Imitar, contemplar, interpretar: Paisajismo británico en México | Letras Libres
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Imitar, contemplar, interpretar: Paisajismo británico en México

En la exposición Landscapes of the Mind es posible ver en las obras de grandes paisajistas británicos el tránsito desde el exterior hacia el interior del artista. 

El arte desde sus orígenes buscó expresar significados bajo un canon específico de belleza. Con la irrupción de la modernidad, dicho canon se transformó radicalmente: lo importante ya no era lo exterior objetivo del mundo, sino lo interior subjetivo del artista.

Ejemplos de ese tránsito, aplicado al ámbito del paisaje, pueden admirarse en Landscapes of the mind. Paisajismo británico. Colección Tate. 1690–2007, que se exhibe en el MUNAL desde el pasado 25 de marzo. En esta exposición sin precedentes en nuestro país han aunado esfuerzos el CONACULTA, el INBA y el MUNAL con la TATE GALLERY, en el marco del Año Dual entre los gobiernos de México y el Reino Unido. La muestra, curada por Richard Humphreys, se articula bajo un principio diríamos reivindicativo: el paisajismo como corriente fundamental en la historia del arte británico. En total son 111 piezas, catorce salas y cinco siglos (desde el XVII hasta ahora) los que recorrerá el visitante.

Las primeras salas ofrecen muestras del paisajismo de los siglos XVII, XVIII y XIX, desde la observación científica de los artistas, la idílica vida pastoral o el influjo de la Antigüedad Clásica en el arte británico. Las obras reflejan un claro interés por imitar la naturaleza, según el principio de la mímesis aristotélica (Paisaje con arcoiris de Jan Siberechts). Son paisajes realistas que a veces retoman el ámbito social (Chain Pier de John Constable), otras la luz del atardecer (Harvest Home, ocaso: la última carga de John Linnell), siempre con la intención de plasmar fiel y detalladamente la realidad exterior tal cual es. Siguiendo a la historiadora del arte María Dolores Jiménez-Blanco, “durante siglos la pintura desarrolló todo tipo de técnicas para acercarse mejor a la realidad, para imitarla mejor. Con el tiempo, el arte llegó a regirse por una serie de normas cada vez más reglamentadas que, en última instancia, tenía la función de crear en la pintura una ilusión de realidad exterior.” Quizá nada refleje mejor esta noción que la pintura academicista del siglo XVIII, una de cuyas principales vertientes fue el paisaje.

Un cambio en el paradigma de la creación y la recepción estética se da cuando el observador asume la actitud de espectador, o sea “cuando (dice Tatarkiewicz siguiendo a Schopenhauer) abandona […] la actitud normal, práctica hacia las cosas, dejando de pensar en su origen y propósito. [Cuando] deja de pensar de un modo abstracto y somete los poderes de la mente a la percepción de los objetos”. Las obras Granville (1827-1828) y Riva degli Schiavone, Venecia: fiesta de agua (1845) de William Turner o El río calmo: el Támesis en Chiswick (1943-1944) de Victor Pasmore, expuestas en las salas de Impresionismo y Redescubriendo Gran Bretaña, respectivamente, son dignas de entenderse desde la contemplación. La atmósfera, la luz y la composición permiten que el espectador se abandone, se sumerja en ellas de un modo casi físico.

Con la llegada de la fotografía en el siglo XIX, se cuestionó la finalidad imitativa de la pintura, obligándola a reinventarse y generando nuevas perspectivas para el arte. Según Jiménez-Blanco el arte moderno se entenderá como exteriorización, donde “lo que sale a la luz en el arte entendido como expresión no es lo que el artista ve, sino lo que siente”. Es entonces cuando la visión subjetiva del creador adquiere un peso importante en las manifestaciones artísticas, ejemplo de ello es la obra Paisaje de un sueño (1936-1938) de Paul Nash.

Hacia los años setenta, Mikel Dufrenne deja ver la crecida diversificación en las formas de expresar el arte occidental, en las que se promueve la subjetividad y el deseo con la finalidad de liberar la imaginación y la creatividad, y de cuestionar la institución artística. Para el filósofo francés el hombre se pondrá en contacto con una naturaleza desbordante, legitimando expresiones como los happenings, los performances y el body art, donde el acontecimiento es más importante que la obra, convirtiendo al público en algo más que el sujeto pasivo del arte (Una caminata de cien de Richard Long). Coincide el filósofo Marc Jiménez, al referir que la estética posmoderna atiende a la diversidad de estilos, de lenguajes y códigos, reconociendo la influencia de los medios en la sensibilidad de los individuos (Dos caminatas de doce millas de frente en Dartmoor, Inglaterra de Richard Long).

Las piezas de Richard Long refieren su actuar sobre la naturaleza, sus experiencias trasmitidas en palabras e imágenes sirven de documentos intermediarios entre la realización y el espectador. Estas obras se expresan a partir de un lenguaje particular, de una composición específica que solo se entienden bajo esos parámetros. Esa composición revela un paisaje determinado desde la subjetividad del artista, que permite la acción e interpretación ilimitada del espectador, llevándolo a lugares, sensaciones, sentimientos, imágenes, colores y temperaturas para recrear el paisaje del artista o sus propios paisajes mentales.

Con esto, la muestra viaja a través de la historia de las expresiones artísticas cerrando con la implicación, acaso más compleja, del espectador respecto de las experiencias del artista. Landscapes of the mind. Paisajismo británico. Colección Tate. 1690–2007 puede visitarse hasta el 21 de junio.