Historias tristes bien contadas | Letras Libres
artículo no publicado

Historias tristes bien contadas

Erich Hackl (Steyr, 1954), filólogo, hispanista, traductor, periodista y escritor, es una voz solvente dentro de la literatura austriaca. Con sus novelas Adiós a Sidonia y Sara y Simón, una historia sin fin —de entre su obra, las dos que conocemos en castellano— ha demostrado plenamente su capacidad para narrar historias tristes, pero tan bien contadas, tan apegadas a los hechos en su hábil equilibrio entre ficción y realidad, que el lector, en vez de sobrecogerse por las desdichadas vicisitudes de los personajes, se siente fascinado por el ritmo y la construcción de la narración, así como por la calidad de una prosa exenta de cualquier atisbo de retórica, precisa y sencilla.
     Aunque Hackl parece especializado en contar relatos en los que se muestra la mediocridad moral humana y la desdicha que ella suscita, en modo alguno tiene que ver su visión de la realidad con esa mirada corrosiva de la que hacen gala otros autores austriacos —por ejemplo, la reciente premio Nobel Elfriede Jellinek—; ni tampoco se asemeja al gran satírico Thomas Bernhard. Los intereses literarios de Hackl discurren por otros derroteros, pues él aún cree en la denostada "bondad humana", con frecuencia más traicionada por la estupidez o la cobardía de individuos concretos que por una supuesta maldad innata de la especie.
     Desde este punto de vista, en el caso de la trágica historia de la niña gitana Sidonia, acogida por una familia de campesinos en la Austria nacionalsocialista y conducida finalmente a un campo de exterminio, será la necedad antes que la maldad de unos seres obtusos lo que precipite el desenlace fatal del drama. Hackl concluye ese relato magistral con una reflexión muy sencilla y acaso de Perogrullo, pero interesante: bastaría con que los ciudadanos que finalmente contribuyen a que la niña sea deportada hubieran sido ligeramente de otro modo; tan sólo un poco más despabilados para captar el dolor de los otros, para que la historia hubiera terminado bien; en general, Hackl nunca pierde la esperanza de que en el mundo haya este tipo de personas, y ése es uno de los mensajes que comunica a los lectores.
     Esta Boda en Auschwitz, que más que una "novela" de corte clásico es casi una crónica o un reportaje literario, en excelente traducción castellana, gira en torno a un hecho anecdótico: la boda que sorprendentemente tuvo lugar en el campo de exterminio de la localidad polaca de Auschwitz el 18 de marzo de 1944 entre un preso político austriaco y una expatriada española, residente ocasional en Viena. Ese día, a las once de la mañana, en una de las dependencias administrativas del campo contrajeron matrimonio el preso número 25.173, Rudi Friemel, y Margarita Ferrer, madre ya de un niño de su futuro esposo. Ella llegó acompañada del pequeño, así como del padre y un hermano del novio, a los que se les permitió la entrada en el campo para asistir a la breve ceremonia. Friemel los esperó vestido de gala: camisa bordada —regalo de amigas también confinadas— y traje y corbata del guardarropa de los ss. Después de una breve ceremonia, los recién casados comieron en una de las salas del campo y luego, tanto a ellos como a los dos testigos, se les permitió pasar la noche en dos habitaciones del prostíbulo que normalmente funcionaba en Auschwitz. A la mañana siguiente, los visitantes volvieron a Viena —desde donde habían hecho el viaje— y Rudi Friemel continuó su reclusión. Pocos meses después, el 30 de diciembre, sería ahorcado públicamente en el mismo Auschwitz junto con otros cuatro presos políticos ante unos quince mil confinados: se había descubierto su participación en el plan de una fuga que terminó en fracaso. Subió al cadalso con la misma camisa bordada que había lucido el día de su boda.
     Semejante acontecimiento fue algo insólito en Auschwitz —el sitio al que sólo se entraba para penar y morir—, pero no imposible, pues como refirió irónicamente Tadeusz Borowski en su espeluznante libro de relatos Nuestra casa es Auschwitz (Alba, 2004): "En el infierno es posible todo, incluso el cielo". Algún preso manifestó asimismo con ironía: "Aquí incluso se casa a la gente". Pero en modo alguno es lícito considerar semejante boda como un "feliz acontecimiento" que hiciera más humana la estancia en Auschwitz; al contrario, se trató de la consecuencia de una victoria burocrática por parte del preso Friemel frente a las instituciones del Reich alemán.
     Friemel no era judío, sino un confinado político ario que, en principio, no estaba condenado a muerte sino sólo a trabajos forzados y a la reeducación ideológica; así que para él Auschwitz no era necesariamente la antesala del crematorio o el campo de la muerte donde se trabajaba hasta la extenuación. Como ciudadano del Reich, Friemel reclamaba el derecho a casarse con Margarita, la cual también había obtenido la ciudadanía alemana: aun estando en Auschwitz y gracias a la intervención del padre de Friemel, con cierto poder ante las autoridades, les fue concedida la merced de la boda, más bien en consideración al hijo de ambos, en una época en que era muy importante que los hijos no carecieran de padre.
     Se trató de uno más de tantos actos ilógicos del nazismo, esta vez de uno dichoso sólo en apariencia: la boda en Auschwitz suscitó en los prisioneros la sensación de volver a otros tiempos de libertad y felicidad; y alimentó en muchos de ellos el ansia de fuga y libertad: algunos consiguieron escapar del campo, pero la mayoría pagó con su vida el intento, como finalmente fue el caso del novio Friemel.
     Hasta abordar la ceremonia, punto crítico del libro, y aun después de que acontezca, Hackl da cuenta de las peripecias de los dos protagonistas. Varias voces de diversas personas narran los pormenores de su extraña historia: Marina, la hermana de Marga, enamorada también de Friemel; la primera mujer de éste y su hijo austriaco; carceleros, secretarias, compañeros de presidio, también el pequeño Rudi; todos ellos van engarzando piezas para que el lector termine —igual que los anteriores— fascinado por la personalidad de aquel Friemel, electricista y mecánico, militante del partido comunista austriaco que vino a España durante la Guerra Civil a luchar contra Franco y se enamoró a primera vista de una chica española de Barcelona, hija mimada de una familia republicana de lejano origen judío.
     Dichas voces —que al principio cuesta ubicar, por lo que hay que leer la novela con atención— narrarán a coro una historia que quizá de otra forma más convencional hubiera quedado deslucida al no poder aportar tantos matices. El autor entrevista a los diversos implicados y parece dejarlos hablar con suma espontaneidad: es la ficción muy bien construida de tal espontaneidad la que suscita en el lector la sensación de estar escuchando más que leyendo los detalles de un relato verosímil, tan emocionante y cautivador como suelen ser los hechos narrados de viva voz.
     La anécdota tan bien escogida, tan extraña y desconocida de aquella singular boda sirve de excusa para desvelar las historias de unos seres en modo alguno excepcionales, ni buenos ni malos, pero inducidos a ser como fueron por las condiciones políticas de su tiempo, que les obligaron a tomar decisiones inesperadas y a llevar unas vidas marcadas por la fatalidad de unos acontecimientos crueles en el seno de una Europa desencajada, dominada por el absurdo y la necedad. -

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