Hancock | Letras Libres
artículo no publicado

Hancock

Un árbol de oro sucio

encajado en mitad de las dos casas,

y el viento que al pasar

hacía un sonido

de copas frotadas por el borde.

El otoño cantaba como un coro de bronce,

cruzaba las montañas,

tocaba las aldabas de las puertas mostaza.

Todo allí alrededor ritmaba la estación,

una misma paleta antifonal,

como si atreverse a usar otros colores

acarrease un castigo,

cada trozo de paisaje en una partitura

de cosas encastradas:

el ensamblaje de la melancolía.

 

Aquel lugar de Massachusetts

te recordó Japón:

la madera pulida y sus tonos oscuros,

la gradación de sombras,

los encuadres y la luz tamizada,

todo diseñado para su función,

desde la araña del calefactor hasta el cuarto

del hielo con sus pinzas enormes

y su sótano con suelo de aserrín;

nada superfluo,

cada cosa orgullosa

de su hermoso porqué.

Formas pensadas para armonizar

un mundo cercenado por la bisectriz;

lado A, lado B,

hombre, mujer,

un ala de la casa para cada género,

el simple sueño de lo complementario,

austero mecanismo donde el agua

de alegres lavanderas se usa para mover

máquinas masculinas en el cuarto de al lado.

Era una tentación, un reto.

La suave complacencia, la certeza

de haber sido creados para ese preciso

rincón del universo,

desde allí funcionar,

seguir las jerarquías y órdenes trazadas,

ir puliendo costumbres en silencio,

sin enfadarse, sin desentonar,

vistiendo capas ocres,

fabricando unas cajas de madera flexible,

curvadas al vapor, selladas con un cierre

que llaman “cola de golondrina”.

 

Vi los trofeos más puros del reino del matiz,

probé frutos bordados del árbol de la vida,

imaginé canciones

tras las jornadas arduas en el campo.

Solo al pasar por lo que se supone

que era una enfermería fue que sentí de golpe

la tristeza profunda que calaba aquel sitio.

Y tú también lo viste,

pasaste tus dedos sucios por esa cicatriz,

miraste aquellos frascos de metal,

los montones de tela arrebujada,

los cabezales fríos de las camas de hierro,

las cuerdas que colgaban de un piso al otro:

un patíbulo práctico.

Y ambos comprendimos

casi al mismo tiempo

la tremenda locura que implica prescindir

de la sana locura del mundo desigual

y sus sexos revueltos,

de la estéril belleza que grita su rabia

más allá de proyectos y ritos cotidianos.

No teníamos remedio.

Fue un día radiante pero ya a la salida

—los autobuses de turistas idos—,

la luz se iba apagando

por aquellos senderos de un jardín vencido,

la torre del pajar sobresalía

como el centro de un panal abandonado,

el viento susurraba en la hojarasca

su diminuendo. ~