Hitchens cumple sesenta | Letras Libres
artículo no publicado

Hitchens cumple sesenta

para el Trujis, en su regreso a tierras mexicas

Después de tomarla a puntapiés contra toda figura que, a su juicio, aspire a la inmortalidad, ya se trate del reverendo Jerry Falwell, ya de la Madre Teresa, el Dalai Lama, el matrimonio Clinton, Mel Gibson y Dios mismo incluido, el escritor y polemista impar Christopher Hitchens decidió hacer un alto en el camino al cumplir sesenta años de vida, sólo para seguir debatiendo y defendiendo los próximos sesenta años el derecho de cualquier persona a disentir, a decir que no, a discutir con ingenio e ideas claras, con argumentos que no apelen criterios de autoridad otros que el uso inteligente de la razón y el juicio. Ensayista prolífico y comentarista frecuente en televisión, me arriesgo a afirmar que, con motivo de su sexagésimo aniversario, “The Hitch” apareció por primera vez en la pantalla chica sin el propósito explícito de hacer volar por los aires el pedestal de cartón en que suelen sostenerse cierta clase de personajes públicos, especialmente cuando se trata de líderes políticos y religiosos. Extrovertido y en ocasiones exhibicionista irreverente, Hitchens concedió recientemente una larga y fecunda entrevista que es oro puro en el programa Q&A del canal de noticias y actualidad política, C-Span. En ella, un inesperado e impredecible Hitchens invierte su propia persona pública y presenta sus principales cartas íntimas en la paz de una amena y sosegada charla con su entrevistador. A la primerísima pregunta comienza citando un artículo de Edmund Wilson titulado “El autor a los sesenta”, y con ello, el ególatra empedernido que en ocasiones también es Hitchens, pasa a segunda fila por un rato y aparece entonces la persona y sus convicciones privadas —que desde luego tienen un correlato o extensión en su figura pública. Antes de pasar a asuntos como la jihad, la lucha contra los fascismos, ideológicos o religiosos, desfilan aquí temas y tópicos cruciales en la vida de cualquiera: la familia, la paternidad, las mujeres, la amistad, los hermanos, el dinero, la bebida, la vocación de escritor y el carácter revolucionario de las ideas.

En cierta manera, tampoco resulta tan sorprendente que Hitchens, quizá el único pundit político con audiencia mundial, aborde dichos temas. En su libro Unacknowledged Legislation. Writers in the Public Sphere, despliega en abundancia las mejores y magníficas armas del crítico literario; en Love, Poverty, and War. Journeys and Essays, despunta el crítico cultural que es capaz abordar lo mismo las vidas y hechos de Borges, Bob Dylan, Saul Bellow, Mel Gibson y Martha Stewart, que el curtido cronista de viajes que recorre el globo terráqueo en busca de algo más que la simple noticia del momento: de Pyongyang a La Habana, de la liberada capital iraquí, Bagdad, a la cada vez más restrictiva ciudad de Nueva York, vuelta capital del puritanismo soft por efecto de sus alcaldes más recientes.

Junto a esta entrevista concedida en ocasión de sus sesenta años, me atrevo otra vez a decir que solamente en Cartas a un joven disidente (en realidad un intraducible contrarian), Hitchens presenta sus credenciales más personales, las que hacen de él, como de cualquiera, un nudo de humanas contradicciones. Recuerdo haber leído hace años una reseña aparecida en el Village Voice, en la que su autora, Joy Press, afirmaba que sus Cartas lograban mostrar simultáneamente el mejor y el peor lado de Hitchens en el mundo post-9/11: liberal, polemista ingobernable, tránsfuga de la izquierda y simpatizante abierto de la intervención de Estados Unidos en Irak. A manera de rito privado de celebración, releí las Cartas a un joven disidente y encontré en ellas una apremiante reivindicación de la polémica que bien podríamos empezar a aplicar en nuestra propia aldea local: “Importa más para un individuo no tanto lo que piensa, sino cómo lo piensa”. Es decir: pensar confrontando ideas y contraponiendo argumentos que no fincan su validez en razones de autoridad ni verdades reveladas, sino que pueden ser, en efecto, discutidos, contrastados y vueltos a discutir, una y otra vez.

Se debate, pues, por el gusto de debatir y estar en desacuerdo, para medir fuerzas, agarrar vuelo, embestir y ver saltar los chispazos resultantes del choque de las inteligencias. Incompatible es todo ello con la manida búsqueda de los consensos, que Hitchens, mentor de contrarians, asocia con “el deseo de vivir en alguna Disneylandia de la mente”, en una especie de “Nirvana narcotizador donde nuestras facultades críticas e irónicas no nos servirían de nada”. Debatir en estas condiciones y bajo estas premisas es, desde luego, doloroso, angustiante, riesgoso: te juegas todo, puedes terminar solo y empezar a ser un individuo, adiós a tu necesidad de reafirmación y pertenencia con la masa, adiós a la apacible y acojinada comodidad de los consensos. Discutir y disentir valen la pena, sacuden el letargo: te rejuvenecen.

Hay que leer y ver a Hitchens en acción. Incluso hasta para quienes gustan de deturpar a este provocador innato, especialmente para ellos, esta entrevista con un rejuvenecido sesentón no tendrá desperdicio.

– Bruno H. Piché