Humana, demasiado humana | Letras Libres
artículo no publicado

Humana, demasiado humana

El sábado pasado, hacia las 11 de la noche, un Phaeton color antracita se pasó un semáforo en rojo en un transitado crucero de Hannover. Quiso el destino que fuera visto por los tripulantes de una patrulla policíaca que se pasaba por ahí, quienes, de inmediato, fueron tras él. No fue necesario que lo obligaran a detenerse, pues, apenas a unos metros, el Phaeton había llegado a su destino. Al amonestar a la conductora, el agente de la policía percibió su aliento alcohólico e, inmediatamente, le aplicó un control de alcoholemia. El resultado: 0.130 % de alcohol en la sangre, es decir, una concentración correspondiente a la incapacidad absoluta de conducir de acuerdo al Reglamento de Tránsito alemán, y que se castiga con la confiscasión del permiso de conducir por un mínimo de 9 meses, una multa de hasta dos meses de salario o, incluso, el encarcelamiento.

La anécdota apenas podría ser más mundana. Y ése es justo el problema. La persona al volante era nada menos que Margot Käßmann, la presidenta del Consejo de la Iglesia Evangélica de Alemania (EKD), una institución que agrupa a más de 25 millones de protestantes de ese país, y la primera mujer en ocupar ese cargo, el más alto en la jerarquía de esa confesión.

Siguiendo el procedimiento oficial para esos casos, los gendarmes llevaron a la obispa, y también a su acompañante, un hombre de identidad hasta ahora desconocida, a la estación de policía, donde le realizaron un análsis de sangre. El valor definitivo: 0.154%, equivalente, para una persona de su complexión, a haber bebido al menos una botella de vino o litro y medio de cerveza. Todavía antes de contar con el resultado, la ministra protestante había declarado: “Sólo bebí una copa de vino“.

Siguieron unos días de calvario para la eclesiástica. A raíz de la encarnizada polémica que se libraba tanto en las altas esferas protestantes como en la opinión pública, Margot Käßmann canceló todas sus citas de esta semana. No era la primera vez que se encontraba en el centro de la discusión. Ya en 2007, con motivo de haber sido la primera pastora protestante alemana en divorciarse, confesó haber sopesado concienzudamente la posibilidad de dimitir, pero rechazó esa opción con el siguiente argumento: “La función que se espera de mí, de ser un ejemplo a seguir, consiste en ser auténtica”.

Ayer miércoles, apenas 12 horas después de que los 14 miembros del Consejo de la EKD se pronuciaran públicamente a su favor (“Tampoco una obispa es una santa sino un ser humano que puede cometer errores”, en palabras de su vicepresidente), Margot Käßmann citó a una conferencia de prensa en la que, para sorpresa de todos, dimitió de sus cargos: “mi corazón me dice claramente: No puedo permanecer en mi cargo con la autoridad suficiente. Hay algunas cosas que leo que no son compatibles con la dignidad de ese cargo”.

Había roto el vínculo sagrado del matrimonio; se había embriagado hasta el punto de perder el control sobre sus actos, a consecuencia de lo cual, había violado la ley; había mentido, y de forma lastimera, pues lo hizo en presencia del detector de mentiras infalible del análsis sanguíneo; y quizás, aventuro, podría haber fornicado con ese hombre misterioso que la acompañó a su casa esa noche fatídica. La obispa resultó ser humana, demasiado humana, y su dimisión puede ser vista como el intento de devolverle a su Iglesia algo del aura ultraterrenal que paulatinamente ha ido perdiendo, merced la secularización a ultranza que ha emprendido, muy especialmente en el terreno de la ética sexual (nombramiento de pastores homosexuales y bendición de parejas del mismo sexo, recomendación del uso de condones, etc).

Al mismo tiempo, su renuncia puede ser vista como una traición a uno de los cuatro pilares de su propia fe, a saber: la sola gratia. De acuerdo a ese dogma evangélico, sólo Dios puede conceder el perdón, y no hay nada que el creyente pueda hacer, ni con sus obras ni con su arrepentimiento, para merecerlo: “Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige.” (Rom. 3, 28).

- Salomón Derreza