Infierno y poesía | Letras Libres
artículo no publicado

Infierno y poesía

La belleza es máscara, a veces hasta del horror.

Rilke

La conciencia me sirve de gusano.

Quevedo

En el transitorio y municipal universo de cualquier periódico destella, por allá, en los barrios bajos, un paraje repleto de vida pululante y activísima. Es el resumidero donde el diario vivir de la gente discurre con maravillosa precisión e inmediatez, es nuestro infierno cotidiano cargado de poesía y verdad, es la nota roja.

La existencia individual es puesta en movimiento por fuerzas oscuras, ingobernables: el esposo inquieto, fantasioso y, digámoslo de una vez, diabólico, por fin esa noche acometió, silencioso y rápido, blandiendo un cuchillo cebollero, a su desdichada señora. Pobre mujer, en qué momento de distracción e imprudencia se unió, ante Dios y ante los hombres, a ese marido.

Queda este hecho debidamente consignado en la sección de crímenes del diario, visitada con fidelidad por las clases populares. Porque los tabloides especializados en delitos y atrocidades, eludidos con desprecio y horror por las clases pudientes, alcanzan intensa circulación entre el pueblo entusiasta.

Y sí, la afición a los espectáculos con derramamientos de sangre es vieja como el mundo. Recuérdese que los shows de tortura y ejecución públicas han gozado siempre de predilección en el corazón ingenuo y generoso de las masas. El encanto de las ejecuciones capitales tiene su secreto en la crudeza y la verdad. En México, pasados los momentos estelares del sacrificio humano y la quemazón inquisitorial, la gacetilla policiaca alzó todas las banderas.

Algún delicado escritor ruso criticó el hambre canina con que nuestro ojo mira la violencia: “Es horrible vislumbrar lo que transcurre en las cabezas de quienes presencian atentos esas ejecuciones.”

Dejemos esas timideces. El primer signo de la sección de crímenes es la vitalidad. El segundo es la concreción. Ninguna idea hay ahí, nada de esas abstracciones y generalidades que tanto lastiman otras zonas del diario, ninguna reflexión sesuda o lerda que pretenda explicar la realidad nacional, nada de aburrimientos, sino hechos, detalles y más detalles cada vez más espeluznantes.

La nota roja penetra en el alma humana, esclarece sus arcanos, hace vibrar, revive todas las angustias y apura el surgimiento de todos los miedos. No hay pasión que no haya sido pintada ni carácter que no haya sido encarnado en personajes enteros, definitivos. Todo exhibido sin velos pacatos, en crudo, para sondear así lo que esconden los corazones atormentados de reconcomio y contrición.

Todos los personajes son iguales ante ella como criaturas ante el Creador y son sopesados, juzgados, absueltos o condenados sin que tiemble la mano ni se estremezca la voz ni la inspiración se extravíe.

La sociedad entera va surgiendo en la página roja, asoma inmensa y laberíntica, emergiendo por todas partes, descuartizada, como en este orden debe decirse, pero completa. Nada humano le es ajeno, ahí van apareciendo las dramatis personae de la maldad, los ocurrentes y avispados, abusando, los torpes y atolondrados, padeciendo. Infiernos como los de Alighieri y Buonarroti no pasan de ingenuos esbozos, pobres construcciones acartonadas en comparación a la formidable pasión, la inaudita casuística, la riqueza de invención, la infatigable actividad de los inquietos protagonistas de esta, nuestra versión cotidiana del Juicio Universal.

La retórica del periodismo de policía es inconfundible. No nos apresuremos a condenarla, pero evitémosla cuidadosamente conservando prudente distancia estilística.

No nos queda sino agradecer a políticos aviesos, policías venales, empresarios inescrupulosos y cárteles inapelables el haber elevado, en los últimos doce o trece años, a alturas nunca imaginadas la creatividad y audacia de los felones. Con estos estímulos visionarios hemos llegado a lo que sin duda es, y parece que será por mucho tiempo, una edad de oro de la nota roja.

Pero basta de palabras. Esto es un asalto. ...