Evocación de Luis González | Letras Libres
artículo no publicado

Evocación de Luis González

Todo lo que tocó floreció. Nunca agradeceremos suficiente “el inmediato magisterio de su presencia”. Nunca nos consolaremos de no tenerlo más junto a nosotros.

"Hay más proyectos que vida, no cabe duda", nos dijo, sentado en su equipal, sin sombra de autoconmiseración, hasta con una resignada sonrisa. Estoico por naturaleza, convicción y formación, había sido experto en poner buena cara al mal tiempo, hasta que el mal tiempo duró tanto y lo golpeó de manera tan profunda que, sin quitarle la buena cara, fue cegando en él aquella alegría creativa hasta apagarla, como la luz de una vela. A pesar de ello se rebelaba y mandaba señales de que sí, que estaba ya escribiendo su autobiografía, su Viaje redondo. Pero Fausto Zerón-Medina, Rosa Verduzco y yo sabíamos que aquella tarde otoñal sería la última en que juntos conversaríamos con él. Luis González bromeaba con la célebre "Mamá Rosa" de Zamora, que le decía "chavo" y lo apapachaba con ternura. Creo que la propia Armida de la Vara le había encargado estar cerca de su esposo, hasta el final.

Mientras Evelia, presencia eterna en la familia, servía los quesos de la región, observé de nuevo el patio de aquella vieja casa del pueblo en vilo y advertí una especie de mural arborescente. Años atrás, el maestro lo había hecho -bordado-, recogiendo de la frondosa clavellina del patio central cientos de pequeños filamentos que luego fijó minuciosamente en aquellas paredes. Había sido su homenaje a Armida, para alegrarle lo que le quedaba de vida.

Su viaje redondo permaneció inacabado, y es una lástima, porque Luis González, como sus padres, sus tíos y abuelos (nonagenarios casi todos), parecía predestinado a la longevidad. Con todo, tuvo una vida plena. Hijo único de don Luis y doña Josefina, nació en los albores de la Cristiada, salió del pueblo arrasado por la guerra, y regresó de niño a ser testigo de la reconstrucción. Su libro más conocido, Pueblo en vilo, puede verse como una saga bíblica: la memoria del génesis, el exilio, la vuelta y la reedificación de su tierra prometida. Y un eco bíblico había también en el método de las generaciones que aplicaba a las eras de su pueblo y a las épocas de la cultura nacional: la misma sensibilidad a las estaciones de la historia que pasan, dejan huella o se olvidan, pero que a veces vuelven como las de la naturaleza. En los años cuarenta, el joven Luis -con la gran melena que conservó hasta el final, su bigotillo de Clark Gable y aquel lenguaje ranchero que remataba las frases con un "sí, pues"- estudió en Guadalajara y se distinguió no sólo como un extraordinario estudiante (por algo lo apodaban "el Machetes"), sino como sargento en el servicio militar. De aquella experiencia provino quizá la disciplina marcial que aplicaba a sus tareas: era un tecolote de la historia, que trabajaba en sus textos de 3 a 5 de la mañana.

Discípulo de grandes maestros españoles (José Miranda, José Gaos, Ramón Iglesia), mexicanos (Alfonso Reyes, Silvio Zavala, Daniel Cosío Villegas) y franceses (Franìois Chevalier, Lucien Febre), apreciaba la fortuna de haberlos conocido a todos en el cenit de su creatividad, como muchos de nosotros lo conocimos a él. En el inolvidable curso de "Teoría y método de la historia" que impartió en 1971 (plasmado luego en El oficio de historiar), la obra de aquellos maestros nos llegaba filtrada, asimilada y transformada por un historiador joven aún, pero sabio.

