Inglaterra, mi Europa | Letras Libres
artículo no publicado

Inglaterra, mi Europa

Sobre Europa, Gran Bretaña, Inglaterra y el Brexit. 

La primera vez que me sentí europeo de verdad fue en el Reino Unido, cuando hice una beca Erasmus en la Universidad de East Anglia. La UEA está en Norwich, en Norfolk, un lugar muy inglés, bastante rural, a veces casi exótico y en general poco animado. A lo largo de los años, cuando he vuelto a la universidad, he tenido la sensación incongruente de volver a un sitio que era importante para mi idea de Europa.

No fue porque sintiera una diferencia con respecto a la Europa continental. Como no había vivido antes fuera de España, tampoco tenía elementos de comparación. Las instituciones europeas, las políticas y las negociaciones económicas formaban parte de la conversación que conocía. Pero esta vez era más concreto: podía estudiar allí gracias a un proyecto europeo. Aunque vivía con varios británicos y algunos de los amigos que más veía eran de Canadá y de Estados Unidos, formaba parte de una comunidad internacional que venía de muchos lugares de Europa, y que se comunicaba utilizando el inglés de segunda lengua que es el lenguaje de la UE y de muchas instituciones internacionales. Para muchos de nosotros era la primera ocasión en la que estábamos con tanta gente de otros sitios. Otra ventaja de que fuera una universidad británica era que había estudiantes de más países al margen de la UE.

Algunas de las preocupaciones eran parecidas y otras no. Poco antes de que empezara el curso, se produjo el atentado del 11-S. A mediados de curso empezamos a usar los euros en España en la vida cotidiana. Los estudiantes de Development Studies organizaban actos contra la globalización donde siempre sonaba la música de Manu Chao.

Yo quería que mi universidad se pareciera un poco más a la universidad británica, que los medios de mi país se parecieran más a los medios británicos y que hubiera más restaurantes indios.

En ese momento quizá no me daba cuenta, porque era algo natural y porque lo que más me interesaba era la cultura angloamericana, pero en la universidad había un elemento europeo muy claro.

La persona más célebre en el campus era el escritor W. G. Sebald, que publicó ese otoño su novela Austerlitz. Aunque Sebald había nacido en Alemania en 1944, llevaba mucho tiempo viviendo en el Reino Unido y trabajando en esa universidad, donde daba clases de literatura centroeuropea. Uno de sus temas era la memoria. Sus libros hablan a menudo de la historia reciente de Europa y sus traumas: desde los desplazamientos forzosos a la explotación del Congo por parte de Bélgica o los bombardeos aliados sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial. De las llanuras de East Anglia (algunas de las cuales recorría el escritor en Los anillos de Saturno) habían partido algunos de los aviones de la RAF.

El despacho de Sebald -que tenía pegado el cartel de un grabado de Goya en la puerta- estaba cerca del British Centre for Literary Translation, que él había ayudado a impulsar. En ese momento, el director ya no era Sebald, sino Peter Bush, traductor al inglés de autores como Juan Goytisolo. Otro traductor que frecuentaba la universidad era Don Bartlett, que se encargaba sobre todo de libros escandinavos (es el traductor de Knausgård) y estaba casado con Cristina Punter, descendiente de exiliados españoles.

Esos temas también eran temas británicos. Muchos de los que mejor habían explicado Europa Central al resto de Occidente eran historiadores británicos. T. S. Eliot, británico por elección, apuntaba que Inglaterra también era un país latino. Pocos autores encajan más en la idea de lo inglés que Orwell, un autor que conocía bien la cultura francesa, que escribió sobre París y fue a combatir el fascismo en España, que escribió obras que inspiraron a los disidentes del comunismo, que quiso titular 1984 “El último hombre en Europa” y que defendió, desde las posiciones de la izquierda democrática, una unión de los países europeos.

Evidentemente, ese era el Reino Unido cosmopolita, universitario, liberal y beneficiado por la globalización: donde vive la gente que mayoritariamente está a favor de la permanencia en la Unión Europea.

También conocimos, aunque mucho menos, otras partes: portugueses que trabajaban en una planta de McDonald’s, sindicalistas. Poco después de llegar, vi unos carteles donde se pedían figurantes para las ruedas de reconocimiento de sospechosos. Varios amigos nos apuntamos; pagaban quince libras la hora. Una vez allí, nos poníamos frente al cristal y el abogado defensor iba eliminando, para quedarse solo con el que se pareciera más a su cliente. A los españoles nos colocaban con los italianos, los portugueses y los griegos. Como tengo los ojos claros, enseguida me rechazaban. Mis amigos de aspecto más mediterráneo hicieron mejor carrera.

Frank, la policía que nos llamaba para que acudiéramos a comisaría cuando había algún sospechoso, era muy amable. “Mi sueño -nos decía- es irme a vivir a España cuando me jubile”. Espero que Frank haya podido cumplir su sueño. Y que vote por la permanencia.

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