las plataformas de los partidos.

Los caucus son, en esencia, grupos de ciudadanos, convocados separadamente por los dos grandes partidos políticos, que se reúnen para escuchar las propuestas de los candidatos, expresar su apoyo, elegir delegados para las convenciones distritales (e indirectamente para la convención estatal) y escribir la plataforma del partido. Las reglas varían para cada partido. Los republicanos oyen las propuestas, votan en secreto y se van. Los demócratas tienen un sistema más complejo en el que los electores apoyan a un candidato en una primera ronda, eliminan candidatos “inviables” que no alcanzan un mínimo de 15% del apoyo inicial, dedican media hora a convencerse unos a otros de cambiar su apoyo, vuelven a votar y realizan el conteo final. De esta manera, las posiciones minoritarias tiene la opción de unirse en una candidatura “viable”, transferir su apoyo a su segunda preferencia o abstenerse.

Como en las elecciones presidenciales, en los caucus de Iowa -y en el resto de las primerias- los electores no votan por los candidatos directamente, sino por delegados comprometidos con alguno de los presidenciables que participarán en las convenciones partidistas que tienen lugar en el verano. En Iowa, las convenciones se suceden a nivel vecinal y estatal, y se espera que en cada nueva elección de delegados a una convención de ámbito geográfico superior se respeten, en lo fundamental, las preferencias expresadas desde las asambleas locales. Realmente no hay mecanismos para garantizar una estricta fidelidad en la transmisión de preferencias: solo se asume la buena fe.

Los caucus de Iowa son un ejercicio democrático sobreviviente de los viejos tiempos tocquevillianos. Ahí, estas formas de participación directa hallaron terreno fértil porque el estado fue fundado como una democracia agraria basada en el ideal de la pequeña granja familiar; una tierra de inmigrantes del Este estadounidense, Alemania y Escandinavia, con escasos medios y mucha inventiva, con acceso a extensiones similares de tierra. La homogeneidad del estado puede apreciarse desde su mapa político y una división condal que sería una cuadrícula perfecta de no ser por ocasionales accidentes del terreno.

Como otras democracias agrarias, el igualitarismo histórico de Iowa descansa sobre un legado terrible: el desplazamiento y exterminio de las poblaciones indígenas nativas. Asimismo, la falta de diversidad étnica y racial es notable; 91% de la población es blanca y solo el crecimiento de las comunidades mexicanas en las últimas décadas ha contribuido al cambio demográfico, que ha sido mucho más lento en Iowa que en otras regiones del país.

Por estas y otras razones, la preeminencia de los caucus de Iowa en el proceso electoral estadounidense aparece como un anacronismo para muchos analistas. Es curioso y a la vez desalentador ver cómo desde la izquierda se pronuncian varias voces exigiendo la cancelación del modelo de los caucus y su reemplazo por elecciones primarias regulares con voto secreto.  Las obvias dificultades logísticas que limitan la participación, las grandes distancias que hay que recorrer para acudir al local de reunión, el horario fijo y las dos o tres horas que duran las asambleas demócratas, son presentadas como obstáculos antidemocráticos per se.

Sin embargo, el asunto es más complejo de lo que podría parecer. Desde mi punto de vista, muchas de nuestras concepciones y expectativas modernas sobre la democracia ya no pueden entender ciertas prácticas que tienen un valor democrático en sí mismo. La necesaria extensión del derecho a votar y los esfuerzos invertidos en garantizar la inviolabilidad del voto han dejado de lado la dimensión deliberativa de la democracia, la cual florece siempre desde los espacios locales. Por otro lado, siendo las elecciones primarias ejercicios netamente partidistas -no solo en Estados Unidos, sino en todos los países que las practican- es natural que atraigan a las fracciones de la ciudadanía que tine simpatías políticas más establecidas y mayor interés cívico. El hecho de que la elección general sea abierta, secreta y en teoría accesible para todos los ciudadanos garantiza que en última instancia la decisión sigue en manos de todos los votantes. Pero como ejercicio preliminar de discusión, análisis y toma de decisiones, los caucus no deberían suprimirse, sino celebrarse y extenderse y, en todo caso, abrirse a una mayor participación a través de los medios que proporciona la tecnología de las comunicaciones (ya se proponen “tele-caucus”, por ejemplo).

Asediada por los grandes intereses económicos y desfondada por la creciente desidia ciudadana, la democracia estadounidense necesita –literalmente- darse un baño de pueblo.