Sabio no solo por su saber (enciclopédico, sobre todo en historia, historiografía, filosofía, literatura, filosofía de la historia, materias que tenía aristotélicamente catalogadas en la maravillosa biblioteca que se construyó en San José), sino por su sabiduría. Su saber, aun el más libresco, encarnaba en la experiencia, en la vida, y servía en ella. Gracias a él la historia se volvía -como sostenía Cicerón- "maestra de la vida". Nunca perdió esa noción rectora, porque no olvidó que provenía de un pequeño pueblo, intrascendente quizá para la gran "historia patria", pero típico de las miles de "matrias" que integran el mosaico mexicano. Estaba lleno de dichos "de allá de mi pueblo", y no quiso ni buscó disimularlos en su literatura. Para los problemas (personales, familiares, sociales, políticos y hasta metafísicos) tenía siempre una anécdota reveladora, una moraleja sutil. Su pedagogía preferida -ejercida en cafés y comidas más que en salones de clase- era indirecta, operaba a través parábolas alusivas que volvieran al interlocutor un descubridor de la verdad, no sólo un receptor. El contacto inmediato con la vida popular lo inmunizó desde un principio y para siempre contra el "adocenamiento", el uso de "anteojeras ideológicas" y la pedantería conceptual. Pero nada más remoto a Luis González que la superficialidad o la simplificación: analizaba con sencillez las cosas más complicadas, hacía las conexiones más inesperadas, sin rebuscamiento, con una claridad tan esencial que a menudo se volvía clarividencia.

Era un comprensivo universal. Aunque no creía en el puro azar -el azar que tuvo un papel clave en su desdicha final-, Luis González tampoco creía demasiado en las rígidas leyes de la historia y la personalidad. El mundo, las sociedades y las personas marchaban movidos quizá por un orden necesario, pero a los pobres humanos nos está casi vedada la dilucidación de esos misterios. Muchas veces le escuché hablar de las diversas teorías que se habían esgrimido, en su momento y a lo largo del siglo XX, sobre el estallido de la Primera Guerra Mundial. La verdad, repetía el maestro, es que fue una guerra inexplicable y frente a ella no nos cabe más que la humilde tarea de conocer sus trágicos avatares e intentar comprender -comprender, no explicar- los pensamientos y emociones de los actores. Por eso también no le gustaba explicar la Revolución Mexicana: prefería documentarla, como lo hizo en las miles de fichas que compiló y publicó en las “Fuentes para la historia contemporánea de México”; prefería comprenderla, como en los dos libros que dedicó al general Cárdenas; y -aún más importante- prefería desmistificarla. Por eso, hacia 1985, tuvo la idea de convocar al concurso "Mi pueblo en la Revolución Mexicana", con el resultado previsto por él: la mayoría de los testimonios ignoraba por entero la ideología de la Revolución y, como San José de Gracia, había vivido esa etapa como una plaga de hambre, enfermedad y muerte.

Porque nada le sorprendía, todo le sorprendía. Escribió sabrosamente sobre todas las etapas de nuestra historia. Como sus maestros de la revistaAnnales, practicó la historia social, la económica y la historia de las mentalidades, pero les dio un toque personal, pueblerino, microhistórico. Dejó en el tintero su obra cumbre. La iba a titular La construcción de México. Era un viaje a través de nuestros siglos, donde la estructura fundamental no correspondía a las fuerzas de la economía ni a la voluntad de los caudillos o presidentes, y menos a una impersonal geografía de los espacios y los movimientos demográficos, sino a la cultura, a los valores materiales, intelectuales, religiosos, éticos, estéticos, etcétera, que han normado la vida de México en sus diversas regiones y etapas. Iba a ser una historia de actitudes, más que de hechos o cifras o personajes; un lienzo que dejó bosquejado en el remoto ensayo "El linaje de la cultura mexicana", publicado en la revista Vuelta de noviembre de 1982.

Tenía un finísimo humor y una ironía juguetona. Fue un hombre de familia, y un amigo generoso y atento. Nunca dejó la pasión del nido (El Colegio de México) y fundó nuevos nidos, como El Colegio de Michoacán. Era metódico y esforzado. Tenía el don de la creatividad. Todo lo que tocó floreció. Nunca agradeceremos suficiente “el inmediato magisterio de su presencia”. Nunca nos consolaremos de no tenerlo más junto a nosotros.