Hijo del cometa Halley/3 | Letras Libres
artículo no publicado

Hijo del cometa Halley/3

En 1867, tras haber publicado a sus treinta y dos muy trajinados años de edad su primer libro: La célebre rana saltarina del condado de Calaveras y otras historias, escrito bajo el seudónimo ya para siempre de Mark Twain (seudónimo, recordemos, que en el léxico de la navegación por el Mississippi significaba “dos brazas de profundidad”), el missouriano Samuel Langhorne Clemens, advirtiendo que por fin su vida tenía un sentido, pues estaba predestinado a ser un autor para mayorías –es decir, según la etiqueta de hoy: un autor bestseller– decidió “sentar cabeza” para entregarse sin sobresaltos a la profesión literaria. Una publicación periódica le pidió reportear el viaje de un grupo de viajeros estadounidenses por Europa y la Tierra Santa, y de ello resultó en 1869 un segundo exitosísimo libro: Los inocentes en el extranjero, que ironizaba sobre el ingenuo turismo esnob de los norteamericanos de entonces y de su culto a los prestigios del “Viejo Continente”. Un año después, en 1870, se casaba y se iniciaba en una vida hogareña estable y normal, aunque a veces en sus artículos, para no perder a sus más devotos fans que lo citaban y recitaban en los bares, la adornase con algo de vida airada, borrachina, bohemia y supuestamente blasfema. A los dos años de tal ordenado y tranquilo régimen de vida familiar (que lo dotó de “la curva de la felicidad”: una barriguita notoria en los retratos de dandi sureño vestido y calzado de blanco pero fumando la sempiterna barata pipa de mazorca de maíz) publicaba su tercer éxito de librería: Roughing It (La vida dura, en una edición española), que es una espléndida crónica memoriosa de su mocedad aventurera a través de las llanuras y los villorrios del Far West.

En ese libro hay, entre otras páginas tan barrocas y enérgicas como divertidas, un magistral, casi quevedesco momento narrativo acerca del coyote del desierto; es buena muestra del arte twainiano de la descripción/narración, de la prosa en movimiento, y, al final del fragmento, de una graduación progresiva de los efectos:

No resulta ni un animal respetable ni una bestia hermosa. Es un esqueleto largo y fino, de apariencia triste, encima del cual se hubiera tendido una piel de lobo gris con la vistosa cola hinchada arrastrada por el suelo, con un aire desesperado de abandono y miseria. Tiene los ojos vergonzantes, de mala persona, la cabeza larga y aguda, los hocicos ligeramente remangados y los dientes al descubierto. Todo su ser es furtivo, siempre está en desgracia, siempre pobre, sin amigos. Los animales más viles lo desprecian, las pulgas serían capaces de abandonarlo para saltar a habitar en una bicicleta. Es tan cobarde y tan poltrón que cuando amenaza con los dientes, sus cuartos traseros parecen presentar excusas.

Al verte, el coyote remanga aún más sus belfos, luce los dientes al sol y emprende un largo y suave trote, lanzándote de cuando en cuando una larga mirada por encima de su lomo mientras se pone fuera del alcance de tu mirada. Entonces deja de trotar y te examina concienzudamente. Trota cincuenta metros más, vuelve a detenerse, otros cincuenta más y hace una nueva parada. Finalmente, su grisura se confunde con el gris de los brezales, y desaparece.

Todo esto ocurre cuando no le demuestras hostilidad. De lo contrario, pone más ardor en la carrera, electriza las patas, poniendo tal espacio entre su cuerpo y tu arma que cuando te das cuenta de que para alcanzarle necesitarías una carabina, cuando lo tienes en el punto de mira, comprendes que te hace falta un cañón y, si te decides a disparar, descubres que solamente un rayo podría alcanzarlo donde está.

Si el anterior es un preciso retrato zoológico, también lo es, en el mismo libro, esta fina caricatura de un ser humano: la de Jack Slade, un legendario pistolero del Oeste y un artista del amenazador suspense:

A veces, Slade dejaba a sus enemigos sin molestarlos durante semanas y meses, sin darse por enterado de la ofensa ni mirarlos con la inquietante sonrisa en los labios. Unos opinaban que obraba así para que sus futuras víctimas se confiaran y pudiera él atacarlas por sorpresa. Otros, en cambio, afirmaban que Slade ‘procuraba que le durase el enemigo’, de la misma manera que un chiquillo hace durar el caramelo para disfrutarlo más tiempo, saboreándolo anticipadamente.

No faltaron los biografos y críticos para opinar que el feroz humorista Mark Twain, que más bien era un descreído y un implacable observador de la vida, había sido “ablandado” por el hecho de haberse casado con una señorita bien neoyorquina, por la costumbre resignada de asistir los domingos al sermón parroquial y por la vida morosa bajo el bordado y enmarcado lema de “God Bless Our Home” colgado en la sala de recibir del hogar. A saber… Pero lo cierto es que hasta el final de sus días Twain produjo, entre no pocos artículos de mera diversión, una asombrosa cantidad de páginas ya muy modernas, ya adelantadas a las prosas narrativas que en el siglo veinte ejercerían autores como Hemingway (sobre todo en sus cuentos), Henry Miller (en sus novelas/memorias), Saroyan (en La comedia humana y en sus cuentos), Salinger (en El guardián entre el centeno), Capote (en Desayuno en Tiffany’s y aun en A sangre fría), Norman Mailer (sobre todo en sus crónicas) o Doctorow (en Ragtime). Es un notable precursor de modernos: en él ya suelen fundirse crónica y novela, lenguaje literario y lenguaje hablado, y ya estaba casado, ya acostumbraba escribir en la blandura de la cama, ya iba para pantuflero, cuando escribió sus tres obras maestras: las crónicas La vida en el Mississippi, La vida dura, y, particularmente, la gran narración moderna e intensamente viva: el Huckleberry Finn.

(Continuará)