Horizonte en ruina | Letras Libres
artículo no publicado

Horizonte en ruina

(Sobre la última exposición de Gabriel Orozco

en la Galería Kurimanzutto)

Ante el anunciado recorte presupuestal del 9% al sector cultural del país –más de mil 100 millones de pesos menos para el “presupuesto histórico”– y con los festejos del Bicentenario de la Independencia mexicana en ciernes, la exposición individual de Gabriel Orozco, presentada entre abril y junio del presente año en el nuevo espacio de la Galería Kurimanzutto –una antigua carpintería en la colonia San Miguel Chapultepec, restaurada y adaptada por el arquitecto Alberto Kalach– resulta en augurio irrefutable. Debo reconocer que la siempre multifacética obra de Gabriel Orozco me produjo una especie de vacío, pero había en su hermetismo un misterio ineludible a la luz de los últimos acontecimientos.

En 2003, la pieza que realizó para la colectiva Elephant Juice en el famoso restaurante Los Manantiales –ubicado en el corazón de Xochimilco y diseñado por el arquitecto Félix Candela– me produjo ese mismo efecto. Aquella muestra era un proyecto de Damián Ortega que consistía en un laberinto de andamios ensamblado dentro del perímetro del restaurante y en cuyo recorrido se podían ver intervenciones de todos los artistas de Kurimanzutto. En su espacio asignado, Orozco colgó de las estructuras tubulares que delimitaban el laberinto varios rectángulos de cartón pintados de verde, blanco y rojo, semejando la bandera mexicana; pero ninguno de ellos tenía escudo, en su lugar había un perfecto hueco redondo.

Cuando una obra me resulta inaccesible pienso en los libros en 3D para niños: hay algo sorprendente e inspirador que puede levantarse de la página si encuentras la pestaña que le corresponde. Tengo la impresión de que al realizar una pieza, el artista se dedica a delinear esa pestaña, a hacerla visible; pero en la mayoría de los casos, a diferencia de lo que sucede con esos libros, el espectador no atina a jalarla o tarda mucho en concatenar las pistas y se desespera en el proceso. El contexto que cierra el círculo de la obra no siempre está inscrito en el observador y, desgraciadamente, eso no es completa responsabilidad del artista.

Mi padre me acompañó aquella vez a Xochimilco y atinó al comentarme un dato histórico que le dio una perspectiva inesperada a la propuesta de Orozco. El día que la Revolución Húngara de 1956 derrocó la dictadura comunista, los insurgentes recortaron de la bandera el escudo del Estado –la hoz y el martillo diseñados según el modelo soviético–, dejando un agujero redondo.

Días después de la inauguración en San Miguel Chapultepec, un buen amigo dijo que la exposición le hacía eco con las banderas de cartón sin escudo. Ese simple presentimiento abrió suficiente espacio para asomarme: encontré una pestaña. Y desde ahí el recorrido se tornó por fin transparente. La imagen de la invitación evidencia los principios que rigen a la obra: un altar en medio del desierto protegido del sol y del polvo por un parabrisas con el agujero de un balazo al centro. Esa imagen es sin duda el retrato exacto de los diferentes “méxicos” que se yuxtaponen en México; cada una de las piezas ahí mostradas repetía esa misma idea. El artista contrapuso especies de plantas vernáculas con estrategias minimalistas y representaciones geométricas modernas con procedimientos pictóricos antiguos. Cientos de ojos de santos –comprados en las tiendas religiosas detrás de la Catedral– incrustados en el tallo de una “pata de elefante”, árbol que puede vivir más de mil años gracias a su capacidad de acumular agua. Sobre un caballete, un cuadro abstracto –que recuerda a la serie Árbol Samurai– pintado como ícono religioso: al temple sobre hoja de oro. Pencas de nopal al menos de dos metros de altura se sostenían –ya secas– de estructuras de madera desde las que parecían estar crucificadas. Si hace cinco años el país tenía un hueco, ahora parece enfrentarse a un horizonte perforado y en ruina.

Justo al centro de la bandera mexicana, el escudo nacional representa la historia de la fundación de Tenochtitlán. Un águila parada sobre un nopal, en el centro de un ojo de agua, devorando una serpiente. La Ciudad de México, también en el centro pero del mapa, encarna muchas de las contradicciones en las que está cimentada toda la República; es un lugar imposible: un desierto construido sobre un lago, una urbe que desecó sus yacimientos de agua para mantenerse en pie, que fue conquistada y reconstruida por los españoles y la religión católica. Gabriel Orozco emplaza el paisaje de una nación azotada por la sequía política y el abandono institucional; su obra más reciente revela el semblante actual de aquel escudo que él mismo había omitido de la bandera, ése que fue también la señal divina esperada por los antiguos mexicanos para construir un país.

– Verónica Gerber