Héroe anónimo del Bogotazo | Letras Libres
artículo no publicado

Héroe anónimo del Bogotazo

Durante el Bogotazo de 1948, el mexicano Fernando Gamboa salvó grandes obras de arte mexicanas de un incendio gracias a la ayuda de varios colombianos casi anónimos.

Con la rúbrica de puño y letra del entonces Presidente de México Miguel Alemán un decreto en papel pergamino, más amarillento de lo normal por el paso del tiempo, confiere la condecoración de la Orden Mexicana del Águila Azteca, en el grado de Insignia, al ciudadano colombiano Alfonso D. Rodríguez. El documento, suscrito en la ciudad de México el 2 de enero de 1951 y refrendado por el Subsecretario de Relaciones Exteriores encargado del Despacho, Manuel Tello, lleva prendida en su esquina superior derecha la insignia. El Águila Azteca es la máxima condecoración que el Estado mexicano concede a un extranjero.

Claudia Salomé Rodríguez, hija de Alfonso del Carmen Rodríguez (nacido el 11 de diciembre de 1918), los conserva. En un marco de madera y detrás de un vidrio cuelgan de una pared en el comedor de su casa, en el norte de Bogotá. “La condecoración estuvo guardada un tiempo en un armario y se alcanzó a mojar”, cuenta.

El viernes 9 de abril de 1948, durante el llamado Bogotazo, Alfonso D. Rodríguez, un vallecaucano liberal oriundo de Tulúa, ayudó al museógrafo, gestor cultural y diplomático mexicano Fernando Gamboa a salvar de las llamas cuadros de Hermenegildo Bustos, José María Velasco, Joaquín Clausell, Dr. Atl, Diego Rivera, David Alfaro Sequeiros y Rufino Tamayo, entre otros, que reposaban en ocho grandes cajas de madera en el gran salón del entonces Palacio de Comunicaciones, en el centro de Bogotá.

Tras el asesinato, pasada la una de la tarde de ese mismo día, del popular caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, simpatizantes enardecidos lincharon a su presunto verdugo, Juan Roa Sierra, y arrastraron su cuerpo por la Carrera Séptima hasta la sede de la Presidencia. El homicidio del primero desató una ola de violentas protestas, desórdenes, saqueos, asesinatos y destrucción en el centro de Bogotá, con tranvías, vehículos, edificios y comercios en llamas. Aunque el Gobierno conservador adoptó medidas para intentar restaurar el orden, a la postre las revueltas dejaron cientos de muertos y heridos.

En medio de los destrozos, el Palacio de Comunicaciones, sede del Ministerio del ramo, también empezó a incendiarse. En su gran vestíbulo debía llevarse a cabo una exposición de arte latinoamericano, con obra procedente de diferentes países en el marco de la IX Conferencia Panamericana, que a la postre dio origen a la Organización de Estados Americanos (OEA).

Gamboa había viajado a Bogotá el 6 de abril para hacerse cargo, como curador y comisario, de la exhibición de 36 cuadros y un centenar de grabados, litografías y aguafuertes mexicanos. Como la exposición se inauguraría hasta el 16 de abril, los cuadros aún no habían sido colgados y estaban embalados en grandes cajas en el fondo del vestíbulo, donde el museógrafo mexicano los había colocado por precaución.

Gamboa, quien se hospedaba en el Hotel Granada –una joya arquitectónica de estilo francés hoy desaparecida–, temió que los manifestantes incendiaran también el Palacio de Comunicaciones, como habían hecho con el Palacio de Gobierno, y se dirigió, entre el gentío, hacia el edificio sede de la exposición. Cuando llegó, según contó el propio Gamboa a diversos medios de la época y en su diario, el vestíbulo estaba lleno de humo y las llamas ya habían alcanzado las cajas con las obras enviadas por otros países. Gamboa empezó a gritar que era mexicano y a pedir ayuda para salvar las obras, pero nadie le hacía caso en medio del caos. Intentó llegar hasta donde estaban las cajas mexicanas, pero el calor se lo impedía. Fue entonces el médico liberal Jorge Bejarano quien se ofreció a ayudarle, pero las cajas estaban tan calientes que ni siquiera podían tocarlas. “Entonces tomamos agua de un bar cercano y pudimos mojar las cajas con unas cubetas”, narró Gamboa al periódico La Propiedad. Con trabajo, arrastraron las ocho cajas, al igual que cuatro de Perú y dos de Venezuela (otras versiones mencionan dos y una, respectivamente, para un total de 11), para ponerlas a salvo del fuego. El etnólogo Gabriel Ospina fue otro de los colombianos que ayudaron a Gamboa a arrastrar las cajas mexicanas, que en total pesaban casi media tonelada, para ponerlas a salvo momentáneamente.

