Ignacio Manuel Altamirano esquina con Francisco Pimentel | Letras Libres
artículo no publicado

Ignacio Manuel Altamirano esquina con Francisco Pimentel

Ignacio Manuel Altamirano y Francisco Pimentel no son solo una esquina de la colonia San Rafael en la ciudad de México. Ambos sostuvieron una famosa e importante polémica sobre el carácter que debía tener la literatura nacional a mediados de 1870. Los textos de esa polémica no sobreviven y en una ciudad con más de 25 mil calles y 2 mil 150 colonias, los nombres de estos personajes se pierden entre la bulla. ¿Quién conoce los nombres que camina?

 

Ignacio Manuel Altamirano y Francisco Pimentel no son solo una esquina de la colonia San Rafael en la ciudad de México. Ambos sostuvieron una famosa e importante polémica sobre el carácter que debía tener la literatura nacional a mediados de 1870. Los textos de esa polémica no sobreviven y en una ciudad con más de 25 mil calles y 2 mil 150 colonias, los nombres de estos personajes se pierden entre la bulla.

¿Quién conoce los nombres que camina?

 

Uno era indio, o de padres indígenas si se prefiere. Nació en Tixtla, Guerrero, y era más prieto que Guillermo Prieto. Seguramente hablaba con el acento afectado de su profesor de retórica del Instituto Literario de Toluca (ahora capital del mundo), donde fue becario. Ni los años dedicados al estudio de leyes en el Colegio de San Juan de Letrán habrán evitado que, de vez en vez, en plena lectura en voz alta de una traducción de los cuentos de Hoffman ante los oídos extasiados de la intelligentsia capitalina, se le saliera un haiga que suscitara la risa pérfida y cobardemente disimulada de los tertulianos. Peleó en Ayutla y sitió Querétaro. En campaña se sintió el Robinson de las letras, recitando sus versos a los papagayos en cuanto se inventaba una literatura nacional para salir de la isla. Entre lances de su espada se enamoró de una mujer de nombre Clemencia, quiso morir por ella.

El otro nació en Aguascalientes, pero llegó a la ciudad de México en 1835 cuando tenía tres años. Era rubio y guapetón, y atravesaba el salón de baile como Cristo sobre el agua. Todas las muchachas lo deseaban porque además era conde de Heras y vizconde de Querétaro. Sus maestros particulares lo educaron para llevar a cabo grandes hazañas que se quedaron truncas con la caída del Imperio. Tuvo dos espadas, una ceremonial y la otra para el sparring de alta escuela. No obstante, inauguró la literatura erótica en México con su Memoria sobre las causas que han originado la situación actual de la raza indígena de México y medios de remediarla, obra cuya lectura desnuda las más obscenas intenciones. También escribió una Historia crítica de la poesía en México. De esta, los que saben, dicen que aunque abundante de información sus juicios han sido superados, pero en realidad nadie la ha leído.

Altamirano y Pimentel murieron el mismo año, 1893, bien entrado el porfiriato. El conde murió en su casa, lamentando que ese día no se veían los volcanes. El indio murió plenipotenciario, en Italia. Las últimas palabras de Altamirano fueron incomprensibles para su esposa. Pimentel logró balbucear: “La virtud es bella, pero la rosa no es buena.”

Unos veinte años antes, en una velada cívica y literaria auspiciada por el Liceo Hidalgo, Pimentel y Altamirano sostuvieron una famosa e importante polémica sobre el carácter que debía tener la Literatura Nacional, así, con mayúsculas. En su momento cada uno ofrecía una síntesis de las dos vertientes literarias predominantes del México independiente, conservadora y liberal, respectivamente, concordantes con las posturas políticas. La tradición crítica dicta que el tiempo le dio la victoria a Altamirano. En efecto, sin Altamirano es impensable la novela de la revolución, o Rulfo, y hasta el chabacanismo de Como agua para chocolate, que tanto nos conmovió. Pero la situación es mucho más compleja. Pimentel, entre otras cosas, argumentaba que un escritor era mexicano por el simple hecho de haber nacido en México, y se enfocaba en el lenguaje, en el rechazo a la imitación servil de cualquier tendencia. De ahí se agarran los modernistas, de ahí sale el pobre cisne al que le tuercen después el cuello, de ahí sale hasta Octavio Paz, le duela a quién le duela.

Tristemente, no sobreviven los textos de la polémica, que fue resonante y ampliamente comentada en su tiempo. Pero todos los días, en la colonia San Rafael, Altamirano y Pimentel se ven las caras. Algún precavido funcionario público los puso entre García Icazbalceta –cuñado del conde– y Guillermo Prieto –carnalazo del indio– por si se armaban los trancazos. Y cuando cesa el tráfico aún se les puede oír discutir. Pero ya no hablan de literatura, no entienden las nuevas tendencias. Ahora hablan de futbol; Pimentel le va al Necaxa y Altamirano es Diablo Rojo. Los sábados se van a La Polar por unas birrias. Y a veces bajan a Ferrocarril de Toluca, digo, Sullivan, por unas damiselas:

- ¿Cuál le gusta a su ilustrísima merced?

– La morena de rasgos indígenas, excelencia

- Nicolás José

 

 

(Imagen tomada de aquí)