Tras una rápida e infructuosa incursión de Gamboa en la Embajada mexicana para pedir ayuda y de la que sólo consiguió una bandera que le sirvió de escudo, a las 10 de la noche llegaron dos camiones con tropas que rodearon el Palacio de Comunicaciones. Gamboa se dirigió al capitán de la tropa, Néstor Marulanda, quien se ofreció a ayudarlo. Más tarde se presentó un coronel del Ejército, Luis Lombana, con un camión y una patrulla de soldados, que en medio de otra balacera alcanzaron a cargar apenas cinco cajas. Se marcharon rumbo a la Embajada de México para ponerlas a salvo, pero el coronel y la tropa no pudieron volver. Por las distintas versiones de la época, no es claro si Alfonso D. Rodríguez, entonces de 29 años, prestó su ayuda en alguno de los primeros momentos de confusión cuando Gamboa pedía ayuda o una vez que apareció el coronel del Ejército con el camión para evacuar los cuadros.

El resto de la noche, con ayuda del sargento primero Carlos Trujillo y su tropa, Gamboa, según su propio relato, se dedicó a apagar las llamas de pisos superiores para mantenerlas a raya de las cajas restantes. Al día siguiente, un segundo camión llegó con el capitán Marulanda en persona y en medio de más balas fueron cargadas las tres restantes cajas mexicanas, así como las de Perú y Venezuela, para ponerlas a salvo definitivamente.

De vuelta en México con la obra rescatada, en el discurso de agradecimiento que Gamboa pronunció en una cena en su honor el 4 de junio de 1948, reconoce: “México tiene una inmensa deuda de gratitud con los colombianos Gabriel Ospina, Capitán Néstor Marulanda y Sargento Primero Carlos Trujillo, quienes me prestaron su desinteresada, valerosa e incondicional ayuda para rescatar nuestro tesoro artístico”. El mismo Gamboa recomendó al Gobierno condecorar con el Águila Azteca al civil Ospina y a los militares Marulanda y Trujillo. Pero de la condecoración a Rodríguez, ni una palabra.

En 2009, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el Museo Mural Diego Rivera llevaron a cabo la exposición “Fernando Gamboa. El arte del riesgo”, que recreó la odisea protagonizada por Gamboa en Bogotá. Y ni siquiera en el libro-memoria de esa exposición, sustentado en minuciosas investigaciones, aparece el nombre de Rodríguez, cuyo papel en el rescate de las obras mexicanas y la consecuente condecoración han sido relegados y caído en el olvido.

Otra prueba de que la condecoración en efecto fue concedida a Rodríguez son los recortes de periódico que su familia conserva, que dan cuenta de la ceremonia de entrega de la insignia, a las once de la mañana del 31 de agosto de 1951, en la residencia del entonces Embajador mexicano en Bogotá, Manuel Maples Arce. “Mi papá recordaba esta anécdota como un acto importantísimo en su vida y nos decía que por la patria hay que hacer muchas cosas.”, comenta Claudia Salomé.

Ana Leticia Carpizo, subdirectora del Museo Nacional de San Carlos, ex subdirectora del Museo Mural Diego Rivera y una de las coautoras del minucioso catálogo de la exposición en 2009 no oculta su sorpresa ante el hallazgo del nombre de Rodríguez y la insignia que recibió un año después que los otros tres condecorados.

 “Gamboa se convirtió en un personaje y quienes lo ayudaron directamente, a quienes él traía en su cabeza, fueron quienes recibieron la condecoración, pero es muy probable que otras personas lo hayan ayudado y como él se vio abrumado por el reconocimiento, no fueron condecoradas en ese momento”, plantea Carpizo. “Seguramente una vez pasadas las primeras condecoraciones –que tengo claro fueron tres personas por lo que revisé en sus archivos–, y un poco más sosegado todo, se pudo haber puesto en contacto con alguien más y hubo una segunda remesa de condecoraciones”.  

Alfonso D. Rodríguez murió el 12 de julio de 1975.